Viaje a la Mancha. En busca de una nueva Dulcinea
Pascual Izquierdo
Almería, Editorial Confluencias, 2026
338 páginas
Ver mucho y saber mucho
Cualquiera que conozca su acreditada trayectoria literaria sabe que Pascual Izquierdo, parafraseando lo que dice el protagonista en el capítulo II, 25 del Quijote, ha visto mucho y sabe mucho por lo mucho que ha andado y lo mucho que ha leído, y sus libros de viajes, que tienen un peso muy especial en su producción literaria, son una buena muestra del alcance de su mirada aguda y sensible y de su mucha sabiduría. Su última obra, precisamente un libro de viajes, relata la amena peregrinación de la muy singular orden de hombres de tan curiosas costumbres como los caballeros del Pedal (el prior Aloysius, el atlético Juansán, el barón Steinkogler, el doctor Simon, el docto Aemilius y el cronista) por los caminos manchegos tras las huellas evanescentes de una Dulcinea del Toboso que alumbra en su esencia intemporal un ideal siempre nuevo por lo mucho que hay en ella de respuesta a las necesidades de nuestro tiempo.
La obra está regida por una estructura muy sólida y meditada (salidas y jornadas) que rinde un permanente homenaje al Quijote como una parte de un eficaz despliegue de detalles que el lector informado sabe desentrañar, como el juego con lo apócrifo, la inserción de alguna historia intercalada y los permanentes guiños a los personajes y el texto, entre los que cabe destacar, entre muchos otros, algún detalle tan fino como ese “albarjaez” o “jaezbarda” que vuelve por la senda que, con el “baciyelmo” inventado por Sancho Panza en el capítulo I, 54 de la novela cervantina, abre la realidad oscilante de la cosmovisión quijotesca. En un juego que recuerda a la permanente dialéctica de Cide Hamete Benengeli con la literalidad de la historia de la que es autor y cronista, la urdimbre metaficcional del texto del Viaje a la Mancha se refuerza con un diálogo permanente entre los personajes –sobre todo Aloysius, el prior de la orden– y el narrador, cuyo estilo critican y corrigen y cuyos puntos de vista matizan. En el mismo sentido cabe entender la conciencia que tienen los personajes de la obra de ser precisamente eso, personajes literarios de una historia que ya está “en letras de molde”, al igual que los protagonistas del Quijote saben en el capítulo II, 3, gracias al bachiller Sansón Carrasco, que sus aventuras ya han sido publicadas. Entre ellos brilla con luz propia el genial Aemilius (trasunto del gran Emilio Pascual), que tiene mucho de don Quijote por su arrojo, protagonista de un tan inocente como audaz y arriesgado asalto a la casa de Ana Zarco en el Toboso y de un mágico descenso a la cueva de Montesinos que marca en su carácter un antes y un después que merece la pena seguir con atención.
El texto es un constante monumento a la literatura desde el temprano “enhiesto surtidor de sombra y misterio” (p. 23) de los cipreses del patio trilingüe de la Universidad de Alcalá, que recrea el “enhiesto surtidor de sombra y sueño” que inmortaliza Gerardo Diego en “El ciprés de Silos”. Por esa declaración de amor a las letras desfilan, entre otros, Quevedo, Fray Luis, Lope, Vargas-Llosa, Pérez-Reverte y, sobre todo, Cervantes, que nos recuerdan, de la mano del narrador, la relevancia de su magisterio y la permanente invitación al placer que encierra la lectura de sus obras. De esta permanente presencia de la literatura forman parte también las disputas locales sobre el lugar de la Mancha y, por una de estas casualidades tan quijotescas que permiten que se encuentren las trayectorias del autor y el reseñador, la alusión a algunos encuentros académicos celebrados en El Toboso, Argamasilla de Alba y Villanueva de los Infantes en los que participé en su momento. Del homenaje literario participan igualmente algunos personajes —real el primero y ficticio el segundo— que asumen actitudes y empresas quijotescas, como la sin par Isabel Fernández Morales, regente de la Casa de la Torre en El Toboso, artífice y muñidora generosa y entusiasta de tantísimas iniciativas para mayor gloria de Cervantes, y ese escritor desengañado, ya anciano, que vive retirado en Ossa de Montiel.
No faltan en el Viaje a la Mancha de Pascual Izquierdo algunas muestras muy claras, en ocasiones claramente reivindicativas, de crítica social y cultural tales como los vestigios de una guerra civil cuyas heridas no están aún bien cerradas, los abusos del machismo, la falta de pulcritud expresiva de los nuevos periodistas, el futuro deshumanizado, el deterioro de la naturaleza o la tecnología invasora, señales del compromiso de un cronista que no pasa por las cosas sin que estas depositen su impronta en su mirada. En este sentido, el libro adquiere un notable valor didáctico al servicio del arte, la historia y la geografía en las que se encuadran de forma muy barojiana el paisaje y el paisanaje, y todo ello plasmado en un texto escrito con un estilo sugerente, evocador y poderoso, en el que sobresale la alternancia de brillantes destellos líricos con el efectismo impresionista que define la construcción de algunos párrafos en los que la mirada del narrador capta en frases breves toda una sucesión de imágenes que demuestran una combinación aquilatada de sensibilidad, curiosidad y oficio literario.
Y sobre todo ello se impone la luz de Dulcinea, que se proyecta en el texto de dos formas que en algunos contextos se rozan y hasta se confunden: desde la realidad, en mujeres de diferentes edades y aspectos, siempre vistas desde la admiración, y desde la idealidad, gracias a la presencia recurrente de una Dulcinea simbólica y evanescente, esa a la que se busca en todo momento y no se encuentra; esa que aparece y desaparece en un permanente juego con los personajes; esa a la que siempre hay que seguir buscando porque, como dice el prior Aloysius, “no se puede renunciar al ideal, porque es el motor y el andamiaje de los ilusiones y los sueños” (p. 294). Esos son, entre otros, los impulsos que mueven esa búsqueda permanente que es la creación literaria, que se vuelve más dinámica si cabe cuando se inscribe en el programa de un viaje, y de literatura en general, y de viajes en particular, Pascual Izquierdo ha demostrado saber lo que saben muy pocos.











