
Midas, el mítico rey de Frigia, es conocido sobre todo por su facultad de convertir en oro cuanto tocaba, poder bastante conflictivo que le había concedido el olímpico Dioniso.
Pero además de esta leyenda que todos recordamos, hay sobre él otra mucho menos recordada.
En cierta ocasión el dios Apolo y un pastor frigio llamado Marsias se retaron a un duelo musical. Cuando las musas, evidentemente partidistas, decidieron que era mejor la música de la lira de Apolo que la de la flauta de Pan que tocaba el pastor, Midas, un poco borracho pero sincero, se atrevió contradecir la decisión. Apolo, encolerizado le castigó haciendo que sus orejas crecieran hasta convertirse en las de un asno.
Midas, horrorizado con la maldición, escondía las orejas bajo un gorro. Sólo su barbero las veía cuando le cortaba los cabellos, pero no podía contar nada porque el rey le amenazó con la pena de muerte.
Cuando el indiscreto y charlatán peluquero no pudo soportar más el secreto, cavó un hoyo en la tierra, a la orilla del río Pactolus, y metiendo la cabeza dentro contó su secreto: “¡El rey Midas tiene orejas de burro!”. Luego cubrió el agujero y se marchó aliviado. Al poco tiempo, creció en aquel lugar un cañaveral que al ser agitado por el viento susurraba repetidamente: «El rey Midas tiene orejas de burro”. En pocos días todo el mundo lo supo.
El asunto terminó de manera trágica, ya que Midas mandó asesinar al peluquero y él mismo, avergonzado de su aspecto, se suicidó ingiriendo un brebaje llamado sangre de toro.
A raíz de todo esto y con el fin de sacar punta a las cosas, se me ocurre pensar que tal vez los poetas tienen algo de “peluquero de Midas”: Han vislumbrado a veces el misterio, entrevén el secreto, pero es tan difícil hablar de ello, tan comprometido, que resulta más sencillo volcarlo en el recóndito seno de un libro de poemas. No hay remedio, la palabra auténtica —y hasta las que no lo son—terminará por abrirse paso para quien quiera escucharla. O tal vez no, ¿quién sabe? Claro que me refiero a los poetas que escuchan el mundo, a los que permanecen atentos a su alrededor que es en el fondo de donde sale la poesía. Los que creen que sus poemas salen de su interior y nada tiene que ver con cuanto les rodea, esos no corren el riesgo de que les rebanen el pescuezo por cotillas, pero pueden terminar como las avestruces, con la cabeza metida en la tierra, igual que el cretino del peluquero, expuestos a que les devore cualquier alimaña metafórica.
Aunque por otro lado, cabe preguntarse si no será un engaño todo esto de la palabra auténtica y de que acabe abriéndose paso, habida cuenta de que en el fondo a los poetas no los lee casi nadie y sólo los que reúnen la doble condición de amigos y poetas —o amigos y aficionados más o menos—, hojean los poemarios. Ojalá me equivoque, pero me temo que he exagerado un poco y sigo haciéndolo. A fin de cuentas, en el caótico mundo de la información que vivimos y que está repleto de desinformación, no poseemos ya muchos secretos los poetas, si acaso algunos asuntos de los que se habla poco o que se dicen de otro modo. Pero nada especial que importe gran cosa a las gentes de hoy en día que ya tienen Internet y las inteligencias artificiales para que les cuenten las verdades aunque no lo sean.
Por mi parte, mis propias orejas de burro ya me las tengo ganadas por intentar mirar las cosas como son o como quisiera que fuesen y ponerlas en el papel a mi manera; sean las orejotas del rey, el hocico de cualquiera o mis propias narices. Ojalá nadie pretenda cortarme por ello la cabeza. De avestruz, desde luego, tengo muy poco.
Sólo se me ocurre que lo verdaderamente poético está mucho más allá de lo que a veces somos capaces de ver y, sobre todo, de lo que somos capaces de escribir.











