marzo de 2026

EL ECO Y SU SOMBRA / Esa ebriedad seca

Fotografía de Marina Sogo

I

Los indígenas americanos no pensaban en términos sanitarios: fumaban para procurarse placer y para conectarse con la divinidad. El tabaco se inhalaba, se masticaba, se inspiraba por la nariz y sus hojas servían en ancestrales ritos mágicos y religiosos. La magia es una especie de religión sin decodificar del todo.

Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez, en su “Historia general de las Indias”, hace referencia a cierta costumbre de los indios, reprobable y nociva, consistente en absorber una “cierta clase de humo para producir un estado de estupor”

El hábito de meterse humo en el cuerpo, previa introducción de hojas secas de palma o de maíz con tabaco, la introdujo Walter Raleigh en Inglaterra, que fue (por cierto) decapitado con una pipa que se fabricó en Virginia y que manoseó febrilmente hasta que la cabeza dijo adiós al tronco.

Rodrigo de Jerez, marino de la Santa María, puede ser el primer europeo que cayó en el vicio de fumar. No perdió la cabeza al modo en que lo hizo Raleigh, pero la iglesia lo encarceló por practicar algo pecaminoso. Cosa de brujas o de demonios. Los marineros de las naves del Descubrimiento paseaban las calles echando el nefando humo por boca y nariz diabólicamente.

La primera construcción industrial del mundo fue La Real Fábrica de Tabacos de Sevilla. Al finalizar el siglo XV el Estado funda la Institución del Estanco del Tabaco cuyo fin es la recaudación de impuestos por liar y fumar las hierbas americanas.

El pujante imperio inglés, a la muerte de la reina Isabel I, amasó su fama de rico, en gran parte, gracias al impuesto de dos peniques por libra de tabaco.

Mark Twain sostenía que era facilísimo dejar de fumar. Afirmaba que lo había hecho cien veces.

Molière, en su Don Juan, escrito en 1.665 hace decir a uno de sus personajes que nada es igual que el tabaco, pasión de la gente honesta; y quien vive sin tabaco, no es digno de vivir: no sólo alegra y purga los cerebros humanos, sino que instruye las almas en la virtud y se aprende con él a ser un hombre honesto.

Urbano VIII prohíbe el tabaco en el interior de los templos, excomulga a quienes lo hacen incluso afuera y hace que su guardia arreste a los infractores.

Cigarrillo, según George Bernard Shaw, era “un pequeño y delgado cilindro de papel relleno de tabaco, con fuego en un extremo y un idiota en el otro”. 

Oscar Wilde escribió que “el cigarrillo es el tipo perfecto de placer perfecto. Es exquisito, y nos deja insatisfecho. ¿Qué más se quiere?”.   

Una de las mejores frases sobre el efecto del tabaco la regaló un predicador jesuita llamado Jakob Balde: una ebriedad seca.

André Gide murió cerca de los noventa sin dejar de fumar ni de escribir. Consignó: “Escribir para mí es un acto complementario al placer de fumar”.

Thomas Mann sostiene en «La montaña mágica» que fumar es un placer sublime.

Ramón María de Valle-Inclán, que cabalgaba sobre su pipa de kif y extraía del humo rosado el encendido verbo y la gracia socrática del ritmo de su corazón avinagrado.

Jean Cocteau, obsesionado por el opio, comido de opio, convertido en un fumador convulso que prefería curarse de la inteligencia en vez de sanar en su vicio.

Antonio Machado, que solía llenar hasta el colmo los ceniceros de los bares en donde tomaba su café pequeño y escribía sus versos.

Mi amigo J. era ocurrente como pocos. Decía: «Matar fuma».

“Fumar en pipa predispone a juzgar con calma y objetividad los actos humanos”. Lo dijo Einstein. También que de los cientos de fotografías que le habían hecho, todas esas en la que identificamos su más que conocido rostro, prefería aquellas en la que exhibía su pipa y, a ser posible, una columna de humo emborronándole la cara. Vemos pipas en fotografías hechas a James Joyce, a Bertrand Russell, a Jean-Paul Sartre y a Ernest Hemingway, que recuerde ahora. Fumaban en pipa Bach, Kipling y Baudelaire.

El único cuento que Juan Carlos Onetti escribió sin fumar se llama “El pozo”. Lo escribió en una tarde, sin apenas retoques: lo hizo a modo de desahogo. En los años 30 se trasladó a Buenos Aires y estaba prohibida la venta de cigarrillos durante el fin de semana. El acopio de tabaco del viernes fue escaso y el hambre de humo alumbró el cuento. Durante años no concebí leer la prensa sin un paquete de tabaco cerca, dijo en una entrevista.

Josep Pla fumaba con ansia hasta que la prescripción médica le retiró del vicio. Un ataque al corazón es un buen aviso, sin duda. Dijo que no fumaba al escribir, pero sí antes y también después. Se concentraba mejor en la escritura si la nicotina ocupaba su cabeza. Como una especie de combustible creativo. Sostenía que el placer de escribir no fue el mismo cuando dejó de fumar.

Francisco Umbral no fumó en su vida. El tabaco, si se sobrepasaba la adolescencia sin su compañía, no se la buscaba más tarde. Le gustaba recordar al maestro César González-Ruano ponerse el pitillo en la boca y darle a la mecanográfica a primera hora de la mañana: eran cigarrillos egipcios que le liaban en exclusiva en el Casino de Madrid. De Bogart, ese fumador mitológico, decía que era, más que un hombre o un actor, un personaje. Su “tabaco cínico” le permitía hacer “pausas, silencios de donde nacían sus frases hoy universalizadas”.

Olvido García Valdés buscaba amistades fumadoras después de verse obligada a dejar el tabaco. Abriría la boca histriónicamente, podemos pensar. Pondrían los ojos en blanco. Se creería el engaño de que todavía fumaba.

“La ceniza es decadencia / del claro beso del fuego”. Los versos provienen de “El cigarro”, un poema de Stéphane Mallarmé. El humo nos hace mirar nuestra liviandad, ese estar sin promesa de que estemos para siempre, esa constancia de la fugacidad de la existencia.

“A veces un cigarro es solamente un cigarro”, escribió Freud, muy de puros regios.

Al “pobre futuro esqueleto” al que fijaba su atención Jules Laforgue le importaba escasamente la certeza de que la muerte lo rondaba. Se adentraba “en el paraíso, florido de claros ensueños”. Fumaba “finos cigarrillos ante la nariz de los dioses”. Lo hacía para matar el tiempo, mientras esperaba que la verdadera muerte acudiese.

Viñeta de Eugenio Rivera

II

A mi padre no le prohibieron fumar los doctos galenos. Cuando estaba peor, cerca ya su triste despedida, me pedía cigarrillos. Lo hacía sin palabras. Un ictus le había retirado la capacidad del habla. Ponía los ojos redondos cuando me veía. Sabía que traía un paquete de cigarrillos en el bolsillo. Se lo daba y lo encendía con protocolo infinito. Lo miraba antes, extasiado. Luego aspiraba el humo con singular elegancia. A veces, según el grado de necesidad, lo aspiraba con ciega ansia. No morirá por el humo, me aseguraron, y yo les creí. Lo hizo por vivir, pienso ahora. Cualquiera muere por haber vivido, Hoy me he acordado de él. Lo hago con frecuencia. He pensado en el barecito al que lo llevaba en su silla de ruedas (le cortaron una pierna, maldita diabetes) y el café que tardaba en beber un siglo. Le daba igual que se enfriara. Lo que de verdad agradecía era que hubiese café, que el vaso humeante estuviera ahí, como si ese café (y el cigarrillo que se encendía nada más ver al camarero traerlo) pudiera devolverle el tiempo en que andaba y hablaba. Perdió esas dos facultades primordiales, pero su cabeza regía con asombroso rigor. Y nunca olvidó el arrimo dulce del humo. Creo que jamás se impuso el propósito de dejar de fumar. En su época la gente no moría por el tabaco, aunque muriesen todos. Estaba bien visto, era elegante, no tenía la maledicencia de ahora. Al hijo tampoco le censuró que fumara, asunto que hacía hervir a mi madre, más rigurosa con la salud de su vástago. Una vez le escuché un argumento peregrino, no sostenible por ninguna elocuencia científica, pero irrebatible: “Santiago Carrillo murió a los noventa y pico sin dejar de fumar ni un solo día”. Yo mismo le he visto en televisión, a Don Santiago digo, sacar un cigarrillo de su cajetilla nada más haber apagado con vehemencia el anterior. Quien fuma sabe buscar con qué engañarse. Somos alegres suicidas los que nos damos a este vicio, habrá otros y también con alegre empeño se dispensarán. Uno de estos días soy yo el que deja de fumar. Lo han hecho amigos y me cuentan que bien, que no se explican cómo una cosa tan necia (tragar humo) podía engolosinarles tanto. Será por mi bien. Mi madre todavía me reprende cuando me ve con un cigarrillo entre los dedos. Y se engaña, la pobre: “No fumes, hijo. Tu padre no fumaba”.

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Escrito por

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