febrero de 2026

PASABA POR AQUÍ / Odio los urinarios del futuro

Detalle de la tumba de Urraca López de Haro, cuarta abadesa de la Abadía de Cañas (La Rioja). Talla de Ruy Martínez de Bureba (1272)

Evolucionar personalmente es algo inevitable. Todo cambia a tal velocidad que es necesario estar continuamente aprendiendo.

Algunos profesionales, prácticamente todos, deben reciclarse sin descanso para no quedar atrasados y convertidos en simples elementos decorativos, con el título que quieran colgado en la pared sin más utilidad real que la de ocupar espacio.

Siempre han sido ejemplo de esfuerzo actualizador buena parte de los médicos, abogados, profesores: nuevas técnicas quirúrgicas, jurisprudencia, métodos pedagógicos que no paran de crecer con los nuevos tiempos.

A las gentes de a pie les ha llegado también el momento de reciclarse o quedar obsoletos en menos tiempo que se tarda en ponerse unos calcetines. O aprendemos a manejar el ordenador o somos arrastrados a lo más profundo del abismo prehistórico, o hablamos de multimedia con fluidez o terminaremos siendo pasto de encuesta telefónica en la que quedaremos como idiotas ignorantes.

Pero hay un terreno plagado de suspicacia y necesidad perentoria en el que por mucho que sea nuestro esfuerzo, siempre corremos el riesgo de quedarnos a verlas venir, indefensos, acongojados e impotentes; el de los urinarios públicos para caballeros. Sí, sobre todo el de aquellos urinarios imbuidos de su proyección de futuro. Y es que no se ha inventado aún la forma de ir por la vida sin que a uno le entren imperiosas ganas de orinar, extremo que nos llevaría a un futuro mucho más evolucionado y marchoso.

Los urinarios a los que me refiero son como los de siempre. Tienen alguna variedad en cuanto a su diseño, pero prácticamente iguales: un recipiente cóncavo adosado a la pared de los aseos públicos para hombres, con cierto aire de cornucopia higiénica, generalmente de loza blanca, aunque los hay de colores y hasta de acero inoxidable.

No radica mi odio por estos artefactos en su forma, color o material de fabricación, eso es indiferente; mi repulsa, tras haber pasado por etapas de sorpresa y congoja, la provoca la altura a la que están colocados. Me entenderán todos los que, como yo, son gente de poca estatura; se reirán los que, mejor alimentados en la niñez, crecieron más espigados; y algunas mujeres pensarán «que se fastidien, que siempre lo tienen más fácil».

Viñeta de Eugenio Rivera

Tal vez el criterio de los diseñadores, albañiles o artífices de la cosa mingitoria sea, mirando al futuro, considerar la altura cada vez más notable de nuestros jóvenes, pero teniendo los citados recipientes un vano aproximado de sesenta o setenta centímetros, es inexplicable que la parte inferior esté colocada tantas veces por encima de los 75 cm. lo que supone que se queda por debajo la entrepierna de aquellos que, por capricho de la naturaleza o por edad , no hemos alcanzado una altura que se acerque al metro y ochenta centímetros, mínimo para llegar al borde inferior del aparato en cuestión. Con el vano indicado, bien podrían colocarse esos urinarios a unos 50 cm. del suelo, con lo que la parte superior estaría a más de metro y medio, permitiendo que orinasen a placer desde los niños a los jugadores de baloncesto.

Podrá parecer baladí, pero es un ejemplo de lo mucho que nos complican la vida ciertas modernidades con más apariencia que fundamento. Cierto que hay asuntos mucho más importantes como el Boson de Higgs, el calentamiento global, la teoría de cuerdas, las aplicaciones del grafeno o cómo acabar con el hambre en el mundo, pero qué quieren, hay cosas de todos los días, como el mear, que también tienen su aquel.

Recuerdo con nostalgia los antiguos urinarios que llegaban hasta el suelo y en los que nunca hubo problemas, pero ya no están de moda, no son de diseño, y andamos todos los bajitos yendo a las cabinas de los inodoros para no hacer juegos malabares infructuosos ante los urinarios del futuro.

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