Pobres criaturas
Alberto Ávila Morales
Prólogo y tipografía de título en cubierta de Eugenio Rivera Claudio
Mahalta Ediciones, 2026
Colección Adivinos
72 páginas
Una bitácora de la fragilidad humana frente al implacable paso del tiempo y la salvación por la palabra.
En el primer tramo del año 2026 vio la luz Pobres criaturas, el postrer y excelente poemario del fotógrafo, cantautor y poeta Alberto Ávila Morales. Esta obra representa la culminación lírica de una fecunda y reconocida trayectoria caracterizada por una intensa reflexión existencial, un tono intimista y una mirada crítica e irónica sobre la condición humana, plasmada ya en sus anteriores entregas: Para Isabel: Gritos de amor contra el Alzhéimer (2011); La muerte de Dios (2015); Del Humor, al Amor al Horror (2016); Atenta Mente Vuestro (2018); La voz inerte (2023); y 40 huellas & 1 denuncia (2024).
Pobres criaturas es, por tanto, su séptima publicación, primorosamente editada por Mahalta Ediciones y enriquecida por el esmerado cuidado editorial de Francisco Caro. Posee una enigmática y elegante portada que intencionadamente evoca más que desvela. Su sugerente título no solo posee un protagonismo explícito en sus poemas, sino que nos invita a descubrir la clave de este curioso binomio transitando por sus versos y descifrando los misterios de su brillante simbolismo.
La obra comienza con un sorprendente prólogo, «Antes del principio era el pro-logos», del ilustrador, poeta y director de la revista Entreletras Eugenio Rivera Claudio, que constituye mucho más que una presentación de «las pobres criaturas que pueblan este valle de lágrimas de norte a sur», pues amplía y enriquece la lectura e interpretación del universo poético del autor a través de su riqueza cultural y referencias filosóficas, cinematográficas y literarias.
Tras este rapsódico umbral, el poeta nos recibe en el vestíbulo de su morada poética con una profunda reflexión: «No hemos sabido ser dioses / por eso acabamos siendo sombras». A partir de estos versos programáticos nos invita a transitar por sus tres grandes estancias: «Pobres criaturas», «De rojo herido» y «Razón de la tinta y su recuerdo» en las que se percibe como un eco el aroma de continuidad temática y estética de su poética anterior.
A través de una voz irónica, crítica y profundamente meditativa, el autor reflexiona sobre la condición humana, la existencia, la fugacidad del tiempo y la presencia constante de la muerte para denunciar la superficialidad, la ignorancia y la pérdida de valores, trazando un amplio recorrido que abarca desde la fragilidad del ser humano hasta la función redentora de la palabra poética.
El poemario se abre al lector con un poema telonero, «Podrenuestra», una plegaria de tono algo irreverente y transgresor que reelabora de forma satírica el Padrenuestro como un intento de invocar al demiurgo para poder revertir nuestro destino.
Y tras ese preámbulo nos adentramos en el viaje incierto de la vida que evoca el tópico literario del homo viator, la trayectoria vital de esas «frágiles almas de asfalto» abocadas al precipicio de la existencia: «Pobres criaturas, / vivís en la perpetua blancura / de páginas abiertas. / Cenizas suspendidas entre árboles / esperando renovar el misterio».
Son seres que, en su búsqueda de la verdad, perdieron «en aras del saber / aquella plenitud de la floresta». El poeta evoca el mito bíblico de la expulsión del Edén y la pérdida de la inocencia, así como la dualidad metafórica existencial barojiana de «El Árbol de la Ciencia», símbolo del conocimiento y la comprensión racional del mundo que conduce al desencanto y al sufrimiento, frente al «Árbol de la Vida», que encarna la felicidad instintiva basada en la ignorancia. Dado que el acceso al intelecto lleva también aparejadas la responsabilidad del libre albedrío, la conciencia de la injusticia y la finitud de la vida, el autor admite que «Tal vez el castigo más terrible que se nos dio / fue saber discernir», por eso a veces quizás vivamos «esperando el retorno de la hierba» y soñando con «la eternidad tranquila del olvido».
A través de este vivencial periplo late como una constante el carácter efímero del tiempo y de la vida, somos «esencia de perfume / que una vez olido se disipa en el viento». El poeta intenta «tensar la soga de las horas» para detener su fugacidad: «¡Vuela tiempo!, fuera de quien no te nombra»; pero el poder transitorio de los relojes se convierte en el gran protagonista y adversario del ser humano, una fuerza tan inevitable como fielmente representada por la exhortación de su estribillo: «Pero Cronos llama / y a su furia he de ceder». Y su principal receptor involuntario es nuestra mortal envoltura, que el autor concibe como una morada terrenal que a veces adornamos con «ese mobiliario que nos fue / abrillantando la armadura»; pero el «moho del tiempo» erosiona la juventud, la memoria y las ilusiones mientras acrecienta la antítesis entre la agilidad de ese pensamiento joven que «corre, llega a la cumbre, salta y vuela sin traba» frente a la fatiga y la mortalidad de un cuerpo que «gime sobre la grava», hasta que llega el temido instante en que se produce el «largo y tedioso desalojo / de aquel inquilino que fuimos / y su memoria».
Todo deviene al fin, como una ineludible evocación, en el virgiliano fugit irreparabile tempus, la fugacidad inevitable del tiempo «en la oquedad de las ventanas» que, como la alegoría fluvial manriqueña, nos precipita irremediablemente hacia la muerte, y lo hace al grito de memento mori, porque esa «amiga», a la que el autor llama «espada mortal», no solo nos «espera tras / la cortina del tiempo», sino que su fiel constancia la convierte en una compañera de viaje indeseada que insiste en recordarnos su certeza: «Alguien ha de morir / —es cuestión de estadística—».
Por consiguiente, sus versos están poblados de ausentes, fantasmas, exiliados y coetáneos que avanzan por la vida atrapados entre el recuerdo y la incertidumbre, como los «Queridos ausentes» víctimas de una elocuente jerarquía: «Hay muertos de primero principal / y muertos de cajón de desechos», aunque «todos duelan / en mi íntimo numerario». El poeta evoca el tópico de Omnia mors aequat o poder nivelador de la muerte, sobre todo cuando, desde su atalaya, observa pasar a todos y cada uno de ellos como una «reata de perfiles hacia el descarne».
Junto a esta reflexión metafísica, el autor incorpora una mirada crítica hacia la sociedad contemporánea valiéndose de un tono que alterna la elegía y la reflexión filosófica, para cuestionar la uniformidad, la superficialidad colectiva, la crítica a los falsos dioses, la manipulación y ciertas formas de hipocresía colectiva. Los destinatarios de sus versos son ahora los «feos por concatenación», los «malvados de semblante circunspecto»; los «coetáneos» a los que «la gris cotidianidad / los sujeta y ahoga»; o los que «hacen del rosario / un lazo corredizo». Y aunque existan algunos «locos calderonianos / que no se privan de soñar / a ojos abiertos», en realidad nos sentimos cautivos bajo la amenaza de una figura simbólica y siniestra a la que «todos le cumplen por miedo»: «como una lóbrega promesa / vaga ese hombre vestido de negro, (…) el latigazo del odio / cruza su faz de misterio».
De esta forma, siguiendo la cadencia personal de sus versos, la vida es siempre vita–militia, lucha continua frente a las adversidades, y los seres humanos, como afirma el autor en la cita que encabeza la segunda parte «De rojo herido», «solemos ser / pompas de jabón a punto de explotar». La mirada crítica y compasiva del poeta nos invita a reconocernos en esas «pobres criaturas» a las que acompañan la pérdida y la ausencia, despojadas de lo que las hace más humanas, pero también más vulnerables, destinadas a transitar en su naufragio entre la memoria, el deseo y la inevitable conciencia de su finitud.
En contraste, la última parte del poemario, «Razón de la tinta y su recuerdo», nos ofrece una dimensión metapoética apelando a la escritura como único refugio posible: «Solo ella, nuestra pluma, / ella sola nos salva con su trazo». Así «El trazo de la vida» se convierte en instrumento de supervivencia espiritual frente al miedo, el dolor y la incertidumbre, y emerge como la última posibilidad de permanencia frente al olvido.
De esta forma, el autor comparte el «sentimiento trágico de la vida» unamuniano y el anhelo desesperado de inmortalidad a través de la escritura. La memoria se convierte en huella, en un espacio de reconciliación donde conviven la pérdida, el afecto y el aprendizaje simbolizados en sus versos de despedida al poeta amigo: «en un Más Allá vigilante, / Félix el Grande cumple vigía».
Se trata, en suma, de una obra de madurez, con vocación de trascendencia, que entraña una depuración de la mirada existencial con la que explora la vulnerabilidad humana, la acción devastadora del tiempo y la fe en el poder reparador de la creación artística frente a la muerte y el olvido. Como afirma el crítico literario José Luis Morante, el poeta «deja que el recuerdo eche raíces para amar y sentir, para escribir ese diario de páginas amarillas que recuenta anotaciones vivenciales».
En definitiva, quizás su legado más valioso resida en la mirada introspectiva y confesional de sus poemas autobiográficos, porque recordando a Ralph Waldo Emerson: «No hay mejor obsequio que una parte de ti mismo». Y eso es lo que hace Alberto Ávila Morales, pues a través de un estilo reflexivo, crítico y profundamente humano, nos invita a reconocernos en esas «pobres criaturas» y acompañarle en su singladura vivencial para poder contemplar el mundo con su impronta de lucidez poética frente al desencanto.












