febrero de 2026

La ‘solastalgia’, retrato de la España vaciada

Cepeda La Mora (Ávila). Fotografía del autor

Cuando se habla de la España vaciada, y de Castilla y León, concretamente, se habla con datos técnicos y estadísticos que conforman su actual mal estado: el éxodo rural, el envejecimiento y crecimiento vegetativo negativo, la brecha de servicios y conectividad, la falta de industria y la mecanización de la agricultura moderna, el efecto aspiradora de las grandes ciudades limítrofes…

Y, aunque sigue jugando en contra la gestión pública autonómica para poder revertir esta situación, hay que decir que no todo es negativo. En los últimos años, el auge del turismo rural de calidad, más allá de la rehabilitación de casas rurales que comenzó en los años 80, el teletrabajo post-pandemia que nos ha hecho avanzar un poco en la convergencia con la normativa europea, las recientes denominaciones de origen vinícolas como Cebreros (garnachas) y Sierra de Salamanca (rufete) que se suman a las clásicas y el avance en el uso de energías renovables que consolidan en 2024 y 2025 a esta comunidad autónoma como líder en España en este campo, nos abren una pequeña ventana de esperanza y han propiciado la vuelta de algunos y algunas a los pueblos.

Pero hay algo de lo que no se habla habitualmente, que creo sinceramente que es igual de importante o más, y es aquella de la parte emocional, la del pellizco o la herida profunda que no se cura, la nostalgia. Tomo por ejemplo el caso de Cepeda La Mora, pequeño pueblo de la provincia de Ávila, del que soy concejal : el silencio de sus calles empedradas, las casas de granito gris y tejados de teja árabe, cerradas a cal y canto, la Cueva del Maragato escondida e indiferente, o la nieves, solitaria en la Serrota… En definitiva, la pérdida de algo sustancial que hace evocar a oriundos y visitantes un pasado con olor a piorno quemado, la plaza y el Rollo de Justicia llenos, la dureza del clima que forjó el carácter de sus gentes y, sobre todo, el sentido de pertenencia a la tierra que las grandes ciudades no ofrecen.

Y esto tiene un nombre ya que no es una tristeza común, es lo que los expertos llaman “solastalgia”, acuñado por el filósofo ambiental Glenn Albrecht[i] en 2005 y que se refiere al dolor, la angustia o la tristeza profunda producida por la pérdida o el deterioro irreversible del entorno natural y del hogar debido a cambios ambientales, el cambio climático o la actividad humana, mezclado con la memoria emocional de la Castilla profunda de esa que se vacía cada día. Y me ilusiono en este momento, en calidad de sobreviviente, con la posibilidad de una alternancia política a corto plazo en esta tierra, aunque, inevitablemente, resuena en mi cabeza la bella ejecución poética de la Santa más universal, y que refleja esa zozobra por nuestra tierra: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero…”.

[i] Glen Albrech  es autor del libro «Las emociones de la Tierra. Nuevas palabras para un nuevo mundo».

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