abril de 2026

PASABA POR AQUÍ / El triste destino del Foro

Detalle de la tumba de Urraca López de Haro, cuarta abadesa de la Abadía de Cañas (La Rioja). Talla de Ruy Martínez de Bureba (1272)

Los primitivos foros de las ciudades romanas —pongamos la mismísima Roma como inevitable paradigma— se situaban en un extremo de las mismas, junto a las empalizadas o los muros. De ahí viene precisamente su nombre que podríamos ver como fuera o, lo que es lo mismo, lejos del centro urbano.

Se utilizaban para hacer mercados, y era lógica su situación para que el trasiego de los mercaderes, la llegada de suministros y el gentío de compradores no estorbase la vida ordinaria del centro urbano.

Tenemos un ejemplo en Madrid con la conocida Plaza Mayor, que aunque ahora esté céntrica, se llamó Plaza del Arrabal, se destinaba sólo a mercado y estaba situada fuera de la villa, por la zona de la Puerta de Guadalajara. Curiosamente, esta Plaza Mayor de la Villa y Corte y el foro de Roma coinciden en un detalle: antes de ser foros, eran unas lagunas cenagosas y pestilentes que tuvieron que ser desecadas.

Cuando Roma era ya una pequeña monarquía y luego una república expansiva, empezaron a organizarse plazas en los mismísimos centros de las poblaciones, justo en el cruce de las dos arterias principales, el decumano máximo, vía que cruzaba de este a oeste las ciudades y el cardo máximo que las atravesaba de norte a sur. Entonces empezó a tener la palabra foro el sentido céntrico con el que ahora la identificamos.

Y ahí empezaron los problemas, que es a donde quería llegar, porque el foro dejó de ser mercado para ser núcleo donde se levantaban los templos de los dioses; la basílica, que era el lugar para impartir justicia; el senado o centro básico de gobierno; la curia donde se ejercían funciones administrativas; el tabulario o archivo de la urbe y el erario o tesoro. Es decir que lo que antes era lugar de compra, venta o trueque de ganado, alimentos, especias, tejidos y enseres para facilitar la vida, perdió su nombre, se quedó sólo en mercado, y aquel nuevo foro que ya estaba en el corazón urbano empezó a dedicarse a discursos, homilías, declamaciones y consignas de políticos, sacerdotes, abogados y recaudadores.

Nada fueron las pequeñas argucias con que los vendedores y mercachifles pudieran engañar a los concurrentes frente a las enormes mentiras, manipulaciones, falacias y discursos torticeros que los poderosos vertieron en los nuevos foros.

Una deriva triste, un traslado lamentable de lugar y de estilo, un desafortunado cambio de sentido para una palabra que emigró de las afueras al centro de las ciudades y se prostituyó cambiando a los vendedores de objetos y viandas por los vendedores de humo.

Las actuales plazas, herederas de aquellos foros, cumplen hoy funciones diversas en las que muchas veces los turistas se pasean al sol mientras los precios están por las nubes, y son memoria antigua y coloreada cuando se instalan mercados, voz popular cuando se llenan de manifestantes y lugar de encuentro en todas las ocasiones. Sólo cuando llegan las elecciones vuelven a tener el aspecto de los foros romanos y se alzan los tinglados sobre los que prebostes de todo pelaje intentan embaucar a los ciudadanos.

Si por fortuna se alza en la plaza un escenario y aparecen músicos, poetas, actores u otras gentes de esas de la farándula, la vida se alegra, al viejo foro le ataca la nostalgia, se acuerda de antiguos bardos, juglares y malabaristas y comprende que el arte y el entretenimiento son mucho más decentes que las politiquerías. Sonríe el foro entonces con alivio y nos hace sonreír a algunos.

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