septiembre 2020 - IV Año

TRIBUNA

Le llamábamos don Enrique

Por Enrique Moral Sandoval*.- | Abril 2018

tierno galvanEl amigo Antonio Chazarra, con la persuasión y la insistencia cordial con las que sabe hacerlo, me ha pedido varias veces unas líneas sobre nuestro recordado Alcalde para su revista digital ‘Entreletras’, y creo que no puedo permitirme el retrasar su encargo una vez más.

Son frecuentes las tensiones internas que se producen en el seno de los partidos cuando un candidato cabeza de lista intenta tener la mayor autonomía –con respecto a su organización- a la hora de incorporar en puestos de salida a los que van a constituir ‘su’ equipo.

Al filo de ello, he recordado que cuando a comienzos de 1979 la entonces recién denominada Federación Socialista Madrileña –hasta 1977 Agrupación Socialista Madrileña- fue conformando las listas de las primeras elecciones municipales democráticas, que tendrían lugar el 3 de abril, lo hizo solicitando en las asambleas de las distintas agrupaciones nombres de voluntarios para integrar las mismas. Se recordaba a todos que el cargo de concejal, por entonces, no estaba retribuido y que sólo se percibían dietas escasas por asistencia a pleno y comisiones. De mi agrupación tan sólo nos presentamos dos y ambos fuimos incluidos en la lista. Recuerdo que en la misma figuraron varios compañeros que procedían del PSP, pero no creo que la dirección del partido fuera muy generosa con las solicitudes de Tierno, si las hubo. Lo cierto es que muchos de los veteranos que figuramos en ella conocíamos de antiguo al ‘viejo profesor’, le teníamos un gran respeto y, he de confesar, que muy pronto, con el trato frecuente y amistoso nos ganó a todos por su buen hacer, su fina ironía y su cordialidad.

La verdad es que no pasaron muchos días para que pudiéramos comprobar algo que tan sólo nos constaba por referencias: teníamos al frente del Ayuntamiento a un profesor curtido en la lucha por la democracia y a un intelectual de una talla extraordinaria que será muy difícil igualar.

Enfundado en su eterno terno gris, con sus gruesas gafas y sus ya encanecidos cabellos, su figura se hizo muy pronto familiar para todos los madrileños. Su atuendo formaba parte inseparable de su personalidad y respondía a la sobriedad y elegancia que siempre fue característica de los hidalgos castellanos. En 1981 me regaló un ejemplar dedicado de sus memorias tituladas Cabos sueltos, recogidas al dictado por el profesor y buen amigo Secundino González. Al leerlo, comprobé con sorpresa que no había variado su porte desde 1942 al menos, pues ahí narra cómo estando en la estación de Metro de Antón Martín, se le acercó un necesitado pidiéndole ayuda, entonces, narra: «Llevé la mano al bolsillo del chaleco», entregándole el dinero que portaba.

Recuerdo que a los pocos meses de nuestra toma de posesión tuvo que someterse a una nueva intervención quirúrgica. Los médicos nos contaron que aunque no era la primera, no debíamos preocuparnos en exceso, pues los músculos oculares eran de los más resistentes del cuerpo humano.
Los plenos se celebraban en el regio salón de sesiones de la Casa de la Villa, estancia de reducidas dimensiones original del siglo XVII y decorada con unos magníficos frescos de Antonio Palomino. Comenzaban sobre las diez de la mañana y, en muchas ocasiones, nos daban allí las 5 de la tarde cuando los temas se enconaban. Como se comprenderá, 59 concejales, más altos cargos de la corporación, periodistas e invitados, muchos de los cuales fumando insistentemente, creaban, sobre todo en invierno que no se podían abrir las puertas de los balcones, una atmósfera irrespirable que casi se podía cortar en bloques de humo denso. Los fumadores eran entonces considerados socialmente los seres más normales del mundo y los no fumadores –como era mi caso- unos tipos raros y un tanto asociales. Es por eso que cuando, una vez reincorporado Tierno a sus funciones, solicité a los concejales que por cortesía tuvieran la bondad de utilizar el Patio de Cristales contiguo para satisfacer su práctica, desde las bancadas de la UCD estallaron en risas y aspavientos, llegando incluso a lanzarme pitillos en medio del jolgorio.

tiernogalvanComo concejal responsable de cultura, y atendiendo a los informes del arquitecto de patrimonio Joaquín Roldán, que me mostró imágenes concretas del deterioro que el humo y el polvo estaban ocasionando en los frescos de Palomino, insistí en mi ruego, logrando tras varios intentos que se dejara de fumar en aquél Salón y procediendo, semanas después, a la restauración de tan relevantes pinturas.

Era don Enrique un lector contumaz e infatigable y siempre me maravilló la extraordinaria amplitud que abarcaban los temas de su preferencia. Recordemos que en agosto de 1965 la dictadura del general Franco le había expulsado de la Universidad –junto a los profesores López Aranguren y García Calvo- por «incitar a la subversión». En 1966, cursando yo segundo curso de Ciencias Políticas en la Complutense, asistí a un seminario sobre filosofía política que impartía en su despacho de la calle Marqués de Cubas. Nuestro profesor de Teoría del Estado, Raúl Morodo, nos invitó a media docena de alumnos pero, desgraciadamente, ofrecieron a Tierno clases en una universidad americana y no pasamos de Heráclito. Este hecho, que él recordaba, así como nuestra labor docente en la misma disciplina junto al hecho de ser ambos bibliófilos confesos, creo que facilitó enormemente que nuestra relación fuera cada día más estrecha y fluida. Recuerdo que tras alguna de sus intervenciones quirúrgicas, Encarnita su mujer debía tratar de controlarle la lectura. El caso es que al igual que en ocasiones me encargó que pujara por él en alguna subasta de libros de la casa Durán, en otra me pidió, con extrema corrección, que me acercara un domingo por la mañana a su domicilio de la calle Ferraz llevándole discretamente determinado volumen. Una vez sentados solos en una salita, le entregué discretamente el libro, que rápidamente colocó en un hueco de la estantería más próxima. En una de esas visitas me mostró su biblioteca, en la que destacaba una magnífica edición del Liber chronicarum de 1493, del que estaba muy orgulloso.

Recibía catálogos de librerías desde los cuatro puntos cardinales, compraba libros con frecuencia e iba acumulando muchos de ellos en una mesa amplia, contigua a la de trabajo, que disponía en su despacho de la alcaldía. En alguna ocasión nos regaló algún libro de aquellos, tanto a mí –una edición del Fausto de Goethe- como a mi mujer -una edición valenciana de Prometeo, de El Papa y el mar, de Blasco Ibáñez-, impresos que conservamos con cariño. Con bastante frecuencia, algunos sábados por la mañana, visitaba la Librería de Bibliófilos, regentada por D. Luis Bardón en la Plaza de las Descalzas Reales, del que era buen cliente y amigo personal.

En varias ocasiones sobrevolamos, junto a otros miembros de la corporación, el Atlántico, bien para dirigirnos a Méjico DF o a Nueva York, ciudades en las que el Ayuntamiento madrileño programó diversas actividades culturales de importancia. En esas ocasiones, el ‘viejo profesor’ lo hacía provisto con un buen lote de novelas, que devoraba sin pestañear en las largas horas del trayecto. Le gustaban mucho las novelas policiacas, aunque también otros relatos novelados como Cabrera, de Jesús Fernández Santos, en la que su autor narraba el aciago destierro en esta isla inhóspita de las Baleares, de miles de los mejores soldados de Napoleón que habían sido hechos prisioneros en Bailén.

tierno2Otra de sus características que me fascinaba era su facilidad tanto para intervenir en público como para redactar todo tipo de bandos, artículos, prólogos, introducciones y escritos de mayor o menor dimensión sobre los temas más diversos. Creo que es el único alcalde de Madrid que ha escrito de su mano todos los textos de carácter cultural y literario impresos por el Ayuntamiento que figuraba con su firma. Yo fui testigo forzoso, puesto que en múltiples ocasiones le solicité prólogos y presentaciones para los catálogos de las exposiciones que organizábamos en el Centro Cultural Conde Duque, en el Museo Municipal y en el Centro Cultural de la Villa (Colón), de cómo, una vez visto el contenido del libro, redactaba directamente a mano con su pluma y de un tirón el texto correspondiente. También lo hizo con los Bandos, transformando las formales e indigestas exhortaciones tradicionales de los Alcaldes, en amenísimas e ingeniosas producciones literarias que, por primera vez en la historia, eran leídas, comentadas y coleccionadas por los madrileños como nunca volvió a suceder. También redactaba de seguido y con el mayor interés, el editorial del Alcalde con el que –bajo el título «Es menester…»- se abría el semanario Villa de Madrid, vocero de la actividad municipal desde 1981. Y todo ello por puro placer intelectual, puesto que en gran parte lo podría haber descargado en su entrañable colaborador y cultísimo amigo Vicente Cervera, una de las pocas personas que le tuteaban en la Casa de la Villa.

Pero Tierno Galván era mucho más de lo que he recogido en estas anécdotas personales. Fue un Alcalde abnegado que prestó una dedicación absoluta al consistorio en sus cerca de siete años de ejercicio. Confiaba enormemente en su equipo y nos daba una autonomía tan amplia como su confianza, pero estaba al corriente de todo, estudiaba los temas más áridos y siempre nos dejaba su impronta oportuna en sus indicaciones.
Para muchos escritores actuales en los años 80 ‘Madrid era una fiesta’, pero los que estuvimos entonces al frente de la municipalidad no olvidaremos los años de plomo con los que semana sí semana no nos ‘obsequiaba’ el terrorismo etarra. Eran frecuentes accidentes graves y atentados con explosivos a altas horas de la madrugada. Entre diciembre de 1982 y mayo de 1983 el Alcalde había sumado a mis responsabilidades como concejal de cultura, educación y deportes, las de seguridad, bomberos y protección civil que había dejado Pepe Barrionuevo al integrarse en el primer gobierno de Felipe González. En función de mi cargo, era avisado de inmediato por la Policía Municipal ante cualquier emergencia, presentándome de inmediato en el lugar de los hechos. Pues bien, puedo confirmar que cuando transcurridos pocos minutos del percance accedía al mismo, Tierno ya se había adelantado y tomado las medidas oportunas, realojando a los vecinos afectados si era preciso y cuidando de los menores detalles. Ese era también nuestro Alcalde: un personaje irrepetible que supo cambiar la faz de Madrid con inteligencia, imaginación y sabiduría.

* Enrique Moral Sandoval es Profesor Titular de Ciencia Política. Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Universidad Complutense de Madrid
 
 

 

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