febrero de 2026

PASABA POR AQUÍ / Titivillus se está poniendo las botas

Detalle de la tumba de Urraca López de Haro, cuarta abadesa de la Abadía de Cañas (La Rioja). Talla de Ruy Martínez de Bureba (1272)

Aquel pequeño y pícaro demonio medieval que se encargaba, según unos, de provocar errores en los monjes que copiaban textos en los «scriptoria» de los monasterios y, según otros, de ir anotando los errores de cada escriba para tenerlos en su cuenta el Día del Juicio, se está poniendo las botas con Internet.

Unos le llaman Titivillus, otros Tutivillus, y otros de distintas maneras. Hasta más de veinte nombres le han puesto; y es que es un diablejo tan enredador que ni su nombre exacto nos ha dejado conocer.

No es ahora el cansancio de aquellos monjes que escribían sin parar, con mala luz a veces y con la urgencia que abades, nobles y eruditos les exigían, el que produce errores en los textos; es la absurda prisa moderna, la inmediatez irreflexiva, la simple ignorancia la que siembra de errores ortográficos las redes sociales y sus innumerables comentarios, los blogs, los rótulos de televisión y hasta los artículos en prensa de periodistas que conocen mal su oficio.

Todos cometemos errores, pero mientras algunos están dispuestos a corregirlos, a esforzarse para no insistir en ellos, otros parecen dispuestos a no ceder en su ignorancia y a defender a capa y espada su derecho a expresarse aunque sea dando patadas al diccionario y a la lógica.  Lo siento, pero la libertad de expresión no tiene por qué suponer torpeza o descuido, no consiste en decir lo que se quiere de cualquier manera sino con el sentido y las formas adecuadas que la expresión requiere.

Ese demonio Titivillus, con un saco de sentido común a la espalda y una carpeta de mala leche bajo el brazo, se pasea por las pantallas de los ordenadores tomando nota de los gazapos una y mil veces repetidos y relamiéndose de gusto al ver que ahora no son unos cuantos monjes los que se confunden sino millones de escribanos de toda edad y condición.

Va anotando ese diablejo los «sino» que son «si no» y viceversa; los «haber» que son «a ver»; los «porque»  que son «por qué», los «dijistes» que son «dijiste», los signos de interrogación y admiración que tantos se comen al principio de las frases —torpe influencia anglosajona—; los «¡ay!», «ahí» y «hay» colocados de mala manera; los acentos que no aparecen cuando deben y se insertan donde no convienen, las puntuaciones que aparecen o no, sin orden ni concierto, para desesperación de los lectores… También guarda en su faltriquera las ñoñerías supuestamente literarias, el lenguaje soez innecesario con pretensiones de modernidad, los poemas basura, los relatos mugre, los ensayos cochambre y las novelas detritus Todo lo va anotando para que conste en el día en que los dioses o quien sea juzguen a los escribanos y manden a la mitad de ellos al fuego del averno ortográfico y literario.

Por mi parte, y con el deseo de salvar almas en ese Armagedón de la escritura torpe, retiraré de mis lugares de Internet, de mis enredadas redes y mis archivos cuantos textos ajenos me lleguen con barrabasadas gramaticales, como retiro los que abundan en lugares comunes, ingenuidades pseudoliterarias, pretensiones artísticas sin pizca de gracia y otras torpezas de bulto.

Ruego, de paso, que se eliminen mis escritos cuando yo meta la pata o me pase de listo, que también lo haré más de lo que quisiera; «nadie es perfecto» que diría Billy Wilder al final de «Con faldas y a lo loco».

Lo malo es que esto ocurre también, no sólo en las pantallas, como ha quedado dicho, sino en periódicos, publicidades, libros y otras publicaciones, para vergüenza de cuantos escribimos y editamos, y ahí sí que es complicado de eliminar ¡maldita sea!

Propongo que nos pongamos a la tarea y evitaremos así dos extremos indeseables: Que la Real Academia de la cosa, cometa la torpeza de dar por buenos los errores, como si fuesen evolución idiomática, que no sería la primera vez; y, además, que el tal Titivillus, ese primo hermano de Satanás, caiga sobre nosotros con sus garras afiladas y tengamos luego que purgar tantos pecados de escribas torpes en las Calderas de Pedro Botero.

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Archivo Entreletras

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