septiembre 2020 - IV Año

TRIBUNA

Para un niño desconocido

Francisco López y su mujer Roser junto a sus sobrinos Xavi y Marina. Franciso y Xavi fallecieron en el atentado de Las Ramblas en Barcelona

No te conocía, niño, pero he visto tu cara y tu cuerpo en todas las portadas de prensa y las entradas de los informativos. Infinidad de veces, como si de una moviola se tratara. Te llevan en volandas gente que grita exigiendo venganza; que juran por algún dios que lo que han hecho contigo lo pagarán caro. Lo malo de todo esto, niño, es que los que morirán más tarde, no serán los responsables de lo que pasa. Serán más niños inocentes como tú y personas que no entienden por qué, después de tantos años, no es posible conseguir la paz: ese deseo tan anhelado por tantos, que no por todos.

No podría explicar por qué ha sido necesario que mueras. Tanto tú, como los cientos de infantes muertos en esta guerra infinita hace que debamos desconfiar de los gobiernos, de la política, de la diplomacia, de las religiones y, sobre todo, del ser humano y de sus objetivos. No hay que fiarse de nadie, niño, de nadie. El mundo es un banquete de lobos hambrientos. Es una cuestión de dinero, de propiedades, de puro materialismo. Solo eso. Y debo reconocer que me genera una honda tristeza manifestar esto.

Sé que aún usas chupete; he visto en las fotografías cómo cuelga de tu cuello muerto un chupete con una cadena de plástico azul -como el color del cielo en un día esplendoroso de luz-. En ese cielo -dicen- está tu dios y el de los otros. Coexisten allí sin problemas, en lo etéreo; pero, sus diferencias, las dirimen los hombres aquí, en tu tierra o en la mía, matando inocentes.

niño guerraSi hubieras podido llegar a una edad en la que comprender los libros sagrados de unos y de otros comprobarías que esto fue siempre así. Que no hay cielo sin infierno. Que son las dos caras de una misma moneda. A los dioses les agradan los sacrificios: los hombres lo hacían y lo hacen en su gloria, en su honor. Una verdadera bestialidad. Demasiados errores ya, demasiadas contradicciones siempre, para creer que no son objetivos claros y nítidos, de esos que se despliegan en las mesas de operaciones militares y se escogen para producir un efecto en la población civil que les obligue a replegarse, a rendirse, a recluirse en sí, a no pensar.

Pero los objetivos militares, tan inocentes en el papel ¿verdad? -porque el papel no está manchado de sangre: la sangre y el dolor quedan en los campos de batalla y en las calles y en las ramblas y en los corazones de cientos de miles de hombres y de mujeres vilmente agredidos física y psíquicamente- se convierten en dagas que cortan la vida de los que fenecen y los sentimientos de los que quedan. Pero a los estrategas de este averno las tales cosas les importan una higa. Vuestros asesinos tienen nombres y apellidos. Los dirigentes que propician tales injusticias también.

Si tuvieras más años te explicaría niño, que el negocio de la guerra está por encima de la ética, de cualquier ramalazo de moralidad. Los detentadores del poder económico propician los escenarios adecuados y a la ciudadanía nos corresponde poner los muertos. Aunque parezca aberrante, para ellos el fallecimiento de los otros es un juego en el tablero de ajedrez del mundo.

Sé que hay muchos ejemplos como el tuyo. Pero, a ti, te escribí un poema no hace mucho. Hoy me arrepiento de haberlo hecho: ‘Los dioses te mataron / y los hombres fueron su instrumento...’

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