Querida África:
Hace tiempo que frecuentaba la Asociación de Mujeres Antifascistas por razones que no te voy a explicar; sí, aquella que fundó en 1933 Dolores Ibárruri, y fue allí donde me fijé en ti. Eras aquella mujer resuelta, intrépida, rebelde, tal vez temeraria, de las que pocas sabían tu nombre. Fue Rumalia Muñoz la que despertó en mí la curiosidad —no sé si la recuerdas—, y esa es la virtud ante la cual siempre caigo rendida.
Por eso he decidido escribirte y contarte en esta carta lo poco que sé de ti, con la esperanza de un encuentro entre las dos para que corrijas los errores que pueda cometer.
En el palacio de los duques de Pastrana estaba ubicado el Colegio del Sagrado Corazón de Chamartín. A ti eso de que fuera uno de los centros más exclusivos en aquella época te daba igual, pero lo que te importaba era que estaba dirigido por las monjas francesas. No tenía nada que ver con tu casa, en el número 83 de la calle de la Soberanía Nacional de Ceuta, pero sé que te gustaba pasear por sus jardines; allí, entre los setos, te escondías, casi siempre sola, para liberarte de tanta rigidez.
En aquella soledad, a veces te acompañaba tu hermana Virtudes, que, como tú, padecía el dolor de la clausura, aunque a ella le esperase otro destino. Te parecía un régimen de internado austero y vigilado para aislaros de las corrientes liberales. Se repetían la religión, las buenas costumbres, el protocolo, el francés… Alguna de tus compañeras —porque amigas de verdad no fueron—, como María Victoria de Oriol o Conchita Montenegro, no estaban seguras de que fueras a aguantar hasta los diecisiete años, en los que terminabas allí tu formación. Te fuiste a los catorce.
Mientras Carmen Primo de Rivera y María Victoria de Oriol asimilaban los conocimientos que les iban a permitir adaptarse a su posición en la alta sociedad, tú absorbías otra serie de comportamientos, observaciones de una clase social a la que no pertenecías y detalles cotidianos que te llevarían por otros caminos.
Por tu hermana Virtudes, con la que por cierto he hecho una buena amistad, sé que, a tu regreso a Melilla, te encontraste con un ambiente mucho más rígido que en el colegio; de hecho, tu familia te tenía preparada una «boda de conveniencia», claro que para ellos nada menos que con un legionario. Dime si me equivoco, pero creo que era Francisco Javier Arbat Gil, teniente de la Legión. Creo que la boda se celebró el 8 de agosto de 1928, en la iglesia del Sagrario de Ceuta.
Volvió a ser tu hermana la que me informó de que tu marido había resultado herido. Desde entonces, a pesar de que vuestra relación no fuera la que tú esperabas y que, de hecho, ya vivíais separados, el Hospital Militar de Ceuta había sido tu casa hasta su último día, el 17 de noviembre de 1929. Eras una mujer de honor.
Y es ahora cuando empiezo a percibir a tu lado una sensación rara, porque la sombra de las cosas no coincide con el objeto que las provoca. Por eso decidí seguirte, pero yo no tenía las mismas dotes de espía que tú empezabas a mostrar. Me gustaría preguntarle a tu hermana, pero creo que perdisteis el contacto hace mucho tiempo, por lo que cualquier información que ella pudiera darme estaría impregnada de misterio, de oscuridad y de desconocimiento; me serviría de poco.
Con el trasiego que había en el Juzgado Municipal del Distrito de Hospital, en la calle de San Cosme, número 1, me fue fácil pasar desapercibida aquel viernes 16 de febrero de 1934. Mientras por el cielo volaba el «Autogiro» de Juan de la Cierva para aterrizar verticalmente en el paseo de Coches del Retiro, allí, en ese juzgado, había una boda: se casaba un trabajador de banca, militante de la UGT, llamado Luis Pérez García-Lago. Aunque para él era motivo de fiesta, no había tiempo para eso ni estaban las cosas para celebraciones; en las inmediaciones de la estación de Atocha se veían los adoquines levantados y restos de hogueras. En los pasillos del juzgado se decía que habían cerrado la Casa del Pueblo, en el antiguo palacio del marqués de Béjar, en el número 2 de la calle del Piamonte, y que el Gobierno de Lerroux estaba acabado.
El traje de novia te quedaba perfecto. Estabas preciosa. Pero yo, que llevaba un sombrero de paja de copa plana y ala ancha, logré pasar inadvertida. Me fijé más en él. No te pegaba. Tú, una señorita de buena familia, educada en un colegio caro con las monjas francesas y en un entorno militar, y él era un obrero; se notaba a la legua. Me lo imaginaba al otro lado de las barricadas.
Al salir del juzgado me fui a ver si habían cerrado la Casa del Pueblo. Por el camino pude escuchar una conversación entre obreros revolucionarios. Decían que un dirigente se iba a casar ese mismo día en el juzgado. Al parecer tenía cierta entidad en el partido; decían que era uno de los elementos que se dedicaba a captar personas para la causa comunista. Cada vez entendía menos tu decisión.
Los seguí. Según aquellos jornaleros, Antonio vivía en el número 11 de la calle de San Bernardino. Ellos me enseñaron el camino hasta llegar a su casa. Ya en los alrededores aquello no era normal. Algo me llamaba la atención, pero no sabía qué. Demasiados obreros en un espacio perfectamente construido donde no había obras. Me asaltó una idea. Me volví a casa. Regresaría al día siguiente vestida de mendiga para observar mejor el ambiente.
Se me hizo corta la noche. Elegí un atuendo perfecto para mis fines; había visto demasiado teatro. Nadie se fijaría en una vieja como yo (pasaba de los cuarenta y cinco). Descubro que en su sótano se esconde la sede de las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas. Por las ventanas se escapa un intenso olor a humo de tabaco viejo. Abajo los cigarros escasean y se reparten; una bota de vino va pasando de mano en mano, los obreros la saludan y respetan. Los rostros enrojecen igual que las banderas. El sol calienta los ánimos. Luis Pérez García-Lago va transformando a tipógrafos y albañiles en soldados de la libertad. Los susurros sobre el avance fascista se combaten con disciplina militar y proclamas de resistencia.
Y tú, ¿qué vas a hacer allí?
Me vuelvo a casa con más preguntas que respuestas, pero acabo de tomar una decisión. Desde siempre me ha atraído el teatro, los carnavales, los disfraces. A la mañana siguiente, ataviada con los restos de una ropa antigua, me siento frente a la puerta de madera del número 11 de la calle de San Bernardino. El eco de las botas y el murmullo de la asamblea llenan los pasillos. Hombres y mujeres de rostro curtido debaten sobre la formación militar y la justicia.
Oigo tu voz. Tus órdenes suenan como disparos. No entiendo nada. Acabas de casarte hace menos de un día. También oigo las instrucciones de Antonio. En mi mente se enciende una luz. Tienes veinticinco años.
Tardaría en volver a pasar por delante de aquella puerta. En un fragmento de una carta que conservo de Rafael Fernández Álvarez, que por entonces lideraba las Juventudes Socialistas de Asturias, este me relata cómo llegaste a la capital asturiana:
«… En aquel camión de cabina azul y caja pequeña, donde las bestias y los hombres convivían durante la travesía, que duraba algo más de un día por las polvorientas y minadas carreteras de la llanura, ella, África, sin ningún tipo de pudor, viajó impregnada del aroma a pólvora y sudor con destino a una zona que consideraba parte de su piel mancada. Y aquí la recibimos como una gota de esperanza que se transformó en un reguero de fe, esa que a nosotros nos faltaba, y luego en un torrente de pasión…».
Yo sabía bien lo que significaba la palabra «mancada». Pero también tenía otra carta de Joan Sales, el escritor catalán, en la que me indicaba que:
«… Se fue a Asturias sin decirnos nada a bordo del Hispano-Suiza de su familia con el fin de no ser descubierta. Llevaba armas para los sublevados e instrucciones de ataque contra nuestras propias fuerzas…».
Quince días de fuego en los que no sabías a quién disparabas. Tu tío era general y conocías a algunos legionarios compañeros de tu marido muerto. El acuerdo de rendición, firmado entre Belarmino Tomás, en representación de los mineros, y el general Eduardo López Ochoa, lo consideraste una traición a la causa, y seguiste disparando después del dieciocho de octubre.
Aún reinaba la niebla sobre las montañas de Asturias y se oían los cantos de victoria de los legionarios cuando, envuelta en una capa de lana y un pañuelo de hombros, te cogiste del brazo del piloto Ignacio Hidalgo de Cisneros y López de Montenegro, y no le soltaste hasta llegar a París. El mismo Ignacio Hidalgo de Cisneros me lo contaba en otra carta:
«… Hicimos el viaje —contaba él— en mi propio coche, como una pareja de novios embobados; ella resultó llamarse María de la Sierra García Goyena. Era un nombre muy bonito. Pasamos varios controles sin novedad; yo vestía mi uniforme de piloto y llevaba salvoconductos de los dos bandos… Hubiéramos hecho una buena pareja, pero ese no era nuestro objetivo. (…) En París ya tenía prevenidos a mis contactos para ocultarla en pisos clandestinos, pero durante muy poco tiempo… Debía cambiar con mucha frecuencia de domicilio sin dejar rastro…».
Con Ignacio, desde que nos conocimos, he mantenido una buena amistad; de hecho, nos hemos seguido carteando cuando estaba en Moscú y después en Rumanía. A través de él, mi querida «María de la Sierra García Goyena» —¿no es ese el alias que tenías en París?—, he podido seguir tus pasos.
Sería muy largo de explicar las circunstancias que me han llevado a conocer a Alexander Orlov. Te diré solo que, a sus 39 años en París, tenía ya una gran experiencia en el contraespionaje y que, además, era extremadamente peligroso. Con conocimientos de leyes y de idiomas, hablaba con soltura polaco, inglés, alemán, ruso, francés y español. El capitán Hidalgo de Cisneros me había dicho que ibas a estar a sus órdenes. Algún día, si quieres, puedo dejarte ver sus cartas.
Por entonces había decidido ir a un apartamento en París, no demasiado lejos de la rue de la Grange-aux-Belles, en el Distrito 10. Iba a ser muy interesante un encuentro entre las dos. Bajo el cielo plomizo de un París incierto, tuve que aceptar el contacto en un café de penumbra densa. Mi formación como historiadora, que era la que yo pensaba que ellos conocían, era la máscara perfecta para infiltrarme en la red de espionaje soviético que operaba entre susurros y traiciones.
Yo no buscaba gloria política, sino el rastro gélido que había quedado de ti en mi recuerdo, de aquella mujer que había sido sensible, elegante, culta y delicada, y que ahora se me aparecía como la mujer de hierro que movía los hilos del terror estalinista. Cada mensaje cifrado que recibía era una soga al cuello, un pacto con sombras que me exigían lealtad absoluta. Durante un tiempo me deslicé por pasillos de embajadas clandestinas, sintiendo el peso de secretos que quemaban como el ácido. La intriga me envolvía como una niebla húmeda mientras me acercaba a tu círculo íntimo de matriarca revolucionaria. En ese tablero de espejos, un solo paso en falso significaría desaparecer en los archivos del olvido. Sabía que para acercarme a ti debía habitar tu misma oscuridad, arriesgando mi alma en el juego del engaño.
Después supe que, en realidad, nunca llegaste a tener contacto directo con Alexander Orlov. Tus enlaces —y yo lo sabía bien— eran Ernő Gerő y Caridad Mercader. El trabajo de costurera estaba muy cotizado, pero no demasiado bien pagado; sin embargo, tú solías visitar lujosos hoteles como el Hôtel Majestic, cerca de la Place de l’Étoile, y el Hôtel Lotti, en la rue de Castiglione. Aquella tarde del jueves recibí una carta tuya; era una invitación para encontrarnos en el Hôtel Majestic. Me comentabas en ella que también acudiría a la reunión una amiga tuya a la que llamaban «Grisas». Yo sabía que se trataba de Caridad del Río. Posiblemente estuviera investigando mi relación contigo.
Me gustaba sentir en la Avenue Kléber todo el lujo parisino, serena y señorial, con sus majestuosos edificios de balcones de hierro forjado y fachadas de piedra caliza. Aunque los techos de escayola y los mármoles permanecían, los grandes salones de baile se habían dividido con tabiques para crear despachos. El aire estaba cargado de humo de tabaco y el sonido predominante era el de las máquinas de escribir, no el de las orquestas de jazz que habían soñado una década antes.
Dentro, en semipenumbra, el aire pesaba más que el humo del tabaco; desde el vestíbulo noté esa sensación de frío, parálisis y vacío; era un perfecto cuadro en el que solo se veía el desasosiego. Abrí la puerta del Salón Luis XVI; el tintineo de las copas ocultaba el susurro de las dos mujeres. Tú tenías veintiséis años; ella, en torno a los cuarenta, juguetona y segura, sujetaba entre sus dedos un cigarrillo. Reconocí su aroma: era tabaco turco del mar Negro. Yo también, cuando quería darme un capricho, solía comprar cajetillas de la marca Samsun. Enseguida se disiparon todas sus dudas.
La realidad del presente y los proyectos de futuro se fueron tejiendo en nuestra charla. Caridad, que sabía de sobra de mi fidelidad, daba órdenes; tú asentías y yo anotaba todo en mi memoria para después pasarlo a los cuadernos de la historia. Por las ventanas veía cómo el cielo se iba tiñendo de un gris plomizo, mientras las aves huían en silencio absoluto y un viento gélido amenazaba arrastrando el olor metálico de la lluvia próxima. El horizonte se fue quebrando con un destello mudo que devoraba la luz.
Para salir debía disimular toda la preocupación que llevaba en el rostro. Sobre París caía el diluvio. Me refugié bajo un paraguas rojo. Paré un taxi; me gustaban los uniformes de los cocheros, con gorra y chaquetas de cuero. Habíamos recorrido unos cientos de metros cuando detuvo el coche; el conductor se volvió hacia mí y unos ojos como puñales se clavaron en los míos. Me quedé helada al reconocer a Nahum Eitingon, al que llamaban «General Kotov». No le hicieron falta las palabras. Entendí que el tiempo que durase mi silencio duraría mi vida.
Después, en pocos minutos llegué a casa escoltada por dos coches negros y, aunque la caligrafía salió como le permitieron mis nervios, me puse a escribir. Lo necesitaba, aunque si alguien descubría aquellas cuartillas se acabaría todo, tanto para ti, querida «Soy» —¿no era ese el nombre que utilizabas para tus transmisiones de radio?—, como para mí.
Se agotaba el calendario en la capital francesa. Las hojas de ese año se habían marchitado, como las de los plataneros que adornaban las amplias avenidas. Debo dejarte de momento; creo que, en una próxima ocasión, la carta que te escriba será más esclarecedora, aunque, teniendo en cuenta tus proyectos, no sabría ahora dónde mandarla.
Permíteme, pues, que en este momento deje de escribir para meditar sobre la experiencia que he tenido al conocerte y recibe de tu amiga un fuerte, sincero y silencioso abrazo.
Eliberia












