septiembre 2020 - IV Año

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El Este no quiere refugiados

Del ‘socialismo real’ a la derecha nacional (II)

Muro2Muro frontera húngaraPara Marx sociedades europeas de la revolución industrial como el Reino Unido, Alemania o Francia parecían las adecuadas para la implantación de una revolución socialista en la que la clase trabajadora adquiriera el protagonismo que no había disfrutado a lo largo de la historia. Que lo fuera años después de la muerte del autor de ‘El Capital’ la Rusia post-zarista iba a resultar una imprevista sorpresa. Rusia era un país con una identidad muy definida y dilatada extensión, pero era un reino periférico respecto a las corrientes europeas, una sociedad agraria con abundantes reminiscencias feudales, donde la revolución liberal no había tenido ocasión de arraigar, y 1789 apenas se había asomado a ese inmenso imperio regido por la dinastía de los Romanov. De resultas de la Gran Guerra, Rusia se iba a convertir en el primer país socialista, hasta constituir paso a paso – y más tras el devastador huracán de la XX Guerra Mundial, donde el pueblo soviético pagó un alto precio en vidas humanas y recursos- en un imperio comparable o superior al de los Zares. ¿Qué sobrevivió de ese imperio en el ejercicio y la base de poder de la antigua URSS?

Se trata de uno de los asuntos más debatidos en el discurso ideológico: ¿Cuánto debe el modelo de ‘discurso único’ del modelo soviético a Marx, y cuanto a la herencia del imperio zarista? De la misma manera que los pueblos colonizados por el antiguo Imperio Romano fueron capaces de mantener buena parte de sus instituciones con sistemas posteriores y bajo sociedades muy distintas. Y aquí parece necesario mencionar a Antonio Gramsci por su valoración sobre la importancia de los contenidos culturales en cualquier revolución. Gramsci que en su día defendía o al menos aceptaba un modelo ‘plural’ en el que incluía a los católicos progresistas – ¡medio siglo antes que el Vaticano II! – decía que en una sociedad es posible conquistar el poder a través de un cambio en las llamadas ‘fuerzas del orden’ y los aparatos del estado, y por lo tanto llegar al gobierno, pero sin un cambio cultural ese dominio es flor de un día. El ejemplo más palmario de ese fracaso nos lo ofrecen los estados del Este, incluidos en lo que se llamó el ‘socialismo real’, pertenecientes al COMECON, sucedáneo de Mercado Común , y al Pacto de Varsovia, o lo que es lo mismo la dependencia respecto a la llamada ‘soberanía limitada’ del Kremlin. Bajo un férreo dominio de los aparatos del estado, de los medios de información, de la educación y del discurso social y público, se mostró una sociedad uniformizada, condenada a una ortodoxia estricta. Cuando esa estructura se debilitó para caer definitivamente con el vendaval de aire fresco de la ‘perestroika’ lo que vino no fue una sociedad socialista, ni siquiera progresista, sino un espacio muy conservador, incluso anti-liberal y reaccionario, que había sobrevivido durante varias décadas oculto tras un discurso oficial monocorde y una ortodoxia de ‘verdades únicas’. Es decir: la capacidad de influir en el discurso cultural y social por parte de esas férreas estructuras de poder fue irrelevante o casi nula cuando se vieron obligadas a asomarse a la luz del día, al cruce ideológico y al debate social; de la misma forma que unas figuras en un museo de cera se acaban derritiendo cuando la iluminación penetrante irrumpe en lo más recóndito de una galería.

Grupo Visegrad UEGrupo Visegrad UELa situación actual en la mayor parte de ese bloque no se explica desde la perspectiva de una acción pendular o una respuesta a más de tres décadas de discurso único, sino como efecto de la incapacidad para penetrar en el tejido social y el verdadero discurso cultural unas ideas basadas en la Revolución del 17. Como fuera de la estructura del aparato del estado y del Partido se había eliminado casi todo, sin vida propia, sin permitir el debate social y cultural salvo el que se atenía a la más rigurosa de las ortodoxias, cuando esa estructura cae, lo que queda es prácticamente nada, o está en una vía muerta hacia su extinción. Este fue el fracaso del modelo soviético: en su incapacidad para permitir un libre debate, diferentes posiciones y actitudes, una vida cultural plena en la que los discursos renovados pudieran ser plurales, al desaparecer ese modelo lo que ha quedado es una sociedad anticuada respecto a Occidente, con unas élites que si antes luchaban contra el discurso único del modelo soviético ahora lo hacen contra el tono de exaltación autocrática, de imposición de modelos confesionales o retrógrados ultranacionalistas, bajo admiradores del neoliberalismo desde el punto de vista económico pero muy desconfiados respecto a los sistemas parlamentarios, la laicidad y a las esencias de un 1789 cultural y político.

Ese bloque, cuya identidad europea no se debe cuestionar, como tampoco su importancia en el legado del viejo continente, fue admitido en la UE aunque no todos los estados reunían las condiciones suficientes para su pertenencia al ‘club europeo’, en una ‘vista gorda’ como la que permitió la entrada de Grecia aunque sus magnitudes estaban más cerca de una comedia de Aristófanes que de las modernas contabilidades. Bruselas se contentó con unos mínimos que, en principio, casi todos cumplían, en una especie de reconciliación con ese bloque cuya aportación a la construcción europea no debía quedar relegada. Sin embargo, sobre ese territorio que antes englobaba a estados bajo dominio soviético emergen en la actualidad modelos cuando menos ‘sospechosos’ y que plantean problemas que la UE se verá obligada a considerar. Desde la ‘democracia no liberal’ (sic) de Orban en Hungría, a la ‘revolución tradicional polaca’ de Jaroslaw Kacynski en línea con un integrismo católico traducido en ‘desconfianza’ ante el cosmopolitismo, miedo la influencia de París o Berlín, descalificación o represión de quienes defienden el género, el pacifismo, el feminismo, los derechos LGTB o el pluralismo cultural y la diversidad, a la vez que se pone en entredicho un sacrosanto principio como el de la división de poderes, con el descarado mangoneo en el judicial o el control absoluto de los medios de comunicación públicos. Por muy pintorescos que puedan resultar algunos líderes de la política europea –Le Pen, Salvini, Boris Johnson…- ninguno de ellos llega al nivel de Kaczyski que por no tener no ejerce una magistratura sino que es el presidente del partido PiS (Ley y Justicia) que gobierna por mayoría absoluta y a quien los sondeos siguen favoreciendo, como hombre fuerte e inspirador/ideólogo del sistema, desde una personalidad que podría parecernos inconcebible desde la Europa Occidental (un hombre tan devoto y piadoso como lo fuera Oliveira Salazar en Portugal, hermético, encerrado en sí mismo, solitario o taciturno, que ha vivido siempre con su madre hasta su fallecimiento cinco años atrás, a quien nunca se le ha visto junto a una mujer, ni vestido con otra cosa que no fuera un traje negro, sin otra afición que jugar con sus gatos y escuchar Radio María a la que considera un pilar básico de la revolución patriótica y ultra-católica que defiende).

Manisfetsción contra inmigración en PragaManifestación contra inmigración en PragaBuena parte de esos estados pertenecientes al antiguo bloque del Este entraron en la UE sin reunir todas las condiciones, pero en su momento se evidenciaba un (justo) interés político en incorporarlos al proyecto europeo. Hoy en día, la mayoría se rebelan contra aspectos decisivos de ese modelo en materia de libertades, se niegan a admitir no solo refugiados sino inmigrantes (pese a contar con unas bajísimas cifras), con justificaciones tan peregrinas como ‘evitar que la presencia musulmana altere la uniformidad católica y cristiana’. Lo escandaloso es que buena parte de esos estados –como Polonia o Hungria- tienen la misma tradición de migrantes que Italia, Irlanda o España, con comunidades y residentes en los más variados países. Ahora esas sociedades potenciales ‘exportadoras’ de emigrantes son las más xenófobas, las más cerradas y herméticas a la presencia de extranjeros de la UE.

Un ejemplo más del antiguo fracaso del modelo de ‘socialismo real’ en transformar las sociedades sobre las que se asentó, nos lo da la antigua RDA, donde dentro de la Alemania unificada la extrema derecha anti-inmigración de AfD alcanza cifras relevantes de votación. Lo que nos debe llevar a una conclusión provisional en este análisis que proponemos: sin cambio social y cultural, sin libertad ideológica, debates plurales y rechazo a verdades absolutas como dogmas, no queda sitio para una transformación social en clave igualatoria tanto desde la perspectiva del género como desde la económica. Treinta años de discurso único en el Este no sirvieron de nada cuando las estructuras de poder se hundieron estrepitosamente como en un edificio en ruinas. Como no hubo cambio cultural, ni penetraron los discursos en clave de solidaridad y de igualdad, lo que quedó fueron unas identidades retrógradas y anticuadas, escasamente cosmopolitas y desconfiadas respecto a la modernidad.

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