septiembre 2020 - IV Año

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El Museo del Prado y el rey Fernando VII (I)

1819-2019. Bicentenario del Museo del Prado y semblanza de su creador, el rey Fernando VII

museo 3La conmemoración del bicentenario del Museo del Prado (1819-2019) se inició el 19 de noviembre del año pasado, con un programa que se extenderá hasta el 19 de noviembre de 2019, fecha conmemorativa de la inauguración, por Fernando VII, del inicialmente denominado Museo Real de Pintura y Escultura que, en 1869, bajo el Gobierno presidido por Prim tras la ‘Gloriosa Revolución’ (1868), adoptó el nombre con el que se lo conoce actualmente de Museo del Prado. Una obra que, en su conjunto, está considerada en todo el mundo como una cima de la Cultura Universal.

Los primeros pasos de este Bicentenario ciertamente no fueron ciertamente muy felices. El diario El País, en su edición del 25 de noviembre de 2018, dio cuenta de la presencia de los Reyes de España en los actos inaugurales, realizados en el marco de las jornadas de puertas abiertas de los días 23, 24 y 25 de noviembre. El País informó de la presentación del ‘envoltorio’ con que se ha empaquetado el Museo(1) , así como del acto feminista en la parte de la exposición preparada sobre Mujeres e Historia, de la narración de la historia del Museo por Juan Echanove, de la actuación de la Fura dels Baus y de los fuegos artificiales(2) . Si pensamos que la Fura dels Baus provocó un fuerte escándalo con la exhibición de simbología separatista catalana, que le obligó a pedir disculpas días después por tan incalificable comportamiento(3), que la exposición sobre las mujeres ya se ha esfumado, y que el ‘empaquetado’, más que realzar esconde y oculta, como si no fuese digno de mostrarse, el impresionante edificio de Juan de Villanueva, cuya silueta (sin ‘empaquetados’) es mundialmente conocida y ha sido copiada por otros magníficos Museos, como señaladamente el Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Quizá cuando se acerque el final del Bicentenario sea posible formular un juicio global más positivo de lo que, por lo visto hasta ahora, es en estos momentos posible. Y es que pareciera como si hubiese ‘algo’ de ominoso en la celebración, de vergonzoso, que hubiese que encubrir o disimular, al menos tal cual ha sido todo diseñado en el programa elaborado por el Ministro Méndez de Vigo, del Gobierno de Rajoy, pues el nuevo ejecutivo socialista de Sánchez, que tomó posesión en junio de 2018, no tuvo tiempo apenas de cambiar casi nada del proyecto inicial. Una vez más, los asuntos ‘urgentes’ parecen haber desplazado a los realmente importantes y nadie, desde las instancias oficiales, ha intentado siquiera recordar el tiempo complejo de la Historia de España en el que surgió la iniciativa, ni al hombre que tomó la decisión de fundar el Museo, el Rey Fernando VII, su creador, dentro de las conmemoraciones. Y haberlo hecho con el rigor adecuado a la efeméride.

Solamente en un aspecto ha vuelto el Museo del Prado a demostrar, una vez más, su fuerza y su potencia. Ha sido a través del espectacular incremento de visitas que se está produciendo desde finales de 2018. Esperemos que también sea acompañada de estudios conmemorativos, que ¡ojalá! vayamos conociendo a medida que pase el tiempo. Por ahora, de lo visto y leído, se echan de menos análisis generales que enmarquen adecuadamente el acontecimiento en su contexto histórico. Vaya pues esta pequeña contribución a aproximar a los lectores al tiempo, las ideas, los problemas, las inquietudes y anhelos de los españoles de esa época crucial para la modernidad en nuestra patria y a un rey, Fernando VII, que ha conseguido ser el peor considerado de los monarcas de su dinastía, y quizá por méritos propios.

El juicio otorgado por la posteridad al Rey Fernando VII ha sido muy negativo(4), tanto en la historiografía, como entre la opinión más general. No faltan motivos para ello, pues el personaje no es precisamente atractivo. De su carácter habla el hecho de que, tanto los absolutistas como los liberales, se consideraron siempre igualmente traicionados por el Rey. Pero esa unanimidad en la descalificación, sin más y al igual que sucede en el caso de algún otro personajes de la Historia reciente de España, como el citado al inicio, dificulta más que otra cosa la renuncia a la comprensión de una realidad, lo que no es admisible si se desea entender los importantes hechos sucedidos en esa época turbulenta de nuestra historia en la que, pese a todo, se encontró tiempo para crear la más colosal pinacoteca mundial. El Museo del Prado, su creación, fue uno más de los muchos grandes acontecimientos a los que asistió el mundo hispánico, en el momento de su desintegración, en los albores del siglo XIX(5).

A la distancia de doscientos años de la materialización de su proyecto cultural más destacado, la fundación del Museo, aproximarse a la figura de Fernando VII significa afrontar el debate nunca bien abordado sobre el alcance y las alternativas de la revolución española en el siglo XIX. Un debate que se ha evitado habitualmente en España. Primero, fue eludido en la polémica sobre las guerras carlistas durante el siglo que media entre 1835 y 1936; fue proscrito después de 1939, pues Franco tenía especial ojeriza a ese siglo, entero; y después, ha quedado sepultado en el olvido en los tiempos más recientes. Sólo ha permanecido esa descalificación global de ‘El Rey Felón’, que poco permite conocer y descubrir, más allá de la condena implícita que incorpora respecto a Fernando VII.

Para los seguidores deesa escuela del pensamiento crítico que sostiene firmemente que ‘de humanas actiones (…), non ridere, non lugere neque detestari, sed intelligere’ (sobre las acciones humanas no reir, no lamentar ni aborrecer, sino entender)(6), ese olvido es inaceptable. Rey bastante felón, sin duda, como tendremos ocasión de ver. Pero, sin objetar la descalificación, resultaría que el Rey más felón de nuestra historia fue capaz de crear una obra como este Museo. Valdrá la pena, pues, acercarse al personaje y a su tiempo para comprender mejor cómo fue posible abordar, en la postrada España de 1819, una creación cultural tal colosal como el Museo del Prado.

Fernando VII y la España del primer tercio del siglo XIX

museo 2Paradójicamente, frente al generalizado juicio adverso que ha recaído sobre su persona, fue Fernando VII en vida un rey de enorme popularidad. Desde joven, hasta sus últimos años, acostumbraba a pasear sin escolta por Madrid, con algún o algunos acompañantes, y cuando se le reconocía, era aclamado. Ya era ‘el deseado’ en 1807 y en 1808, en pleno enfrentamiento entonces con sus padres, Carlos IV y Mª Luisa, y con el favorito de ambos, Godoy. Y siguió siendo muy popular en 1814, pese a su frontal oposición a las Cortes y a la obra constitucional de 1812 (el momento del ‘vivan las caenas’). Y continuó siendo muy popular en 1821, cuando abrazó la Constitución de Cádiz. Y no dejó de ser popular hasta su muerte, cuando apenas contaba 50 años, tras haber sido repuesto en el trono absoluto por obra de la invasión francesa de 1823. Después de su fallecimiento, en 1833, su figura mereció las más duras e infamantes diatribas, denuestos y descalificaciones, alcanzando a ser uno de los personajes más aborrecidos de nuestra historia: el Rey Felón, calificativo al que ya se ha hecho mención.

Cierto que todo su reinado estuvo siempre acompañado de un cierto aura de fatalidad. Su primera entronización, en 1808, constituyó un drama familiar(7). Y fue un drama europeo el periodo de su estancia en Francia, entre 1808 y 1814, durante la Guerra de la Independencia. Un drama nacional fue su toma del poder absoluto, entre 1814 y 1820, y un drama constitucional, entre 1820 y 1823, el Trienio Liberal. Y fueron igualmente dramáticos los últimos diez años de su gobierno. Tragedia y paradoja de España en ambos hemisferios que, en el breve lapso de los diez años que median entre 1814 y 1825, pasó del ensueño de lo universal al ensimismamiento en lo particular, de la victoria contra Napoleón al desastre americano, y de la gloria liberal al infierno del despotismo. Bajo el reinado de Fernando VII el mundo hispánico se rompió en mil pedazos, adentrándose en una larga fase histórica de fracturas internas, económicas y político-sociales.

España y la crisis de los albores del siglo XIX

museo 5Bajo el reinado de Fernando VII (1808-1833), España tuvo que afrontar la crisis mundial más trascendental de su historia, por la naturaleza y la profundidad de los cambios que se produjeron. Cambios en lo espiritual, en lo económico y en lo político. Un cambio gigantesco determinado por la crisis definitiva del Antiguo Régimen, y que afectó de un modo muy intenso a España, aunque todos los pueblos y naciones del planeta se vieran afectados, de uno u otro modo.

Al revisar los acontecimientos a que se vio sometido el mundo hispánico desde una perspectiva estrictamente interna, es fácil caer en la melancolía. Se trata de la historia de un prometedor progreso científico, económico, social, literario y artístico, bruscamente truncado. El luminoso siglo XVIII, en que España pareció recobrarse de los embates del siglo precedente, se trocó en el drama de las guerras de final y comienzo de siglo. Primero fue la Guerra de la Convención, con Francia (1793-1795). Y después, tras la tormenta de las guerras con Inglaterra (1796-1802 y 1804-1808), se precipitó sobre España la enorme tempestad de la Guerra de la Independencia (1808-1814). Ese último embate supuso que la estructura estatal de la monarquía hispánica se derrumbase totalmente, en ambos continentes. La construcción de los nuevos estados escindidos, siendo imposible de reorganizar desde los viejos parámetros de la monarquía tradicional, resultó sumamente lenta y trabajosa. En ocasiones, se podría pensar incluso que es una tarea inconclusa al día de hoy en muchos países hispanos.

Los españoles que protagonizaron los hechos del cambio de centuria fueron hombres que pertenecieron a tres diferentes generaciones. Entre ellos estuvieron algunos de los mejores reformadores de la España Ilustrada del siglo XVIII, como Floridablanca o Jovellanos, que se mantuvieron en primera línea de la política nacional hasta su muerte, en el tiempo de la Guerra de la Independencia, y que coincidieron con el rey en los primeros años de éste. También la generación liberal que encaró la crisis de 1808, los Argüelles, Alcalá Galiano, Flórez Estrada, Martínez de la Rosa, el Duque de Rivas, Martínez Marina o el Conde de Toreno. Una generación ésta que descollaría después en la literatura, la historiografía, la economía o la política del siglo, y que coincidió con el monarca, sin entenderse nunca con él y padeciendo su persecución. Otros, fraguados también en los años de la Guerra de la Independencia, como Mendizábal o Espartero, tendrían su oportunidad tras la muerte de Fernando VII, en el segundo tercio del siglo XIX. Y la generación del Trienio Liberal (1820-1823), que chocó más violentamente aún con el rey, y que lograría tener su oportunidad en los años centrales de la centuria.

Si se revisan esos mismos hechos desde la historia de otros países, o en la perspectiva más general de la Historia Universal de ese tiempo, se aprecia que España desempeñó un papel transcendental. Y ello, tanto en el intensísimo periodo histórico de las guerras napoleónicas, como en sus prolegómenos durante las guerras de la revolución francesa, o como en su epilogo del Congreso de Viena (1814-1815) y de la Europa dominada por la Santa Alianza. España, país importante pero algo secundario en 1789, pasó a ocupar un lugar principal en el escenario mundial en 1804, y fue colocada en una posición central para cualquiera de las estrategias internacionales, a partir de 1808, manteniéndose en esa posición hasta 1825. Británicos, franceses, rusos, prusianos, austriacos y hasta norteamericanos, siguieron con la máxima atención los acontecimientos de España, entre 1808 y 1825. Todos los gobiernos destacaron en Madrid a sus más experimentados diplomáticos, pues el desmoronamiento de la vieja España y de su Imperio, les hacía abrigar a todos esperanzas de obtener grandes ventajas territoriales y estratégicas.

Fue un tiempo de grandes alternativas. El Antiguo Régimen se hundía en todas partes definitivamente y las rivalidades imperialistas alcanzaban cotas desconocidas hasta entonces. Francia, bastante menos revolucionaria que expansiva, se había lanzado a su última gran oportunidad para lograr la supremacía mundial, que le había sido escamoteada por Inglaterra y España en América y en el mar, y por Austria y Prusia en el territorio europeo, durante todo el siglo XVIII. Rusia aspiraba a expandirse por América, afirmarse en Europa y acceder al Mediterráneo. Prusia y Austria pugnaban entre sí por alcanzar la hegemonía en Alemania, y luchaban con las demás potencias europeas para conseguir la supremacía en el continente. Inglaterra se batió por sostener su recién ganado imperio. Y los nacientes Estados Unidos buscaban su espacio de expansión para afirmar su independencia.

España se batió con valor admirable, que fue alabado hasta por sus enemigos, en un intento desesperado de sobrevivir en medio de la gran tormenta desatada por las ambiciones imperialistas de todos los demás. Fue un tiempo en el que sucedieron grandes cosas y cosas terribles, un tiempo de ilustración y de locura, de luz y de tinieblas, de esperanza y de desesperación. En algún momento, todos creyeron haber alcanzado sus objetivos para, al momento siguiente, ver disiparse todo lo logrado. Al final de todo aquel turbulento periodo nada pudo seguir existiendo como hasta entonces y nació el mundo moderno, con una configuración muy similar a la que actualmente conocemos. Sucedió hace poco más o menos doscientos años, Justo como la creación del Museo del Prado.

Los personajes de la política internacional que protagonizaron los grandes acontecimientos de ese tiempo figuran, por derecho propio, en los puestos de honor de la historia nacional de cada unos de sus países, y en los puestos principales de la historia moderna. El británico Pitt ‘el joven’, y sus más aventajados discípulos, Castlereagh, Canning y Palmerston; los norteamericanos Whashington, Jefferson, Madison, J. Q. Adams y Monroe; los franceses Bonaparte, Tayllerand, y también Chateaubriand; los austriacos Francisco I y Metternich; el ruso Alejandro I. Esos fueron los personajes extranjeros con los que tuvo que tratar y contender Fernando VII durante el difícil tiempo del mundo en el que hubo de reinar. Personajes todos ellos que le superaban en casi todo.

Fernando VII, un déspota peculiar

museo 4Fernando VII no fue exactamente el déspota empecinado y el odioso retrógrado que deseaba retornar al Antiguo Régimen, de la imagen difundida por la historiografía liberal. Hombre sencillo y austero, querido por sus servidores más directos, y más bien inclinado a la contemporización y el compromiso, carecía de la tozudez y del fanatismo de su hermano Carlos. Su estilo de vida era una versión regia del propio de las clases humildes. Su gobierno se basó en lograr el apoyo de los sectores más desfavorecidos de la sociedad, no tanto porque estuviera dispuesto a mejorar su situación, sino por la común animadversión del rey y de los más humildes hacia los terratenientes y hacia las clases medias, que eran liberales. Su recurso al clero fue limitado y ocasional, pues nunca fue exactamente un reaccionario, y tampoco fue hombre de fervores religiosos. Careció de corte, pero no de camarilla, aunque a los integrantes de ésta los maltratase a veces. Temía de los liberales que le quisieran arrebatar el poder o limitárselo, pero aborrecía igualmente a los elementos reaccionarios del absolutismo y a los clericales, que también aspiraban a mediatizar su acción de gobierno. Así, entre 1823 y 1830, las conspiraciones más peligrosas contra las que tuvo que enfrentarse fueron las promovidas por los absolutistas más intransigentes, como la Guerra de los Agraviados (1827)(8). Un episodio reflejado en las novelas octava (‘Un Voluntario Realista’) y novena (‘Los Apostólicos’) de la segunda serie de los Episodios Nacionales, de Benito Pérez Galdós.

Sin ser un sabio ni un hombre de grandes dotes intelectuales, tampoco se le puede considerar exactamente inculto Él mismo se consideraba un ‘ilustrado’, en su sentido más diciochesco, como acreditó con sus obras más señeras, la Puerta de Toledo y el Museo del Prado. Tuvo excelentes preceptores a los que se encomendó su formación, como el padre Felipe Scio, religioso de la Orden de San José de Calasanz, hombre modesto, muy culto e inteligente. Pero, en 1795, al ser nombrado obispo de Sigüenza, su puesto fue ocupado por el obispo de Orihuela, D. Francisco Javier Cabrera, quien a su vez sería sustituido por el canónigo Juan Escóiquiz, a finales de 1796. Escoiquiz, retratado por Goya, era hombre de sólida cultura humanista pero reaccionario en exceso. La formación política del príncipe Fernando tampoco fue despreciable y siempre pesó mucho en su conciencia el recuerdo de su abuelo, Carlos III.

Frente a los liberales, a los que no soportaba, trató de inspirar un programa neoilustrado, que le llevó a figurar como patrono de las artes. En esa línea, apoyó a Lista y a Moratín y fue el gran mecenas del Museo del Prado, su gran creación. No se olvidó de la economía, en una época en la que ya circulaban por España dos traducciones de ‘La Riqueza de las Naciones’, de Adam Smith. En esa orientación, durante su reinado se dictó el primer Código Penal (1822), la primera Ley de Minas (1823), fundó la Bolsa de Madrid (1828) y dictó el primer Código de Comercio (1829). Sin olvidarse de la monumentalidad, erigió la Puerta de Toledo (1827), de Madrid, cuya inscripción es de lectura recomendada para quien quiera conocer al personaje(9).

Fernando VII, que fue considerado un traidor por los liberales, pensaba de los liberales eso mismo, que le habían traicionado. Fue él, el Rey Fernando, quien había librado a los españoles del oprobio de la tiranía de Godoy y del absentismo de su padre, el indolente Carlos IV, y las Cortes de Cádiz se lo agradecían limitando sus poderes. Pero en el asunto americano, el choque de Fernando con los liberales era inevitable, pues la alianza inglesa de los liberales y la simpatía de estos hacia los criollos rebeldes era una amenaza a la integridad del Imperio que quizá sólo el Rey Fernando supo ver.

Y no fue exactamente un reaccionario, pues procuró siempre limitar la influencia de los ultraconservadores y ultramonárquicos, los denominados ‘apostólicos’, como lo acredita que no restaurase la inquisición en 1823. Las represiones de los últimos tiempos de su reinado tuvieron que ver, sobre todo, con el temor del Rey a los absolutistas ultramontanos (revuelta de los agraviados 1826-1828) y con el miedo que se apoderó del monarca tras la Revolución Francesa de 1830. Condenó a Mariana Pineda, sí, pero también a la heroína ‘apostólica’, la inquietante Josefina Comerford(10). En realidad Fernando VII se presentó siempre como el portavoz de la voluntad popular y, seguramente, estaba convencido de serlo. Buscó el apoyo popular para subir al trono en 1808, y lo volvió a buscar en 1814 y en 1823. Lo obtuvo siempre, al margen de los incipientes partidos liberal y carlista.

El personaje, sin embargo, no ha tenido tan mala trayectoria en lo literario. El genio de la novela romántica, Stendhal, lo utilizó de modelo para alguno de los personajes de sus obras. Ya había tomado la figura de Fernando VII en su relato sobre tema español ‘El Arca y el Aparecido’, donde trató con cierto detalle la singular personalidad del monarca español. Pero en su obra más destacada, ‘La Cartuja de Parma’, en la que intenta retratar la figura de un déspota con ambiciones ilustradas y con deseos de sintonizar con el ‘espíritu del siglo’, en el personaje del Príncipe de Parma, Ernesto-Ranuccio IV, el modelo que le sirvió fue el del Rey Fernando. Un sujeto peculiar, amante de los cambios pero celoso de su poder absoluto, que inspiró al genial novelista la peculiar personalidad del Rey Fernando VII.

Para terminar esta aproximación a la personalidad íntima del monarca, debe recordarse el dicho que ha dejado para la posteridad, que muchos citan sin precisión y desconociendo su verdadero origen. Me refiero al famoso dicho ‘Así se las ponían a Fernando VII… ‘. El episodio, relatado por el embajador francés, que fue una de sus víctimas, se refiere al juego del billar, al que el Rey era muy aficionado. Al parecer, el Rey, cuando golpeaba su bola con el taco, no esperaba a ver la colocación final en que quedaban las bolas, y miraba hacia otra parte, dando conversación a su adversario. Momento de distracción real que era aprovechado por un ujier para colocar las bolas en buena disposición para que el rey pudiese obtener una nueva carambola y, al final, ganar la partida. El Embajador francés tenía muy mal perder, sin duda.

Puedes leer la segunda parte pinchando aquí

NOTAS:

1.- El “empaquetado“ realizado con el Prado recuerda las obras del búlgaro Christo, autor de “empaquetados monumentales” de obras como el Pont Neuf de París, pero sin su gracia ni su grandeza: http://www.epdlp.com/cuadro.php?id=1442
2.- El País, 25 de noviembre de 2018, edición digital: https://elpais.com/ccaa/2018/11/24/madrid/1543090232_982775.html
3.- ABC, edición digital: https://www.abc.es/cultura/teatros/abci-teatro-real-lamenta-profundamente-exhibicion-lazos-amarillos-tras-funcion-201809201410_noticia.html
4.- En 2017 se presentó una biografía pretendidamente “definitiva” de Fernando VII, obra del Catedrático de la Universidad de Alicante, D. Emilio La Parra López, Es una magnífica obra, muy innovadora y con gran aporte documental. Pero su título denota el hondo arraigo del juicio adverso sobre este rey: Deseado y Detestado.
5.- Por su especial relevancia, el juicio más acabado sobre Fernando VII, sigue siendo, quizás, el que consta en Modesto Lafuente, Volumen VI de la “Historia General de España”, Juan Valera editor, Barcelona, 1877.
6.- B. Spinoza, “Ethica ordine geométrico demonstrata” o “Ethica more geométrico demonstrata”, editada en Amsterdam, en 1677.
7.- La denominada “Conjura de El Escorial”(1807) y “El Motín de Aranjuez” (1808), fueron obras suyas. Ambos episodios son tratados en Modesto Lafuente (loc. Cit.), y constituyen parte de la trama de dos de los Episodios Nacionales de la primera serie, “La Corte de Carlos IV” y “El 19 de marzo y el 2 de mayo”, de Benito Pérez Galdós.
8.- La Guerra (o revuelta) de los Agraviados fue el prólogo de las Guerras Carlistas. El más completo estudio de esta rebelión sigue siendo el de Antonio Pirala en su monumental “Historia de la Guerra Civil y de los Partidos Liberal y Carlista”, libro I, pags. 36 y ss., editado por Dionisio Chauler, Madrid 1868.
9.- La inscripción está en latín, y traducida dice: “A Fernando VII, el Deseado, padre de la Patria, restituido a sus pueblos, exterminada la usurpación francesa, el Ayuntamiento de Madrid consagra este monumento de fidelidad, de triunfo y de alegría, Año MDCCCXXVI”
10.- Para acercarse a este singular personaje femenino, ampliamente tratado por Baroja y por Antonio Pirala, es recomendable consultar este enlace: http://manuelblascinco.blogspot.com/2018/04/josefina-comerford-la-heroina-realista.html

 

 

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