septiembre 2020 - IV Año

TRIBUNA

Oneto, el guardián de las confidencias.

El periodista Pepe Oneto falleció el pasado 7 de octubre

OnetoA diferencia de la mayor parte de las necrológicas aparecidas estos días con ocasión del fallecimiento de Pepe Oneto, nunca trabajé ni colaboré en sus medios, ni le conocí profesionalmente más que por su inconfundible imagen en televisiones y actos públicos, o a través de sus crónicas y artículos. De dos años a esta parte coincidí con otro Oneto, el de decenas de pre-estrenos de cine, premieres y proyecciones privadas de las más variadas películas. A Oneto le gustaba el cine, aunque no iba a con la actitud del cinéfilo, sino con la del ‘espectador cualificado’ con un lado de aguda apreciación. En uno de los últimos pases, a finales de julio, sobre la película ‘Dios mío, pero ¿qué hemos hecho ahora?’, que se estrena en diciembre, realizó al salir una atinada valoración: ‘Es una magnífica justificación sobre los valores que Francia representa en el mundo. Desgraciadamente no se podría hacer en España una película semejante’.

A través de esos encuentros pudimos hablar de muchas cosas, él siempre atento y sin perder detalle sobre el panorama de la larga crisis política española. Oneto era un testigo de primera fila, no perdía el ojo por lo que ocurría y tenía en sus manos muchas de las claves y los secretos de las camarillas y cenáculos donde se cuece lo público. Era una de sus pasiones desde hace cuarenta o cincuenta años. Se le podía considerar una de las personas mejor informadas del país, con una inaudita capacidad para guardar confidencias, ser depositario de secretos, servir de ‘pared de frontón’ a personajes públicos, gracias a un don: generaba la confianza suficiente con sus interlocutores para crear cercanía y confianza.

Era un periodista de los de otro tiempo, de la generación de la Transición, con capacidad de independencia en el ejercicio de la profesionalidad, separando lo que podía ser de relevancia pública de aquello que estaba más cerca de sus intereses personales, sin mezclarlos. Esto puede explicar que su agenda de periodista contara con los más variados nombres, contactos y personajes del mapa político. Que pudiera encontrarse con unos y con otros sin despertar sensaciones de odio o de desprecio. Porque era de esos periodistas que pese a tener ideas propias, nunca cruzan la línea, ni creen que en España dejará de amanecer si no escucha su prédica o sermón. Nunca quiso ser el protagonista del programa, de la entrevista o del reportaje, quitando voz al interlocutor; no era la estrella, aunque mediáticamente su presencia inconfundible adquiría cuerpo en los actos públicos, con su flequillo siempre rubio y sus chaquetas de los más variados colores, del rosa al salmón, del marrón al negro, siempre a la última, sin el esnobismo dandy del que se cree protagonista.

Oneto se había convertido en los últimos tiempos en una ‘rara avis’, en una rareza de otro milenio, en una excepción casi oculta. En una época de agitadores de las ondas y las letras, ‘periodistas’ que dan lecciones y se convierten en ‘gurús’ para partidos que se rigen por los altavoces mediáticos de vieja parroquia, cuya capacidad para insultar no tiene techo; en un momento de ‘información’ ideologizada, en la que se titula para las webs tomando partido: ‘Contundente lección de…contra…’, ‘Así destrozó…a…’. Cuando las ‘fake news’ pululan impunemente por ondas, papeles y redes, y desde gabinetes de partidos se lanzan provocaciones para generar reacciones indignadas con capacidad para ser ‘treding topic’ y mantener a unas siglas en el centro de la atención pública -aunque solo sea por la negación- el estilo elegante y profesional de informar y contar las cosas está en vía muerta.

Oneto pertenecía a esta última raza de periodistas, le apasionaba la política, y sabía más de lo que contaba, y con él se ha llevado secretos, que no llegó a contar porque no disponía de las fuentes para contrastar la noticia.

El año pasado hicimos algún comentario sobre mi libro ‘Los años rebeldes’, en torno al final de los 60: él consideraba que sigue habiendo un gran desconocimiento sobre esa época del franquismo, especialmente por parte de las últimas generaciones, como secuela del ‘pacto de silencio’ que impuso una Transición que en muchos aspectos se cerró en falso, y tratando de evitar cualquier clase de revanchismo o de resurgimiento de los viejos fantasmas extendió una capa de olvidos. El pasado junio, tal y como habíamos convenido una noche a la salida de un cine, le envié por escrito varias preguntas para un próximo trabajo, en el que me interesaba por su paso por el FLP, el famoso ‘felipe’ o Frente de Liberación Popular, que funcionó de 1958 a 1969.

Alguien me había criticado en un medio con mucha dureza por decir en mi libro que ese grupo clandestino de oposición, tenía una vocación socialdemócrata y un componente cristiano ineludible. Por el contrario, el crítico sostenía que poseía un ‘carácter leninista y era partidario de la revolución por cualquier vía’. Lo que no quise replicar: me parecía extravagante que personas tan moderadas como Oneto, y muchos otros que luego tuvieron responsabilidades en partidos como el PSOE, PP, AP, UCD o PCE, se hubieran posicionado en el pasado con otros objetivos que no fueran las de un sistema parlamentario-constitucional con todas las profundizaciones, reformas y matices que fueran necesarios. Pepe dijo que contestaría en su tiempo de vacaciones a un tema que le parecía ‘muy interesante’. Lamentablemente, la pregunta queda sin respuesta.

Viajero con una gran curiosidad social –el año pasado me dijo que había estado en Vietnam y Estados Unidos- , estaba muy interesado por el mundo del audiovisual; era consejero de Telemadrid por el PP, y refrendaba con entusiasmo la línea de independencia y tratamiento profesional de la información de ese medio en su última etapa. Oneto había llegado al periodismo en una época muy difícil a través de ‘Madrid’ que intentó abrir una ventana liberal en el estrecho marco de la información de la época, hasta la ‘voladura’ no solo física de su edificio… Pasando por los espacios de información representativos de la Transición, de ‘Cambio 16’ a ‘Tiempo’, y más tarde Antena-3. Renunciando a ser, como otros compañeros de oficio, el protagonista de la noticia, el ‘inductor’ de la línea de un partido, el que hace y deshace en la estrategia de sus amigos afines de ideología, y aspira a configurar un gobierno según sus intereses. Entendía el ejercicio de la profesionalidad como un rechazo al insulto, a diferencia de otros que hoy parecen haber desayunado vinagre, comido ajo y cenado aceite de ricino. Era el guardián de secretos y confidencias que se han ido con él a la tumba.

 

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