junio de 2026

Victorina Durán Cebrián (1899-1993)

Querida amiga:

¿Sabes? Dentro de unos días va a tener lugar el estreno de Sinrazón, de Ignacio Sánchez Mejía, y me gustaría asistir al Teatro Calderón; es el sábado, 24 de marzo. Espero que mi carta te llegue antes.

Me ha dado tu dirección Matilde Calvo Rodero. ¿La conoces? Gracias a ella he podido dar contigo. Me sorprendió que compartieras el 2.º piso derecha de la calle de la Libertad, 15, con Rosa Chacel y Timoteo, su marido. A ellos yo ya los conocía.

Aquella casa era tu refugio desde hacía dos años cuando, a tus veintiséis, decidiste abandonar a tu familia para vivir y beber tu libertad. Era un espacio de cultura y de progreso. Me gustaría conocerte en persona, así que he decidido ir al estreno.

Si no podemos encontrarnos entonces, esperaré a que en tu agenda puedas hacerme un hueco. No te preocupes, tendré paciencia. Me mueve la curiosidad, y veo que la obra trata de la vida en un manicomio; fascinante, pero no sé cómo vas a esbozar la escenografía.

Matilde dice que la has planteado de una forma original, nueva. ¡Ay, la curiosidad! Consulté el programa de la obra; actuaba Margarita Xirgu, Alfonso Muñoz, pero tenía especial curiosidad por ver cómo bordaba el papel de «la loca» Josefa Moliner.

En realidad, la obra no era una comedia, era un drama tras el que se ocultaba una tormenta: el miedo. Un miedo parecido al que te daba tu padre, el coronel de carabineros don José Durán de la Jara, cuando se olvidaba de la música.

Sí, recuerdo que recibiste mi carta y aquella tarde, cuando te avisaron de que estaba en la puerta del teatro, saliste a mi encuentro, aún sin cambiarte de ropa, para acompañarme a un palco desde el que se veía todo el escenario a la perfección. Al día siguiente quedaríamos por la tarde en tu casa para tomarnos algo y comentar la función.

Momentos después, antes de apagarse las luces y en el palco, junto a mí, se sentó Matilde Calvo Rodero. Solo una sonrisa de saludo. No nos dio tiempo a hablar.

Al jueves siguiente, 29, entrada la tarde en Madrid hacía un frío de primavera temprana, pero habíais preparado un buen chocolate con churros.

Nos juntamos en tu casa Rosa, tú, Matilde y yo; te las arreglaste para que Timoteo, el marido de Rosa, se fuera a ver la nueva obra de Benjamín Palencia en el estudio que compartían en la calle de San Gregorio, 5.

Pasado un tiempo de desánimo, ahora el Grupo de los Ocho estaba preparando con la Sociedad de Artistas Ibéricos una exposición en la Galería Flechtheim de Berlín, y nos dejarían tranquilas. Acertaste, y nos olvidamos del reloj. Estarían todos: Alberto Sánchez, Juan Manuel Díaz Caneja, Pancho Lasso, Luis Castellanos, José Moreno Villa, Enrique Climent…

Mientras se enfriaba un poco el chocolate, me fijé en la estancia; era sobria, con techos altos y paredes forradas de libros. La decoración era sencilla, con muebles de madera oscura, recuerdos de su exilio en América y un ambiente de biblioteca viva.

Me interesaba tu infancia, tu familia… Hablabas mientras mojabas, con auténtico placer, los churros en el chocolate. Cómo me gustaba recordar aquella buhardilla; era un universo de revistas sicalípticas, novelas de lo que se llevó «la ola verde», que hacía que mi fantasía volara, y cómo tocar a las mujeres practicando con el personal del hogar. María fue la que completó mis conocimientos sobre toda cuestión, abriéndome al placer. Después de María vino Rosa; era verano, Rosa llevaba una blusa…

En mi casa el ambiente no se medía en pinceladas, sino en pasos de baile rígidos y disciplina militar. Para mí, crecer entre dos mundos tan opuestos fue, paradójicamente, mi primera gran jaula.

Pero me dolió más el rechazo de mi madre. Conocedora de los sacrificios y el juicio social que recaía sobre las mujeres que se exponían al público, prefirió para mí una vida de discreción y seguridad burguesa. Como lo de los bohemios no le gustaba a mi familia, decidí probar suerte como dibujante y me acerqué a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Allí, en el palacio de Goyeneche, me dijeron que no tenía la edad, que me faltaba un año, pero insistí. Les enseñé mis bocetos a muchos profesores, a Cecilio Plá y Gallardo, José Moreno Carbonero y Antonio Muñoz Degrain. Yo no sabía que ellos serían los miembros del tribunal que luego aceptaron mi ingreso tras una licencia especial por la edad.

En las tazas solo quedaba ya el aroma al chocolate cuando pasaron los faroleros encendiendo las últimas lámparas de aceite que quedaban. Nos despedimos, no sin antes pedirte que me contases al día siguiente la historia de Bernardo el cubano. Le recordabas con cariño.

Hacía fresco, pero yo llevaba mi abrigo de las fiestas, porque el encuentro contigo había sido una fiesta. Mientras caminaba, mi mente se movía vertiginosa en la oscuridad, desde el Teatro Real al cuartel de carabineros.

Al día siguiente, antes de salir de nuevo hacia la casa de Rosa Chacel, me dio tiempo a terminar unas notas sobre la exposición que habías comentado tú que iban a hacer los hombres en Alemania.

Hacía menos frío que la noche anterior, pero a mí el camino se me hizo más largo.

¿Quién era Bernardo? Me encontré con que en la mesa no había tazas, ni chocolate, ni churros, solo unos libros sobre el «abolicionismo». No pude dominar mi curiosidad de historiadora.

Eran ejemplares raros, casi únicos: La abolición de la esclavitud en las Antillas españolas, de Rafael María de Labra (1869); La cuestión de Cuba, de Julio Vizcarrondo (1863); Informes sobre las reformas políticas, sociales y económicas que deben introducirse en la isla de Cuba, de Cristóbal de Morales y de la Escalera, II conde de Casa-Morales (1867); La esclavitud en Cuba, de Antonio de Trueta y Valledor (1866). Parecías estar preparada para decirme lo que yo quería oír.

Bernardo era un hombre negro, dices, recordándole con afecto, de origen cubano, de gran lealtad y presencia imponente. Destacaba por su elegancia, vestía siempre de librea para escoltarme. Era un antiguo esclavo de la familia que, tras la abolición, decidió permanecer con nosotros pese al pleito.

Su figura era icónica, ya que me acompañaba a la Academia cargando con todas mis cosas de pintura, siempre impecable, con su sombrero de copa. Su presencia era tan llamativa que incluso inspiró obras de arte y era un personaje muy conocido en el ambiente bohemio.

Mientras tú hablabas, yo me preguntaba por el «pleito». No me había pasado inadvertida aquella palabra.

Según me contó mi madre, dices, Bernardo reunió 300 pesos para comprar su libertad. Era el precio que le había puesto mi padre. Todos sus ahorros. Pero cuando quiso cerrar el trato, mi padre le subió el precio diciendo que era un esclavo muy valioso, pues su inteligencia y fuerza de voluntad le habían convertido en un esclavo de precio inestimable.

Bernardo recurrió a la Justicia Colonial argumentando que, como cristiano, trabajador y cumplidor, tenía el derecho legal de manumitirse si contaba con el dinero.

Tras un largo proceso, la justicia falló a favor de la «coartación», permitiendo que Bernardo de Gracia se convirtiera en un hombre libre y dejara de ser propiedad de mi padre. Fue un símbolo de resistencia legal frente a la opresión. Un ejemplo para mí. Era un personaje apasionante, pensé.

Mientras tú seguías hablando, Rosa se levantó para volver con unos refrescos de agua de Seltz. Era una bebida típica; Rosa tenía una receta antigua con la que le daba un toque especial de grosella. Me fijé en la botella: era de vidrio grueso, protegido por una malla metálica azul. Estaba realmente bueno.

Y tú, Matilde, fuiste la culpable, sigues diciendo, ¿te acuerdas? Claro que tienes que acordarte, aunque ya hace años. Me convenciste para que presentase mi cuadro Fiesta en la aldea al Concurso de Arte Joven que había convocado el Círculo de Bellas Artes.

A mí, aunque ya tengo menos memoria y tengo que apuntarlo todo, no se me olvida aquel 15 de marzo de 1918. Vivíamos en la calle de la Salud, 11, cuando recibimos una llamada de teléfono. Mi padre, después de su ascenso a coronel, había mandado poner teléfono en casa; la cogió mi madre.

Llamaban del Círculo de Bellas Artes; era el escultor Mariano Benlliure, presidente del jurado. Preguntó por mí. El cuadro Fiesta en la aldea había sido galardonado con el primer premio. Yo salté de alegría.

Aún estaba estudiando en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. ¡Qué mala memoria tenéis! ¿No os acordáis de la inauguración de la exposición en el Círculo, el 15 de junio? No pudimos hacer ni una fiesta. Observo en ti una risa realmente maliciosa, pero no sé por dónde quiere salir tu pensamiento.

¿Os acordáis, dices, del lío que se organizó cuando nos cortamos el pelo? ¡Qué jóvenes éramos! Yo tenía… ¿24 años?

Aquel gesto representaba un signo de sublevación, de modernidad, de resistencia. Me acordé de Bernardo.

Acababa de regresar de unos días de vacaciones en Benicalap, donde había tenido un despertar sentimental y artístico. Matilde Calvo Rodero era periodista, pero además era preciosa. Creo que llegó a quererme.

La miras con una sonrisa pícara, como si no fuera de ella de la que estuvieras hablando.

Al volver a la casa familiar decidí adoptar el «estilo chico». Yo vivía en un domicilio bajo la tutela de una familia burguesa y tradicional, en el que hizo que el cambio de imagen fuera un escándalo doméstico. Mi padre, al verme entrar en el salón con el pelo corto, reaccionó con una indignación que yo recordaría toda mi vida, marcando el inicio de mi independencia personal.

Dejaron de hablarme durante un tiempo, luego fueron recuperando la voz y la palabra, pero a mí no me había crecido la melena.

Miguel Primo de Rivera había suspendido la Constitución y los partidos políticos. Muchas libertades se vieron cercenadas, pero nosotras, Concha Méndez, Maruja Mallo y yo, nos quitamos el sombrero y la melena. A los hombres, que nos querían someter, solo les faltaba eso. Me aguanto la risa.

El pelo corto era nuestro «uniforme de modernidad».

Me parece, dices, que me estoy poniendo pesada con mi historia; vosotras ya la conocéis, dices mirando a mis amigas, pero tú, Eliberia, que eres historiadora, creo que debes conocerla. Estábamos a punto de fundarlo. Ya le habíais puesto nombre: se llamaría Lyceum Club Femenino.

María de Maeztu lo tenía todo pensado. Había conocido otros espacios similares en el extranjero. Ignacio Bauer era el propietario de la casa de las Siete Chimeneas. Seguías hablando con naturalidad, mientras yo iba tomando notas sin dejar de mirarte.

Negó con él el precio del alquiler del piso bajo por 1250 pesetas al mes; para acondicionar el inmueble puso 20 000 pesetas más. Cada socia pagaría una cuota de ingreso de 25 pesetas y una cuota mensual de cinco pesetas. Era cuestión solo de esperar a que llegasen aspirantes a socias de tan prestigiosa organización. Y llegaron. Llegamos a ser en torno a 600 socias.

El apoyo de Bauer fue crucial: no solo era el propietario del inmueble, sino que se convirtió en el gran mecenas del proyecto. Su relación de amistad con María de Maeztu y su compromiso con la modernización intelectual permitieron que este club femenino tuviera una sede prestigiosa, a pesar de las críticas de la sociedad conservadora de la época.

Fue, sigues diciendo, Victoria Kent, una tarde en el café del Henar, en Alcalá, 40. Vosotras conocéis el café. Aquella tarde tomamos tortilla de escabeche y queso manchego con agua de Seltz. Ella, que ya era una abogada pionera, vio en mí a una escenógrafa talentosa y de espíritu libre.

Era el perfil perfecto. Me adaptaba a su idea del Lyceum. Yo pensé que esa era una plataforma de vanguardia donde podría desarrollar mis ideas sobre el arte teatral y donde las mujeres podríamos leer, debatir y crear sin la tutela masculina.

Ella apeló a mi ambición profesional, me explicó que el club no eran solo unas ideas sobre el «feminismo técnico»; en él encontraría un eco real. Entré por la primera puerta. Y para empezar, me pidieron mi opinión como catedrática de Indumentaria y Escenografía. Me empleé a fondo. Y les gustó.

Cuando le pedí a Gerardo Diego que inaugurase un curso sobre «literatura contemporánea», aceptó, pero quiso dejar claro que, aunque el público fuera femenino, su discurso sería igual de técnico y riguroso que en cualquier otro foro intelectual. Me sentí orgullosa de aquel logro. Si a la primera de las exposiciones de arte decorativo acudieron muchas mujeres, a la segunda, al año siguiente, en 1928, el éxito fue total.

La Muestra de batiks y cueros repujados, donde apliqué técnicas vanguardistas a soportes tradicionales, fue una sorpresa para todos.

En el Lyceum introduje mi visión profesional como catedrática de indumentaria, y varias veces invité a Federico García Lorca a los «tés-conciertos» y conferencias para que nos hablase de sus poemas y de los proyectos teatrales. Aunque era un hombre, fue muy bien aceptado entre las mujeres.

Me pidieron varias conferencias sobre «indumentaria histórica», y preparé un ciclo conectando el diseño de moda con la identidad cultural española.

Luego decidieron que debía ejercer como enlace entre el Lyceum y la Unión de Dibujantes Españoles. Habían creado con mucho éxito el Salón del Dibujo; esa era una de mis debilidades. En ella estaban nada menos que Ricardo Marín y Francisco Sancha, Román Bonet i Sintes, Nicanor Álvarez Díaz, José Robledano Torres. Los conocía a todos, los recordaba de la Real Academia de Bellas Artes. Para mí fue un honor encontrarme con todos ellos.

Yo, como historiadora, hubiese sentido el mismo orgullo que tú. Nunca pensé, dices a modo de comentario sin importancia, que Julián Besteiro, bueno, más bien su mujer, Lola, me fueran a invitar a participar en las Misiones Pedagógicas. Fue una experiencia increíble.

Pero llegó lo que no tenía que haber llegado nunca. Fue como una despedida, un retroceso, una caída en el vacío.

A mí, que amaba la música, me asustaban aquellas melodías que resquebrajaban las esquinas, aquellos llantos callados al amanecer que presagiaban más llantos.

Las despedidas siempre son dolorosas, aunque esta carta sea una excepción, porque espero seguir en contacto contigo.

Dale muchos recuerdos a Matilde Calvo Rodero y a Margarita Xirgu, que sé que están cerca de ti.

Para ti un fuerte abrazo, sabes que me tienes.

Eliberia de Santiago.

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