agosto de 2025

LAS CARTAS DE ELIBERIA / Josefina de la Torre Cominges (1907-2002)

Querida amiga,

Soy Eliberia, ¿te acuerdas de mí?

Tal vez esta no se parezca a una carta al uso, quizás pienses que es un interrogatorio, pero es lo que nos pasa a las curiosas. Creo que sabrás perdonarme.

Nunca pude conocer tu casa entre Pizarro y California en el barrio de las Canteras, en las islas, donde a tus veinte años creaste el que llamabais Teatro Mínimo, con tu hermano Claudio. Fue una lástima. Me hubiese gustado conocerte mucho antes, pero estaba el mar por medio, azul, amenazante, imprevisible.                       

Eras una mujer polifacética. Lo heredaste de tu abuelo Don Agustín Millares Torres, historiador, novelista y músico, pero también tu madre, Doña Francisca Millares Cubas, influyó lo suyo, dado que dedicó su vida por entero a las artes y te lo transmitió como su mejor regalo.

Tú, en medio de ese mar, estabas absorta componiendo tu primer poemario Versos y estampas. Aún recuerdo cómo conociste al poeta Pedro Salinas, que te regaló el prólogo.

Aunque ya nos habíamos visto antes, fue aquel día de 1924, cuando a tu hermano Claudio le hicieron entrega del Premio Nacional de Literatura, por su novela En la vida del señor alegre. Tenías diecisiete maravillosos años, yo treinta y seis. Fue una ceremonia inolvidable. Llevabas al hombro tu violín, y eso le llamó la atención al escritor Pedro Salinas, quien, al acabar la ceremonia, se las arregló para acercarse a ti, y preguntarte si sabias tocarlo. Le hablaste de tu tío Néstor de la Torre; él le conocía. Era muy buen tenor.

No recuerdo cómo llegamos a hablar de la poesía y le enseñaste tu poemario. No le hizo falta más que ojearlo. Versos y estampas le pareció magnífico y se comprometió a escribirte el prólogo. Dijo que para él sería un honor. Aquella noche, en el baile, tu violín brilló de incredulidad y sorpresa. Se arrancó tu tío Néstor con la interpretación de un fragmento de la zarzuela Don Manolito de Pablo Sorozábal. Todos nos quedamos boquiabiertos. Tu violín dejó de sonar.

Lo que no esperábamos era que a don Manolito le respondiera Margot —la protagonista femenina de la obra—, con tu preciosa voz de soprano lírica, asomando por detrás de un cortinaje rojo púrpura que separaba dos ambientes. ¡No podía creerlo!

Rafael Alberti, Ernestina de Champourcin, Margarita Nelken, Salvador Dalí, Jorge Guillén, Benjamín Palencia, Dámaso Alonso, escuchaban con atención.

También estaban los miembros del jurado: Azorín, Enrique Díez Canedo, Ramón Pérez de Ayala, Enrique de Mesa y Julio Casares. Todos nos quedamos atónitos. Te vi cómo bailabas con Pedro Salinas. Sonreías feliz.

Tiempo después, volví a verte cuando me invitaste a una representación del relato El Viajero, que tu hermano Claudio había escrito en mil novecientos veinte. Fui a verla con dos amigos. Nos acercamos a ti. No te conocían.

Cuando les dije que me hablasen de Laura de Cominges nos contestaron que ellos estaban de acuerdo con Margarita Nelken, que decía de ti: “No es una niña prodigio. Es una poetisa que siente, exaltada y amorosamente, que expresa divinamente lo que siente”.

Otra sorpresa, pues descubrieron que ese era tu pseudónimo. Merche Ballesteros, mi amiga, la que siendo aun la novia de tu hermano Claudio, y que a partir del dieciséis de diciembre de mil novecientos treinta y dos, se convirtió en su esposa, me lo había dicho tiempo atrás. Habías utilizado ese pseudónimo en tus primeros escritos, y con la censura, la guerra y la muerte, al volver a las Palmas, tu isla, lo recuperaste.   Era el segundo apellido de tu padre.

Una tarde de domingo —y déjame jugar con el calendario—, en la Residencia de Estudiantes, nos encontramos otra vez con aquel joven que andaba en torno a los treinta y cuatro años: dijo que se llamaba Luis Buñuel. Le reconocí al instante. Le había visto en la entrega del premio a tu hermano. Me fijé en él, mientras tú bailabas con Pedro Salinas. ¿Cómo olvidarle? Iba con Concha Méndez, la campeona de natación. ¿Te acuerdas cómo la miraba?  Creo que entonces llevaban de novios cinco años, pero aquello, como todo, se acabó.

En realidad, fue lo mismo que te pasó a ti, cuando tenías veintitrés años, con Juan Chabás. No había quien te aguantara, ni enamorada, ni después enloquecida de tristeza, pero todas estábamos allí, contigo. Y de ahí nacieron los Poemas de la isla.    

Te eché de menos tanto, que en mil novecientos treinta y cuatro, cuando ya estabas en París con tu hermano Claudio, me armé de valor y decidí visitaros. Tenía un pequeño piso en el número ocho de la calle de la Justicia, en el departamento de Saint Denis.

Yo sola, vagones de madera, máquinas de vapor, un día. Me enteré entonces que tu hermano había estudiado en el Colegio San Agustín, el mismo en que lo había hecho, tiempo atrás, Don Benito Pérez Galdós. Ese detalle se me pasó inadvertido, porque yo tenía los ojos fijos en el brillo de tus zapatos negros. Solo quería que me hablaras de ti. Supe entonces, entre otras cosas, que el autor de los Episodios nacionales había sido un referente en tu escritura, desde que a los siete años le escribiste el primer poema.

Y para verte cantar tuvimos que esperar hasta el dos de noviembre de mil novecientos cuarenta y dos, en el que se estrenó La blanca paloma, bajo la dirección y con el guion de tu hermano Claudio, en la que tú, en el papel de la enfermera, compartías reparto con primeras figuras como Juanita Reina, Antonio Huelves, José Portes, Dolores Bremón, Eloísa Mariscal, Narciso Ojeda, Rafael Ragel, Félix Fernández y José Andrés Vázquez.

Y volviste a ponerte aquellos zapatos negros de charol y de ilusión para la presentación de tu novela Memorias de una estrella, y el relato que titulaste En el umbral. También en el mismo año, cuando Carmen Conde presentó Poesía española femenina viviente, en la que te había incluido.  ¡Qué lástima perderme esos dos acontecimientos!

Eran días de sombra. Volvió a salir el sol, pero no fue hasta mil novecientos cuarenta y seis cuando conociste a Ramón Corroto, actor, con el que acabaste casándote, a pesar de vuestra diferencia de edad —veintitrés años menor que tú—, lo que no impidió que le sobrevivieras, debido a su temprano fallecimiento. Yo no estaba allí, pero conservo la carta en la que me lo contaste.

Lo que no me perdí fue aquel magnífico concierto con la orquesta Sinfónica de Madrid con tu Compañía de Comedias. Allí también estábamos todas y te fuimos a ver al Teatro María Guerrero, al de Cámara y a los otros. ¡No parabas y siempre con un traje nuevo! Casi diez años, hasta que publicas tu poemario Marzo incompleto. Año mil novecientos sesenta y ocho, año crucial.

Cinco después te encontramos despeinada y rota, sin ganas de ponerte los zapatos, aquel diez de enero  de mil novecientos setenta y tres a los pies de la cama en la que acababa de morir tu hermano Claudio. ¿Cómo no íbamos a estar allí? Después…  todos fueron regresando despacio a la tierra. A veces alguien deja todavía una rosa sobre sus tumbas.

Pero todos siguen dentro de mí, porque —como decía nuestro querido poeta, Antonio Machado— “lo más vivo es el recuerdo”.

Tal vez no tarde mucho en volver a escribirte. Mientras tanto recibe mi abrazo.

Tu Eliberia de siempre.

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