enero de 2026

EL ECO Y SU SOMBRA / 5 apuntes sobre la memoria

Fotografía de Marina Sogo

1

Hay bonitas melodías que cuentan cosas terribles. Lo leí en una entrevista a Tom Waits, pero lo podía haber dicho Gloria Fuertes o Torrebruno. Lo de menos es el formato. Lo que importa es el interior, la constatación de que algo duele y se gusta causando un dolor posterior. El pasado es en donde suceden las cosas. Uno piensa en todo lo dulce y en todo lo hermoso que le ha ocurrido, pero no está a salvo de que la memoria lo haya contaminado todo y lo dulce y lo hermoso exhiban un roto, un agujero por donde se ve el interior terrible. Lo de que la patria está en la infancia, que propaló Rilke, no es cierto del todo. Vivimos en la memoria, en la ocupación que los recuerdos hacen de la realidad. Da igual que pongamos trabas, obstáculos, trincheras: lo vivido irrumpe.

2

Recuerdo amigos a los que ya no veo con los que sería incapaz de mantener ahora una conversación o apurar una tarde de domingo en una terraza. Sin embargo, gente a la que acabo de conocer me han colmado como si fuesen amigos antiguos. Es la memoria la que sublima o hace irrelevante un acontecimiento vivido, un episodio en la historia de la vida, un fragmento que no acaba nunca de ser nuestro del todo. Memoria y emoción juntamente. Frágil y ajena, la vida nos permite muy pocas voluntades. Nos da el dominio justo, nos permite ciertas extravagancias, nos hace creer que tenemos alguna propiedad sobre ella, pero al final acaba imponiendo su criterio. No sabemos qué criterio es ese. El del azar, imagino. Estamos a su capricho. La melodía es el azar, él es el que la tararea. A pesar de todo, incluso aceptando la fragilidad con la que sentimos el suelo del día que pisamos, la vida es bella. Lo dijo un cómico de cara de cómic al que le dieron hasta un Óscar. La suya, la de su película, era una melodía hermosa, en el fondo, pero era tan terrible el cuento de adentro. Vuelvo a Tom Waits: «La melodía es como el humo, y el ritmo son las toses»

3

Una mujer (no se me va de la cabeza el infanticidio que nos devastó hace unos años, la historia tristísima del niño Gabriel Cruz) lleva un niño muerto en el maletero de sus coche. Luego lo deja en un pozo. No hay manera de embellecerla o de contarla de modo del que se pueda extraer algo hermoso. Un amigo me refirió que no hay nada nuevo en toda esa historia que nos contaron, la del niño pececito, tan dramática. Que ha pasado muchas veces, que lamentablemente volverá a pasar. De historias como esa se abastece la literatura, me dijo por teléfono, sin pretender herir o frivolizar la tragedia que ambos comprendíamos, pero la ficción no le incumbe a la realidad. Con ella podemos alargar las tramas, crear las tragedias, usar el material narrativo disponible para explicar la bondad o la maldad del mundo y esmerarse en la restitución fiable de esa crónica. Con la ficción es posible la realidad. Una se abastece de la otra. Lo hacen sin que se aprecie. En ocasiones hasta crean la confusión de que son la misma pieza. Vemos las penurias de los demás (las nuestras tienen otra consideración) y las marcamos como literatura. De ahí que podamos sobrevivir. Sería inasumible (y también insoportable) que esa minuciosa realidad calara adentro con la fiereza con la que suele, no podríamos hilvanar un día con otro, no habría manera de conciliar el sueño por las noches, no se dispondría de calma, ni de equilibrio. Se lamenta uno (hoy una vez más) del pobrecito Gabriel (a veces viene y se queda) y de todos los que no están en este mundo por el rigor de la barbarie de sus adultos. Luego descansa la cabeza de uno, se atempera, adquiere la normalidad precisa para trajinar el dictado de los días, la fiebre oscura de las noches. Sí, eso es cierto, pero cuánt0 duele. Y la memoria, que se emperra en lo gris, que se esmera en servir las penurias, continúa su oficio de tinieblas y de luz. La melodía de la muerte es humo; el ritmo, toses. Al niño pececito se le pueden añadir las mujeres que matan sus maridos o los que se mueren en el mar en el anhelo de pisar la tierra. Dejo este hilo fúnebre, aunque nunca se deja cuando se le ha visto de cerca.

4

Me sigo preguntando sobre el porqué de que unos recuerdos surjan y otros, por una voluntad absurda, no. Esta mañana me puse a pensar en mi abuela Luisa. Suele hacerlo con alguna frecuencia. Tenía la voz dulce, era templada, a veces parecía estar en un ensimismamiento lúcido. Cuando parecía no estar en este mundo, ida en sus cosas, volada sin ejercer vuelo, decía algo que invalidaba esa apreciación absolutamente. Hay una foto en la que nos da el sol a los dos. Tenemos una ventana cerca. Yo tendría esa edad en la que no se tiene idea de casi nada y ni siquiera tenemos afán por querer saber algo más de lo que sabemos. De entonces a hoy, habrán pasado cincuenta años, más tal vez, he visto cosas que no creeríais y otras, qué puedo yo ahora registrar aquí que de verdad sea novedoso, que veis a diario.

5

La penuria es la hambruna del alma. Se la hiere con poco, de sensibles que somos, de expuestos, pero a veces basta incluso una desazón leve, un arrimo pequeño de fatalidad, y de ella andamos sobrados últimamente, entre unas cosas y otras, algunas con más fiereza. La conversación repetida suele ser la del recuento de penalidades propias y ajenas, una especie de inventario prolijo de adversidades que creemos menos cruenta si se tiene conciencia de ellas y se pronuncian, embutidas en el resto del texto, acopladas a él por ver si no desentonan en demasía. Las de hoy, algunas que se me han confiado, no rebasan la tragedia de otras que se han escuchado antes, pero tienen su cuota de dramatismo. Nos acostumbramos al dolor con pasmosa facilidad: lo hacemos familiar, parece extensión doméstica de nuestra existencia. No nos atrevemos a desoír ese relato pormenorizado, hacemos cuanto podemos por exhibir la solidaridad requerida, podemos llegar a la conclusión de que no sería de extrañar que ese relato sea también nuestro. Es un argumento repetido. Hay días en que uno cree que cuadran admirablemente en el anterior: no difieren entre ellos, leves interferencias que los hacen distintos, pero podrían ensamblarse en uno, hacer que ambos adquieran la propiedad u la consistencia de la unidad, aunque sean dos o tres o cien. No hay dos iguales y todos los días igual, cantaba Leño en su “Calendario”, una pieza del antológico “Más madera”. Qué tiempos. Todo sigue ardiendo, aún así. Arde la memoria, su candor y su cáncer. Mientras haya luz, habrá futuro, decía un cantautor, no recuerdo cuál: en aquella época los había por decenas y ha perdido uno el ajuste en la memoria y me parecen a veces todos asombrosamente el mismo. Hoy, no sé por qué, hay menos cantautores. Es verdad. No hay tantos como antes. Tiene que haber una razón. Hay una para cada cosa, pero no tengo ni idea sobre cuál me ha hecho escribir este texto. Se escribe sin porqué, se lee por la misma razón. Tengo de mí la idea de que no acabo de saber qué me hace ser quien soy, ni el fundamento que legisla las cosas de las que me acuerdo. Hay una voluntad firme, no obstante: la de no perder algunas, la de conseguir que perduren y no se arruine la luz con la que voy palpando las sombras.

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Escrito por

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