mayo de 2024 - VIII Año

Román Alberca Lorente, ilustre neuropsiquiatra que intervino como experto en el famoso caso Jarabo

Román Alberca Lorente, un estudioso de las enfermedades del sistema nervioso, discípulo de Pío del Río Hortega, por tanto de la escuela de Ramón y Cajal, que termina centrándose en sus implicaciones médicas y legales.

Román Alberca nace en Alcázar de San Juan (Ciudad Real) el 30 de septiembre de 1903. Fue médico, neurohistólogo y neuropsiquiatra, famoso por su actuación como perito en el caso Jarabo.

Cursa los estudios de Medicina en la Universidad de Madrid, licenciándose con premio extraordinario en 1925. Se forma en Histopatología con Pío del Río Hortega y en Psiquiatría con José Sanchís Banús.

En 1925 obtiene una beca de la Junta de Ampliación de Estudios para trabajar en Histopatología de la esquizofrenia con Frederick Mott en Londres. En 1926 marcha a París para trabajar en el Instituto Pasteur bajo la dirección de Constantin Levaditi en Anatomía patológica de las encefalitis. Posteriormente, a pesar de las ofertas para continuar en París, o para trasladarse con Penfield en los Estados Unidos, decide regresar a España.

En 1927 lee su tesis doctoral, Estudio histopatológico de la encefalitis experimental, a la que se le concede el premio Rodríguez Abaytua al ser considerada la mejor de ese año. En 1928 gana la oposición a director de manicomio, escogiendo la plaza de Murcia. En 1950, obtiene la cátedra de Psiquiatría de Salamanca, y se traslada posteriormente a Valencia. En 1965 crea la Escuela de Formación en Psiquiatría de Valencia, que compagina con la dirección del Manicomio de Murcia.

El legado de Ramón Alberca

La obra de Alberca abarca estos cuatro campos: Histopatología del sistema nervioso, Neurología, Psiquiatría y otras publicaciones.

Busto del Dr. Alberca

Como histopatólogo y como neurólogo hizo aportaciones importantes a las encefalitis, entre las que destaca la monografía Neuroaxitis ectótropa (1943). La Escuela Histopatológica Española es muy importante desde la proyección alcanzada internacionalmente por Ramón y Cajal en sus estudios sobre la textura del sistema nervioso y su citología; pero, si bien la separación entre la investigación histológica y la clínica es grande, hay algunas excepciones como la de Rodríguez Lafora y la del propio Alberca.

Esta gesta fue fruto de una labor continuada de generaciones de científicos que conectaron con la ciencia experimental y positivista de la segunda mitad del siglo XIX y, que con la recuperación de la institucionalización de la ciencia en la Junta para la Ampliación de Estudios, le dieron a la ciencia española durante la II República su máximo esplendor.

Cuatro médicos colaboraron como discípulos de Ramón y Cajal o de Pío del Río Hortega: Luis Calandre Ibáñez en el campo de la histología del corazón e introductor de la Electrocardiografía en España; Román Alberca Lorente, estudioso de la Histopatología de las enfermedades del cerebro, y psiquiatra; Luis Valenciano Gayá, discípulo de Gonzalo Rodríguez Lafora, y de Pío del Río Hortega, dedicado enteramente a la psiquiatría; y, por último, Antonio Pedro Rodríguez Pérez, discípulo del profesor Tello.

La gran aportación de Alberca fue demostrar que lo básico es la afinidad del virus herpético por el ectodermo (una de las tres divisiones embrionarias que va a dar en su desarrollo al sistema nervioso) y, en consecuencia, la afectación de la célula nerviosa y la distribución topográfica de las lesiones; dos hechos que permiten una caracterización de todas las encefalitis víricas y una relativa individualización de cada una. Las investigaciones de Alberca permiten deducir que la infección viral del sistema nervioso es un proceso complejo integrado por varios elementos: la infección extraneural, la generalización virásica, la propagación neural y la afinidad por las células nerviosas. En definitiva, Román Alberca fue una de las mayores autoridades de la psiquiatría española de su tiempo, y sus conclusiones sobre la distribución y características tipográficas de algunos virus fueron un gran avance.

Caricatura de Román Alberca por Saray

La obra psiquiátrica de Alberca se caracteriza por su preocupación por el desarrollo de una disciplina basada en la realidad clínica. Esto le permitió elaborar un cuerpo de doctrina al que supo incorporar aportaciones de las distintas orientaciones psiquiátricas, en su época mucho más dispares que ahora. Alberca forma parte de la tradición alemana de Kraepelin, que renovó hace más de un siglo la Nosología, rama de la medicina cuyo objetivo es describir, explicar, diferenciar y clasificar la amplia variedad de enfermedades y procesos patológicos existentes en el cerebro.

Esta perspectiva está presente en gran parte de los psiquiatras españoles, herederos de Ramón y Cajal y de Achúcarro, ya que defendían que las enfermedades mentales eran entidades nosológicas caracterizadas por un cuadro clínico, una etiopatogenia cerebral y una evolución. Sin embargo, la realidad es que los conocimientos y los métodos de investigación neurobiológicos de entonces poco aportaban al conocimiento de las graves enfermedades mentales, como la esquizofrenia y las psicosis maníaco-depresivas, que fueron llamadas “el oráculo délfico de la psiquiatría” y “la tumba de la neuropatología”. Esto hizo que Alberca, lo mismo que otros psiquiatras, abriera sus ojos a corrientes filosóficas y antropológicas. De ahí surge su interés por las raíces irracionales de la concepción artística (lo que sorprende por sus conocimientos en Filosofía existencial). Algunos de sus trabajos desarrollaron las teorías filosóficas de Ortega y Gasset para la comprensión de los delirios y la elaboración de una técnica psicoterapéutica.

En 1949 es socio fundador de la Sociedad Española de Neurología, formada por 36 especialistas, y participa como uno de los seis delegados españoles en el IV Congreso Internacional de Neurología en París. Posteriormente formó parte de la delegación española en todos los congresos internacionales que se celebraban cada tres años. Esta sociedad estaba formada por neurólogos clínicos y en menor medida por psiquiatras y neurocirujanos.

En 1950, dicta dos lecciones sobre Psicopatología del tiempo / espacio que, junto a un trabajo de 1953, Las bases del análisis existencial, constituyen una de las aportaciones más importantes de este tema en castellano. Alberca ordena la abundante literatura de esa época sobre el tiempo y el espacio en una trilogía: tiempo cronológico, vivido y vivenciado; y espacio cronológico, vivido y corporal, lo que le permitió desarrollar una psicoterapia de orientación antropológica. Su interés era no romper la unidad del ser humano, ni reducirlo a uno de sus componentes, de ahí la gran preocupación antropológica que transmite. Alberca fue siempre un clínico, así en Sobre los cuadros finales esquizofrénicos (1957) se plantea el pronóstico de la enfermedad: “Yo quería saber qué les había pasado a mis enfermos esquizofrénicos, para conocer qué les puede pasar a los que haya de tratar en el futuro”. Así, distingue los síndromes residuales, que tienen la dignidad de las psicopatías, de los estados terminales, que tienen la consideración de demencia. En estos últimos, a diferencia de las demencias orgánicas, hay también alteraciones del afecto y de la conducta de un carácter caprichoso, absurdo y en cierto modo abigarrado. Por otra parte, es de los pocos autores que defiende la heterogeneidad de las formas terminales de la esquizofrenia.

Perito en el caso Jarabo

Esquizofrenia. ‘El grito’ de Munch.

En su obra destaca, además de su análisis de las psicopatías, el de sus implicaciones médicas y legales. Su primera publicación sobre este tema la realiza ya en 1936 con un artículo “Sobre la peligrosidad de los psicópatas. Informe médico / legal” que se basa en un peritaje sobre un crimen sin motivación de un niño. En 1960 publica, a raíz del caso Jarabo, donde también fue perito, “Las personalidades psicopáticas. Valoración Penal y profilaxis de sus delitos”. En julio de 1958 hubo cuatro asesinatos cometidos con gran frialdad por José María Jarabo, perteneciente a la alta burguesía madrileña. Jarabo fue un año después ajusticiado a garrote vil. Para Alberca estas personas deberían ser tratadas, mediante una psicoterapia diferente, en lugares especiales, “ni cárcel ni manicomio”, donde se adaptaran progresivamente a la vida en común; pero con elevada vigilancia, ya que la cárcel provoca en ellos la inevitable repetición del delito y el manicomio, un aislamiento que tampoco les ayuda a la rehabilitación. Los actuales centros de rehabilitación psiquiátrica reflejan los avances que él planteaba, con el mejor deseo de recuperación de muchos pacientes que antes no tenían esa oportunidad.

Falleció en Murcia el 31 de diciembre de 1966. El Hospital Psiquiátrico provincial de Murcia, del que fue director desde 1929, lleva hoy su nombre en reconocimiento a su excepcional contribución a la Psiquiatría.

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