abril de 2026

‘Pobres criaturas’, de Alberto Ávila Morales

Pobres criaturas
Alberto Ávila Morales
Prólogo de Eugenio Rivera Claudio

Editorial Mahalta, 202
672 págs.

ZOZOBRAS

 

El perfil poliédrico de Alberto Ávila Morales (Madrid, 1946) aglutina tres enfoques creativos autónomos. Es fotógrafo, cantautor y poeta. Pero sin duda, el trayecto continuo más relevante, que recorre desde hace décadas con ordenada percepción, ha sido la poesía. Protagoniza una larga senda de recitales y escenarios que comprende las entregas Para Isabel. Gritos de amor contra el Alzhéimer (2011), La muerte de Dios (2015), Del Humor, al Amor, al Horror (2016), Atenta Mente Vuestro (2018), La voz inerte (2023) y 40 huellas & 1 denuncia (2024). Son entregas donde se perciben parámetros comunes: en la obra poética de Alberto Ávila se hace palpable el papel central del tiempo y su capacidad para moldear la condición existencial del sujeto que escribe. El poema se convierte en una manera de mirar la intemperie y asumir una realidad en conflicto, solo iluminada de vez en cuando por los reflejos temporales de ilusiones y sueños, que poco a poco se van abandonando, perdidos en mitad del páramo vital.

El libro Pobres criaturas se enriquece con un hermoso umbral del poeta, ilustrador y director de la revista Entreletras Eugenio Rivera Claudio. El texto “Antes del principio era el Pro-logos” advierte de nuestro aprendizaje fragmentado. El transitar de los relojes se hace azaroso deambular y destino. Reclama al sujeto que escribe una mirada cenital empeñada en levantar “acta de pérdidas y orfandades”. Las secuencias vividas se hacen versos en el inquieto caminar de las composiciones. La mano que escribe realiza un cumplido inventario de figurantes. Rehabilita pobres criaturas que conforman una elocuente taxonomía de impostores, asomados al frío interior de la decepción. Así lo corrobora la ironía de muchos poemas y la voz crítica que denuncia la desnudez del presente continuo. Recuerda nuestro querido Eugenio Rivera que existir es ser parte de una irritante tautología. Como asevera la oportuna cita de entrada a los poemas, “No hemos sabido ser dioses / por eso acabamos siendo sombras”, manchas verticales que buscan lumbre en la leña sombría de lo perecedero.

Alberto Ávila Morales dicta sentencia, como preámbulo, a los mansos de corazón que se sienten ajenos a la gelidez y aspereza del respirar: Concluye fuerte el poema inicial: “Si no sentiste ni sientes / será porque no has vivido”. Todos somos sedentarios transeúntes al paso, convertidos, como recuerda el título del primer apartado, “Pobres criaturas”. Como si el sujeto común fuera miembro de una raza maldecida por algún dios estéril y rencoroso, la existencia se convierte en un desplazamiento hacia el atardecer con paso vacilante. El corazón hace de sus paredes frágiles ruinas. El tiempo va apagando el deseo, el abrazo de los cuerpos y esas huellas que son testimonio de algún cansado residuo de luz que, poco a poco, se va apagando o busca, como dice este hermoso verso final: “la eternidad tranquila del olvido”.

Alberto Ávila Morales

El poeta siente cerca la voz de los ausentes. Percibe el latido de aquellas sombras que abrazaron el tacto frío de la muerte. Y compone un íntimo numerario personal que convive con las almas del asfalto. Todas son presencias que comparten su aspiración de humo. Parcos inquilinos de la memoria que ahora solo soportan la cadencia sombría del reloj: “Pobres criaturas, / vivís en la perpetua blancura / de páginas abiertas. / Cenizas suspendidas entre árboles / esperando renovar el misterio. De nuevo, es el caminar de los relojes quien decide nuestros itinerarios y nos somete a un viaje inacabado y azaroso que concluye en la ausencia. Aceptamos nuestra condición de ser pálidos fantasmas que opacan el azul de las ventanas.

También la segunda sección “De rojo herido” hace de la palabra una indagación en la naturaleza del sujeto. Así lo anticipa la hondura semántica de la cita: “Los seres humanos solemos ser pompas de jabón a punto de estallar”. Cerca siempre del yo, la desnuda presencia de la muerte, esa herida mortal que nos desgaja y que deja al sujeto implicado en una larga espera de tedio. No hay vuelta atrás. Nadie puede desandar lo vivido y volver al aire limpio de la infancia. Todos estamos sometidos a esa estela de causas y efectos que conforman olvido y memoria. El caminar por las aceras del ser busca permanencia en las palabras. Cada gesto vital es solo un leve parpadeo. La plenitud del verbo es un atisbo que aventará el viento del olvido, así que conviene reservar dentro los anclajes necesarios que mantienen la claridad auroral.

Meditativa y confidencial, la poesía de Alberto Ávila Morales recuerda un tiempo en el que todo estaba por hacer. Deja que el recuerdo eche raíces para amar y sentir, para escribir ese diario de páginas amarillas que recuenta anotaciones vivenciales.  Se mira en el espejo para preguntarse si mereció la pena emprender ruta, aunque el rumbo fuera difuso o se perdiera entre la oscuridad diaria. Aunque las instantáneas que capten los sentidos sean meras sombras de pobres criaturas en la pared de una caverna.

 

 

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