abril de 2026

PRETÉRITO PERFECTO / ¡Cambio tebeos!

Había pocos chicos a los que, en aquellos tiempos en los que tan necesitados andábamos de fuertes emociones, no les gustaran los tebeos. En mi caso, como en el de otros muchos, los que más me atraían, con diferencia, eran los de aventuras; o sea, como los de El Capitán Trueno, El Jabato, Hazañas bélicas o El guerrero del antifaz, aunque los había, ya bastante más mozalbetes, claro estaba, que habían disfrutado antes de las intrépidas aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín, Coraza, Apache o El capitán España. ¡Casi nada! Ni que decir tiene que todos estos capitanes, jabatos y guerreros con antifaz eran nuestros auténticos «héroes nacionales», que, por descontado, preferíamos a los que venían de allende los Pirineos, tales como Superman, Batman, Spider-man o el mismísimo Capitán América, que no es que no nos gustasen, pero que ni mucho menos nos suscitaban el mismo interés aventurero y patriótico. Era lo que había, qué le íbamos a hacer.

A las chicas, por el contrario, les encantaban, sobre todo, las historietas sentimentales que tan de moda se pusieron a finales de los 50, o eso al menos me parecía a mí. Como Sissi, inspirada en la película del mismo nombre; Claro de luna, que convertía en historia la letra de una canción popular; o Florita, que narraba las peripecias de esa chica traviesa y curiosa que abordaba temas de “tanto calado” como la amistad, la familia o la escuela. Bueno, sin olvidarnos de otros tebeos “para chicas” de gran éxito, tales como los de Azucena, una colección de historietas basadas en cuentos populares; Mary “noticias; Esther y su mundo; Lily o Lilian. Azafata del aire.

Lo bueno era que, para poder disponer de esos tebeos favoritos y disfrutar leyéndolos, no era necesario tener que comprarlos todos. Había tiendas en las que, por 20 céntimos, o eso quiero recordar, podíamos cambiar los que ya habíamos leído por otros que todavía no habíamos tenido el placer de hacerlo. También estaban, por supuesto, los intercambios de tebeos entre chicos o chicas, como si fueran cromos, chapas o canicas. Todos estos trueques nos permitían, desde luego, poder tener casi cada día un tebeo nuevo con el que emocionarnos y vivir inolvidables momentos.

Mención aparte merecen aquellos incipientes emprendedores que, ya desde bien pequeños, daban buena muestra de sus aptitudes comerciales dedicándose ellos mismos a la compraventa de tebeos. Por ejemplo, en una simple cuerda, que colocaban en cualquier esquina o portal, colgaban los tebeos y esperaban a que se aproximaran los ávidos lectores de aventuras de todo tipo y condición. El negocio, por cierto, les salía redondo. Probablemente, algunos de aquellos precoces negociantes anden hoy enfrascados en empresas del Ibex 35 o al frente de alguna gran empresa de importación-exportación.

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Archivo Entreletras

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