enero de 2026

Remozados proteccionismos y reiterados engaños (y II)

Es evidente hasta para los mismos practicantes, que pululan incontables mentirosos gozosos en uno u otro grado del poder burocrático, muchos panderos, cómplices y justificadores de la existencia de sus caudillos y de la propia, los que reciben en su mayoría los sobrantes con los que se contentan “por ahora”, en espera de premios mayores, obviamente a cuenta de sus servicios de propaganda, agitación y desestabilización. Los hay cada vez más, como “necesarios” mientras aspiran a la instauración de una dictadura comandada por los más capaces entre sus caudillos para instaurarla y defenderla luego (en ambos casos con la intervención directa y subterránea de las dictaduras establecidas) en cuyo régimen esperarían poder colaborar e inclusive influir y/o beneficiarse… mostrándose obedientes, muchos para acabar en las mazmorras o sometidos a juicio como pasará en Moscú.

Es expresión de la peste que asola el mundo de manera creciente, en sustitución de las ratas que han pasado a simbolizarlos (pobres ratas en su simple animal instinto…). Ratas tan prolíficas y tan afectas a gozar de lo que encuentran más en abundancia que se parecerían más asolables a las masas bajo los cantos de “Josefina la cantora” y su temor a desairarlos, lo que supondría la caída sobre ellos de la “guillotina” circunstancialmente vigente; claro que de esta manera a conspirar la conmiseración por su debilidad e impotencia y sin sombra alguna del desprecio que los animalitos que a todos por lo general nos repugnan. En este sentido lo que cabría en realidad sería el reconocimiento de la “sabiduría” de las masas que muchos deseosos de imponer la suya llaman “ignorancia” cuando optan por a uno y otro lado con o sin serias dudas (crecientes y así productoras de indolencia). La “sabiduría” del instinto de supervivencia. En fin, las ratas de la vieja peste, hoy virus como el Covid, se lo ganaron sin quererlo, aunque también los jefes depredadores de la humanidad también obedecen a sus particulares instintos ambiciosos, sin duda en última instancia ciegos y feroces hasta la demencia. Y esos humanos a la vez se han ganado ser considerados “ratas”.

Así las cosas, bien cabe la parábola simbólica con la que el decepcionado y de ese modo lúcido pensador y escritor Camus cerraba su “La peste”:

Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.

Muchos por el contrario confían que en estos tiempos en los que la fe tiene por objeto mayor a la Ciencia, llegará una y otra y otra vez el final absoluto de la peste, idílico pensamiento que no deja de frustrar y defraudar a la vista de su realista y reiterado despertar… aunque las esperanzas “nunca mueren”.

Esto es también evidente: las esperanzas, de por sí idílicas e inclusive ingenuas, siempre serán inevitables pero también engañosas llevando antes o después a los umbrales de la frustración al tiempo que, entretanto, coadyuvan a la propaga de los mentirosos. Cierto es también que la simpleza en el pesimismo da alimento a la propaganda opuesta, tanto la aparentemente rebelde como la del pacifismo o la prosperidad más o menos igualitaria, todas decididamente mentirosas y ni siquiera implantadas en el primer mundo, y mucho menos en el segundo, el tercero y el cuarto.

Hoy esas banderas engañosas se las reparten los grupos burocráticos, sus alianzas circunstanciales y los caudillos apoltronados o potenciales. Todos sostienen “la defensa de la gente” con el fin de tomar el control de un pueblo, un país o un territorio, embozando motivos muy poco “humanitarios”. Pero, reitero mi convicción de que los pueblos siempre permanecerán indefensos e impotentes, teniendo que escoger entre las sumisiones más favorables de las más factibles contra las más sanguinarias, lo cual también es no solo inevitable sino también comprensible y aceptable, ambas cosas desde un punto de vista “antropológico”. Este enfoque permite a mi criterio dejar al desnudo los aspectos más soterrados de la realidad y sus tendencias, distanciándose del uso de engañoso de las referencias instituidas, en definitiva dogmáticas y las consignas que se asumen como artículos de fe reinventados y promovidos por unos u otros burócratas, políticos e ideológicos, que optan por la fuerza y/o el terror en cuanto naufragan sus mentiras; en el fondo todos soldados de las mismas lealtades, a fin de cuentas para con “sus sueños y/o ambiciones personales” que los llevan mezquinamente a la Nada.

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