abril de 2026

LAS CARTAS DE ELIBERIA / Mercedes Gaibrois de Ballesteros (1891-1960)

Querida Merceditas: permíteme que empiece esta carta dirigiéndome a ti con el mismo apelativo cariñoso con el que te llamaba tu madre, doña Soledad Riaño y Ruiz, o como lo hacía también tu padre, don José Trinidad Gaibrois, que fue embajador de Colombia en París y encargado de negocios en Madrid.

Soy Eliberia de Santiago, historiadora como tú, aunque no con tanto prestigio ni renombre, y aunque eres tres años más joven que yo, creo que de ti podré aprender mucho; permíteme esta manifestación espontánea de egoísmo. No sé si me recuerdas: coincidimos en el Lyceum Club y en la Residencia de Señoritas. Creo que también coincidimos en la Institución Libre de Enseñanza, del profesor Giner de los Ríos, en el paseo del General Martínez Campos. Seguramente te ayude a recordarme los paseos que dábamos los sábados por la tarde con Concepción Blanco Mínguez, que también acabó siendo historiadora.

Ella me ha dicho que podría mandarte una carta a la calle de la Princesa, donde resides con tu marido, el también historiador don Antonio Ballesteros Beretta, desde que te casaste —aún sin cumplir tus diecinueve años— el 11 de junio de 1910. El acontecimiento no debió resultar interesante para las crónicas de la época, aunque la iglesia de San Fermín de los Navarros, en Madrid, creo que estaba llena, según se contaba entre algunos amigos colombianos de tu padre. Él, por desgracia, no pudo ir, pues había fallecido en 1899.

Después de leer tu obra Historia del reinado de Sancho IV de Castilla —que, por cierto, habías empezado a escribir en 1922 y no la acabaste hasta 1928: seis años— y por la que la Real Academia de la Historia te concedió el Premio Duque de Alba, me enamoré del personaje. Fue entonces cuando decidí que tenía que volver a encontrarme contigo. Me lo planteé como un objetivo a conseguir. Y soy obstinada. Te escribí y me invitaste a la ceremonia de tu ingreso como académica. Nunca te lo agradeceré suficiente.

El acto iba a tener lugar el 24 de febrero de 1935, y en tu carta me decías que estabas terminando tu discurso de ingreso sobre Un episodio de la vida de María de Molina. Recuerdo que unos días antes de tu lectura tuve ocasión de conocer de cerca ese discurso. Habíamos quedado para vernos y reconocernos en el Café del Henar, y tú llevabas el discurso escrito con tu letra, a pluma estilográfica y tinta azul, en tres gruesos cuadernos verdes numerados. En ellos solo iba un resumen.

En medio de un café con leche y «bartolillos» rellenos de crema pastelera, supe de tu interés por la reina, a la que abordabas como un modelo de mujer inteligente, cristiana y con un alto sentido del deber, que logró estabilizar el reino durante la minoría de edad de su hijo, Fernando IV, y posteriormente de su nieto, Alfonso XI, enfrentándose a numerosas crisis sucesorias y oposiciones nobiliarias. ¿Cómo no iba yo a estar maravillada ante ese trabajo, si era historiadora?

A ti empezaron a entrarte las prisas. Nos despedimos hasta el día de tu toma de posesión de la medalla. Aquella tarde memorable de sol y de historia, la calle del León, donde estaba la sede de la Academia, era un hervidero de sabiduría. Llegaste en un coche de caballos negros; el cochero se adelantó para ayudarte a bajar y dos académicos, tus padrinos, D. Ramón Menéndez Pidal y D. Elías Tormo, ataviados según mandaba el protocolo para el acto, salieron al umbral a recibirte. No sé si tú te emocionaste tanto como yo al escuchar el Veni, Sancte Spiritus, cantado en gregoriano a ocho voces, mientras avanzabas hacia la mesa presidencial en el salón de actos, en medio de tus dos padrinos. ¿Lo cantaban porque era una mujer la que ingresaba? Yo nunca había asistido a una ceremonia como aquella.

Tras los saludos a modo de obertura, a una señal del presidente, comenzaste a leer de forma sosegada. No querías abreviar y, de vez en cuando, mirabas los relojes y las caras. Era un relato lírico, ameno; tu voz pausada, los oídos atentos para que tus palabras quedaran adheridas a la memoria, mientras ibas descubriendo los secretos y valores de aquella mujer a la que llamaban doña María de Molina. No se oía ni una tos; nadie hacía ademán de levantarse de su silla. Solo tu voz y aquellos silencios musicales.

A intervalos largos, la luz parecía oscurecerse en las ventanas coincidiendo con algún episodio negro, pero no bajaba la tensión en las miradas, y volvía a subir cuando te acercabas a su hijo, Fernando IV, y a su nieto, Alfonso XI. En tus manos, la historia de España en el siglo XIII era una delicia. Te envidiaba, pero creo que también te envidiaba parte del auditorio.

Al final no pude ir a darte las gracias, porque un murmullo de trajes, vestidos y capas se levantó al unísono. Todo el auditorio estaba respetuosamente en pie, en silencio, admirando tu elocuencia. Cuando nos volvimos a sentar, tomó la palabra en nombre de la institución, para responderte, el profesor D. Elías Tormo Monzó. Su verbo era fluido, pausado y elocuente. Se notaba su experiencia. Era un político conservador, miembro de la Real Academia de San Fernando desde 1912 y de la de la Historia desde 1919; también había sido diputado en Cortes y ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes. Era toda una personalidad.

Los aplausos fueron largos antes de que se levantara don Ramón Menéndez Pidal, quien además de ser tu padrino de ingreso presidía la Academia, para imponerte la medalla y entregarte el diploma que te acreditaba como académica de número. En un gesto instintivo, inconsciente, la acariciaste. Eras la número 9, que quedó libre a la muerte de Manuel Serrano y Sanz. Volvieron los aplausos, que se fueron apagando con los primeros acordes del Agimus tibi gratias.

Sabía que, antes del golpe, vosotros tuvisteis que seguir a tu marido, que no simpatizaba con el régimen republicano, y habíais huido de Salamanca hacia Portugal con vuestros hijos, Mercedes y Antonio, por Vilar Formoso en septiembre, poco después del estallido de la contienda. Desde allí os fuisteis a Francia y finalmente a Salamanca, donde Antonio, tu marido, se integró colaborando con las nuevas instituciones culturales del régimen. Claro, tenías que ir con él, aunque sabía que en determinadas cuestiones no estabais de acuerdo. Lo habíamos hablado muchas veces. Me alegro de que nos hayamos visto en varias ocasiones durante mis frecuentes visitas a Salamanca.

A mí me interesaba el humanismo de Miguel de Unamuno; procuraba seguirlo en todas sus conferencias. Casi un año después, regresando en el tren a Salamanca para asistir a una conferencia que don Miguel de Unamuno iba a pronunciar en el paraninfo, pude ver, aunque de lejos, manchas de sangre por los caminos: camisas pardas y azules se disparaban. Se habían abierto los ojos del miedo mientras se iban cerrando todas las ventanas.

Por los alrededores de la Universidad, solo camisas azules y uniformes militares. Las señoras iban todas escoltadas, protegidas, aunque no sabía de quién ni contra quién. Como yo, muchos curiosos se habían dado cita allí, a aquella hora. Era el Día de la Raza. En distintos coches iban llegando las autoridades: el general José Millán-Astray, el obispo D. Enrique Plá y Deniel, el alcalde, el gobernador militar, el gobernador civil. Ya había comenzado el acto cuando entró la esposa de Franco en representación de este. Todos se levantaron. Tomó asiento entre el militar y el filósofo. Estábamos sentadas cerca de ellos.

Mientras leía su discurso el escritor José María Pemán, quien había sido nombrado el 5 de octubre presidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza de la Junta Técnica del Estado, el fundador de La Legión parecía mirarnos con odio a través del único ojo que le quedaba. Estaba nervioso, exaltado tal vez por la presencia de la esposa del que ya llamaban «Generalísimo», o por la impresionante figura del pensador. Pemán, con su discurso de exaltación al movimiento de los sublevados, provocó aplausos y vivas entre los uniformados; acto seguido, don Miguel, con la fuerza de la razón, hizo peligrar la razón de la fuerza y saltaron chispas en el auditorio. Aquel «Venceréis, pero no convenceréis porque para convencer…» acabó con la templanza de los presentes, que parecían querer lincharle.

El general, a pesar suyo, hizo un gesto a la esposa del caudillo para que cogiera del brazo al pensador y le sacara de la sala; pero finalmente no fue ella, sino tú, la que lo sacaste, pese a que ellos, a través de la prensa censurada, dijeran lo contrario porque sabían del poder de «la señora». Tampoco el obispo hizo nada por buscar la paz, mientras tú le acompañabas desde el paraninfo hasta el número 2 de la calle Bordadores, donde tenía su domicilio.

Yo sé que al decir esto me estoy jugando el exilio, pero lo vi y así lo escribo; como también sé que dijeron que querían protegerlo teniéndolo en «arresto domiciliario», pero en realidad le habían dejado en casa para que no molestara. Él te lo decía todas las tardes que habías ido a visitarle, a pesar de la oposición de tu marido, desde aquel 12 de octubre hasta que… el 31 de diciembre de ese mismo año… Sí, dijeron que había sido un fallo cardíaco, eso ya lo sé, pero tú también sabes que esa no fue la causa. Y en voz baja me lo contabas a mí, porque su estado era de resignada desolación, desesperación y soledad.

El 22 de octubre, dos meses antes de la muerte de don Miguel de Unamuno, fuiste a visitarle el mismo día en que Franco firmó el decreto de su destitución como rector, y te enseñó una carta que había estado escribiendo y que no le habían permitido mandar. Tenía fecha del 13 de diciembre; en ella dejaba constancia nuevamente de su famosa sentencia para referirse a los sublevados: «Vencerán, pero no convencerán; conquistarán, pero no convertirán». No recuerdo a quién iba dirigida aquella carta.

«¡Si hubiera estado aquí doña Concha!», me decías; y yo sabía que, de haber sobrevivido su mujer, al legionario le habría sacado el único ojo que le quedaba, pues menuda era doña Concha Lizárraga Ezenarro. Volvimos a vernos el día del entierro. ¡Menuda farsa! Pero teníamos que escribirlo, cada una de las dos a nuestra manera, porque seguramente los medios de comunicación, controlados por los militares, lo harían de una forma estrangulada con el fin de favorecer a los sublevados. Solo había que ver quiénes eran los censores de la Delegación del Estado para Prensa y Propaganda: Vicente Gay Forner, Luis Bolín y el propio Millán-Astray.

Yo tenía que tener mucho cuidado con ellos; de hecho, los historiadores objetivos éramos una pieza de caza de mucho valor. Tú, sin embargo, tenías detrás a tu marido. Aunque eras una autoridad, al menos académica por pertenecer a la Real Academia de la Historia, y muchos te conocían, nos escondimos como pudimos entre la multitud. Queríamos darle un último homenaje de silencio. No sabíamos si aquella multitud rugía de fervor, de rabia o de alegría.

Los seis jóvenes —Víctor de la Serna, Antonio de Obregón, Salvador Díaz-Berrio, José María Pemán, Jacinto Miquelarena y Miguel Fleta— de pie, en la nave central de la iglesia de la Purísima, en la plaza de las Agustinas, en pleno centro histórico de Salamanca y justo frente al palacio de Monterrey, en posición de firmes, vestían con un honor desmedido el uniforme falangista, esperando las órdenes del general para dar comienzo a la ceremonia. Los uniformes se habían multiplicado como la maleza en la selva. La ceremonia trascurrió en medio de una disciplina castrense, sin dejar lugar al pensamiento. Entre la multitud había también islas de silencio.

Volvimos despacio a casa. Por el camino me decías que había manchas en la historia que no perdonaba el tiempo. ¡Qué razón tenías, Mercedes! Ahora permíteme que me despida así, con cierta brusquedad, porque no quiero contar en esta carta lo que pasó después. Tal vez pronto tengamos ocasión de vernos otra vez y comentar tu maravillosa obra titulada Los testamentos inéditos de don Juan Manuel, infante de Castilla. Estaba expuesta en el escaparate de la librería Cervantes, en la Rúa, número 12. Cuando me despedí de ti no pude entrar a comprarlo. Aunque era viernes, estaba cerrada. Esperé hasta el lunes.

Ahora, mientras disfruto con el placer de leerlo, recibe un fuerte abrazo de tu amiga, la otra historiadora, y sigue escribiendo.

Eliberia

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