Este año se cumplirán cinco sin el profesor Demetrio de la Campa. Me impartió un curso (dos semestres) de psicología general. Su libro Introducción a la psicología sigue vigente y lo conservo como joya muy preciada. Él era de la primera graduación de licenciados en psicología de la Universidad de La Habana (creo que en el año de 1968). Recibí sus clases mientras corría el curso académico de 1983 a 1984 y él preparaba la tesis de candidatura a doctor en la Universidad Lomonosov de Moscú, sobre psicología de los colores, sobre cómo estos influyen en nuestras emociones, comportamientos y percepciones; sobre cómo pueden evocar sensaciones y respuestas específicas, estados de ánimo y conducta en los humanos. A sus enseñanzas acudo cuando me toca diseñar alguna revista o portada, intentando llamar la atención del lector-mirador. Él solía decir que las revistas son, ante todo, para ser miradas y que la técnica de titulación de los artículos, debería enseñarse como especialidad aparte. Entonces mis inclinaciones profesionales estaban orientadas a las clases del profesor Jesús Raimat, quien impartía la asignatura de edición. Me apasionaba el trabajo periodístico y coeditaba la revista Carta Informativa del Museo Polivalente de Regla. De la Campa entonces defendía teorías sobre el inconsciente, sobre la información subliminal en función del canal secundario, y se apartaba de teorías en boga sin mencionarlas, manteniendo la distancia. Se afanaba por demostrar que los instintos humanos siempre están condicionados por aprendizajes previos.
Explicaba cómo actúa la curva del olvido como nunca más me han vuelto a explicar. Orientaba la lectura de Psicología General de Sergey Leonidovich Rubinstein fundador de la cátedra de psicología en la universidad donde él, nuestro profe, defendería (y defendió) sus tesis. Rubinstein figura en la historia como primer psicólogo laureado con el Premio Stalin (1942) y para De la Campa era importante que supiéramos que este ruso era uno de los padres de la biblioteconomía como ciencia. Consideraba que en la relación profesor-alumno, toca al profesor no solo transferir conocimientos, habilidades y capacidades, sino también contribuir a emancipar personalidades. El Rubinstein era un libro que hacía hincapié en teoría de la personalidad con un enfoque humanista muy novedoso, pese a que su edición prínceps databa de 1940. De la Campa, contra viento y marea, reivindicaba al científico víctima de tendencias proclives hacia una política de igualación y despersonalización que promulgaba el Estado soviético. Rubinstein abogaba por el desarrollo de la individualidad del sujeto, había sido acusado de cosmopolitismo, destituido de cargos y honores, y condenadas sus obras. Ello no fue óbice para que siguiera investigando y de aquel ostracismo salieran obras fundamentales como: Ser y Conciencia, y El hombre y el mundo.
Sabíamos que De la Campa había llegado a la Facultad de Filología, la nuestra, por el “rugir” de su vetusto y destartalado coche. Pero, a lo que iba. Con mi compañero de clases Jorge López Orihuela, ayudábamos al profe a desenredar y enchufar un manojo de cables que traía a clases, junto a un amplificador de sonido, dos altavoces y un enorme micrófono que parecía sacado de una película de evocación vintage. Quería que su alumnado le escuchara alto y claro. En cierta ocasión los dirigentes universitarios irrumpieron en su clase y en las de todo el edificio, para convocar un mitin relámpago por no recuerdo qué motivo. Debíamos concentrarnos en el teatro de la facultad. Entonces eran mítines frecuentes, casi siempre para combatir “tendencias y elementos contrarrevolucionarios”. Convulsiones epilépticas de una lucha de clases que olía rancio. Mientra bajábamos las escaleras, nos dijo con voz susurrante: “¿Hasta cuándo vamos a estar relampagueando?”. Respondí: “En el instituto fui tachado de contra por escuchar a los Bitles” (léase, The Beatles). Mi amigo Bustamante, cuando aspiró a ser de la juventud comunista, recibió un rotundo no, porque era mi amigo, de un contra que escuchaba los Buitres. Todavía me da las gracias.
Aquella reunión terminó tarde. No daba tiempo para terminar su clase interrumpida. Ayudamos al profe a recoger los bártulos y llevarlos al maletero de su coche. Allí, en el parking, nos dijo que las formas de hablar y comunicar dicen mucho sobre empatía emocional. Hay que poner atención a frases que identifican coeficientes intelectuales más bien bajos. Son personas que suelen emplear frases como “estoy diciendo la verdad” e imponer argumentos de forma taxativa. Poco les importa comprender el descontento de otras personas ante cuanto dicen. “No seas tan sensible”, es una frase que resume falta de empatía emocional con cualquier prójimo. “No necesito que me ayudes”, es señal de inseguridad y de no reconocer limitaciones propias. “Lo estoy diciendo porque quiero lo mejor para ti”, suelen repetir. Desean tener siempre respuestas correctas, opiniones definitivas o explicaciones demostrativas de puntos de vista por encima de los demás, que suelen esconder tras ironías “inocentes”. Necesitan ser convalidados continuamente. Aquellos dirigentes estudiantiles que malamente recuerdo, expresaban superioridad con órdenes, descalificaciones y demostraciones de poder. Hoy estarían penalizados, pero mantendrían las mismas actitudes de sometimiento hacia quien escucha, con extremas sutilezas y criterios más refinados. “No seas amigo de alguien así”, equivaldría a sé de los míos y no de ellos. “Te soy honesto”, dicen trás un duro o hiriente comentario. “La gente es predecible”, proyecta alguien que quiere estar un paso por delante. Esconden inseguridad y protegen fragilidades de autoestima, mientras desacreditan opiniones ajenas. Una frase aislada no define personalidad alguna, pero si conforma patrones de comportamiento, entonces sí.
El maletero sonó tras y la puerta del chófer sonó tras. Trás ese tras-tras sentí que había recibido la mejor lección de psicología del eminente profe. A partir de entonces dejaron de ser sospecha aquellos zocotrocos con disfraces de líderes universitarios, quienes nos arengaban con faltas de ortografía.











