julio de 2026

EL ECO Y SU SOMBRA / El disco de Chet Baker salta

Fotografía de Marina Sogo

La vida, al cabo, queda en novelita rosa de azares y causas y cuando uno abandona este mundo siempre resta un deudo o un primo segundo de Cáceres que abre tu casa y se lleva en una bolsa recia de rafia las Obras Completas de Benito Pérez Galdós o todas las sinfonías de Berlioz en vinilo, aunque lleves sin oírlas quince años o no hayas seguido la plétora galdosiana. Esa rapiña funeraria. Expolio o polvo. El expolio incivil como un cuchillo codiciando la carne. El polvo como un ejército apoderándose del patrimonio silente. El polvo, el implacable, no solo se come entonces al finado (ya se sabe, polvo eres…) sino también (ay) a sus discos y a sus libros, a su álbum de fotos y hasta a la corbata horterísima que gastaba en las bodas. La vida, tan puta, concita así en su finiquito a quienes, en vida, quisimos, nos quisieron o ninguna de ambas cosas, pero se arracimaron a nuestra vera de modo que parecían, en las distancias cortas, familiares, amigos incluso. Debiéramos legar la risa, pongo por caso. O la mala leche de los lunes a las siete de la mañana. El júbilo tal vez.

A mi amigo Pepe, que era un bonachón, le entrego una pizca de mala hostia, que falta le hace. A Juanito, tan arisco y cabroncete, mi talante, ya que fama tenía de bonancible y festivo. A Lola, mi don de gentes. La vida, insisto, cuando cesa, abre la pandora espléndida del saqueo. Sentimental, en algunos casos. Acude el hermano lejanísimo, el cuñado al que nunca tratamos y los hijos bastardos de cuando hicimos la mili en Burgos, que se traerán, a modo de distintivo, algunos rasgos genéticos inefables, para demostrar, por la cara, la parentela, la comisión de la sangre. Acuden pues todos, voraces y terribles, diplomáticos y cautos y, al tiempo, solemnes y tristísimos, a litigar unos cuadros, unas baldas con Homero y con Agatha Christie, un piso en la capital o un coche casi sin kilómetros que arrumbamos al olvido cuando ya nos satisfacía eso de ir de un pueblo a otro. Toda la felicidad (o toda la tristeza) estaba en el nuestro.

Habrá que convenir una legitimidad a este buitreo, perdónenme la palabra. La muerte da sus réditos y hay una maquinaria bien engrasada para amortizar las pérdidas ajenas. Flores, misas, lápidas, herencias. Hijos en Burgos. Todo se aviene a ser facturado, escriturado. A desgravar incluso. Caso de que haya una vida después de esta, estaría bien que el finado, en el mullido más allá, asista al patético espectáculo de la pitanza que su ausencia ha dejado. En lo que a mí concierne, me va a dar igual lo que el respetable haga con mis posesiones. Ah, aviso de que un disco de Chet Baker tiene la pieza once un pelín rayada. La trompeta se escora al piano y, al final, la canción parece, en lugar de tersa y algodonada, ruda y un algo perversa. Como la vida misma.

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Archivo Entreletras

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