octubre 2020 - IV Año

TRIBUNA

Sol de domingo en los cien años de la Cuesta de Moyano

moyano 1La Feria de libros de la Cuesta de Moyano No sé por qué razón, la luminosidad de este día de la semana, ha sido siempre para quien esto suscribe, diferente al resto de ellos. Ni tampoco acierto a saber, el por qué se me transporta las imágenes al principio del siglo XX; quizá un domingo soleado como de los que aquí refiero, en el que Azorín y Baroja iban a buscar libros en alguna librería de viejo en el Rastro madrileño, en la que vendían toda clase de papeles, al revoltillo. O aquellas mañanas soleadas, a las que el cronista le añade gélidas temperaturas, nieve en las cumbres de la sierra y corrillos de personas, abrigadas con luengos abrigos, hurgando entre los cajones de libros, expuestos en la Cuesta de Moyano, como una mercadería puntual de Leyes, de Filosofía Aristotélica, o tratados de Medicina. Y, seguramente, si se insiste en la ,’búsqueda’, si nos fijamos bien, nos encontraremos con algún ‘Erudito a la violeta’; aquel personaje de la obra de José Cadalso, que a pesar de su formación superficial, y de no haber leído prácticamente nada, pretendía dársela de ilustrado.

En nuestros días, nos encontraríamos con este erudito de violeta, formado en la cultura de quioscos y, en Wikipedia. Aquel librito, llevaría por subtítulo, el sugerente: ‘Curso completo de todas las ciencias, dividido en siete lecciones, para los siete días de la semana. Compuesto por Don Joseph Vázquez, quien lo publica en obsequio, de los que pretenden saber mucho, estudiando poco. Y si hubiese que definirle, darle nombre a esta actitud del personaje, en nuestro siglo XXI, echaríamos mano de la RAE, nos encontraríamos con el ‘cultureta’: despectivo coloquial, persona pretendidamente culta. Los moyano 2Casetas de los libreros parámetros de su conducta, vendrían a ser: frecuentar el teatro, el cine en versión original, exposiciones, conciertos de música clásica, restaurante de diseño o leer libros extranjeros.

Superados a estos petimetres, a quienes los retrataría, de manera sutil y un punto jocoso-satírico, don Desiderio Cerdonio, en su libro, ‘El ropavejero literario en la las Ferias de Madrid’, de esta guisa: ‘, se entrometen en los corros que cercan los estantes de los libros , los trastornan y re-vuelven todos , los hojean de arriba abaxo, miran las láminas y el lugar de la edición, dicen con un grande arqueo de cejas que son de Amberes ó Antuerpia, preguntan por una edición de la Biblia Poliglota de Alcalá , mascullan entre dientes un poco de Griego , ú de Hebreo , cuyo sentido no comprehenden , hallan á Catulo y Tibulo, y entonan en estilo poético algunos versos de estos apreciables Poetas , chocan luego con Despreaux, y con un afectado y fastidioso gangueo recitan malamente alguna de sus sátiras.’

Seguimos nuestro paseo, ya por el siglo de existencia de este ‘oasis de la literatura madrileña’. Allá por el 1919, los libreros se instalarían en el Paseo del Prado. Haciéndolo, en 1924, en la ubicación actual, atendiendo a la queja (entorpecían el acceso), del director del Jardín Botánico. Ramón Gómez de la Serna, acuñaría la conocida expresión: ‘feria del boquerón’; libros; anchoas y libros se venderían a quince céntimos. Y ya, puestos a ejercer de ‘cultureta’,bajo este sol de domingo, démosle, nuevamente la voz a don Desiderio Cerdonio, quien nos pondría al cabo de la calle, nombrando este tipo de establecimientos: ‘Por esta razón los literatos escudriñan estas librerías de viejo (démoslas este título) y las vuelven y revuelven , hojean, miran y examinan los libros , apartan á un lado lo inútil, y dexan soto lo útil; de este modo se hacen con las obras raras y universalmente estimadas , y con las antiguas, y apreciables ediciones.’ Esto es cuanto nos ha dado de sí esta crónica de ‘ropavejeros literarios’.

 

 

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