Ni las películas de terror, ni aquellas historias que nos contaban del «comemantecas» o del «hombre del saco», ni tan siquiera las amenazas que a veces nos proferían de que acabaríamos ardiendo en las calderas de Pedro Botero, si no nos comportábamos como Dios había mandado. Nada de todo aquello nos daba tanto miedo como sentir la intimidante presencia del ¡practicante! Sí, el practicante, aquel «criminal en serie» al que, de tarde en tarde, visitábamos en el correspondiente dispensario o, si la afección era más grave de la inicialmente diagnosticada, venía a casa solo, pertrechado de agujas y jeringas, pero dispuesto a asestar a sus pequeñas víctimas las más dolorosas y terribles estocadas.
El relato de los hechos era el siguiente: cuando los remedios caseros no surtían efecto y no había forma de que el maldito resfriado, por poner un ejemplo, remitiese, ni siquiera untando Vick VapoRub cada noche, algo que normalmente solía obrar el milagro, de inmediato se procedía a la visita o a la llamada al médico de cabecera habitual, quien ipso facto emitía orden de intervención urgente del practicante. Pero no de uno cualquiera, sino «del» practicante, el único capaz de maniobrar con extremada soltura aquella aguja de dimensiones extrasensoriales con la que procedía a clavar sin contemplaciones en el trasero de la víctima un bote entero de penicilina, cuyo contenido también parecía sobrepasar todos los límites conocidos y por conocer, habida cuenta de que la mortal punzada no parecía acabar nunca.
Por supuesto, todo ello siguiendo un protocolo minuciosamente pensado; o sea, el días de autos, nada más llegar al lugar de los hechos, abría con extremo cuidado su cartera, y de ella extraía un sospechoso estuche de metal, en cuyo interior iban a buen recaudo todos los artilugios necesarios para perpetrar el flagrante delito. Acto seguido, procedía a desinfectar, lenta y sigilosamente, la aguja «extragrande» a utilizar. Luego, terminado el proceso preliminar, insertaba dicha aguja en la jeringa y, mirando con una maliciosa sonrisa a su pequeña víctima condenada a tortura, golpeaba suavemente la jeringa para que de la aguja brotasen un par de gotas, fatal premonición del dramático suceso que se avecinaba.
Lo sucedido a continuación mejor será no relatarlo, para no dañar la sensibilidad de los lectores. Solo decir, eso sí, que los pequeños que habíamos sido presas de la «operación penicilina» estábamos semanas sin apenas poder sentarnos, con un moratón de órdago en la nalga afectada, y con pesadillas nocturnas en las que entre sombras siempre se aparecía el practicante, inyección en mano, dispuesto a clavarla con ensañamiento, nocturnidad y alevosía. No era de extrañar, por tanto, para ir ya concluyendo este siniestro y escalofriante relato, que se rumoreara de la existencia de algunos casos de niños extrañamente desaparecidos justo antes de la llegada a sus casas del practicante, y de cuyo rastro todavía hoy no se tienen noticias.











