abril de 2026

Un homenaje a Andrei Tarkovski, a los 94 años de su nacimiento

Andréi Arsénievich Tarkovski (Zavrazhie, óblast de Ivánovo, 4 de abril de 1932-París, 29 de diciembre de 1986).

La filmografía de Andrei Tarkovski se limita a siete películas, pero, frente a otras obras de directores más prolíficos, el cine de Tarkovski es una indagación profunda en la existencia, una búsqueda de la verdad que todo ser humano lleva dentro, como si en cada secuencia estuviese escribiendo un poema. La luz de las imágenes, llenas de lirismo nos dejan en la retina para siempre una vocación por el cine desde el lenguaje, la devoción por la Naturaleza, como la gran comunicadora de la savia de la vida del ser humano. La Naturaleza está en un cine lleno de símbolos, referencias, un cine que quiere ser un jeroglífico de la condición humana con sus luces y sus sombras.

La infancia de Iván, rodada por Tarkovski en 1962, es el relato de un huérfano que se infiltra en las líneas enemigas para recabar información. Ya en esta película la Naturaleza es la protagonista, el hombre está solo ante la inmensidad de un paisaje que nos deslumbra, el hombre es irrelevante ante la grandeza de esos parajes donde se va rodando la película. Podemos ver el río Dnieper, como un gran símbolo que separa a los ejércitos contrincantes, es el río la metáfora de la vida, el eterno fluir que nos ha de llevar hacia la muerte. Iván lo contempla, sabiendo que su vida es agua, que fluye hacia la nada, la falta de trascendencia ya está presente en la vida y la obra del cineasta ruso.

La Naturaleza es la gran protagonista de Andrei Rublev (1966): la historia de un famoso pintor, ambientada en la Edad Media, es también la historia de los bosques, de las grandes extensiones que recorre el pintor para ser consciente de la mirada que ha de quedar inmortalizada en el instante, porque el tiempo ha de borrar todo vestigio suyo, toda huella de su presencia en el mundo. La Naturaleza se convierte en un testigo inmortal del ser humano, cuya vida irá terminando poco a poco, mientras ella, renovadora y eterna, verá pasar otros muchos seres mortales por los hermosos bosques que filma Tarkovski.

La Naturaleza estaba ya en el corazón del cineasta, cuando, siendo niño, iba en los períodos estivales con su familia al campo, en Ignatievo. También la presencia de los abedules tiene que ver con la casa en Iurevets, durante la invasión alemana, allí el cineasta recibe las visitas de su padre que se halla en el frente.

En La infancia de Iván el protagonista sueña con un bucólico paraje donde revolotean los árboles, en el comienzo de la película. En Andrei Rublev la lluvia es un elemento que cobra simbolismo, representa la fuerza de la vida, como empapa al ser humano, como lo lleva a un nivel de entrega a la Naturaleza.

En El espejo (1974), otra película esencial de la filmografía de Tarkovski, podemos ver la lluvia que entra en el interior de una habitación, porque la fuerza del líquido elemento invade al ser humano, lo lleva a la comunión con la Naturaleza.

No podemos olvidar otro simbolismo, el mar, que es clave en la magnífica Sacrificio (1986), donde se ve al mismo en su actitud de reposo, porque es mero observador de la tragedia de la vida humana, mientras Alexander planta con su hijo un árbol. También el mar está presente en La infancia de Iván, cuando éste corre con su hermana por la orilla del mar, en su último sueño, para reencontrarse con la calma del principio y el final de la vida, porque la infancia nos reconcilia con la inocencia que también siente el hombre ante el final de su vida.

La mirada en los personajes del cine de Tarkovski 

Los protagonistas de las películas de Tarkovski miran, observan, se trata de seres solitarios que miran el mundo, hombres inadaptados que no consiguen que fluya la comunicación con los demás y que plasman su necesidad de diálogo con la Naturaleza.
No solo hay soledad en los seres humanos, también aparecen lugares en los que no hay nadie, porque sólo así puede producirse la deseada comunión con el mundo, recordemos la soledad del monasterio donde vive Andrei Rublev desde el día en que tomó los hábitos. La soledad también la siente Kelvin en la singular Solaris (1972), clara metáfora de un mundo que se ha despersonalizado, que ya no es reconocible, un mundo de ciencia-ficción, donde el ser humano es sólo un recuerdo, aunque vive la poderosa presencia todavía de algunas emociones. Así, Kelvin tiene recuerdos, pero no están en su interior, sino en una tira de celuloide, la película familiar que le proyecta a Harey, su visitante.

La importancia de la mirada es una característica esencial: Kevin mirando la película; Andrei Rublev mirando el paisaje, mientras imagina el cuadro; Iván, mirando en sus sueños el mar, paseando por la orilla con su hermana.

También la importancia de lo filial se suma a estos elementos ya citados, el padre y el hijo que se miran, porque ambos son reflejos de un tiempo que se une y que se separa, de un espejo que se distorsiona finalmente, con la llegada de la muerte. Me refiero a La infancia de Iván, donde Tarkovski pone en marcha la moviola del recuerdo para seleccionar momentos de su propia vida.

La importancia de los sueños en la obra de Tarkovski

El lirismo del cine del director ruso está unido a los sueños: los de Iván con el mar, los de la película El espejo, donde no hay argumento lineal, la imagen de la madre del protagonista en el espejo joven y luego vieja, como si el tiempo fuese uno en su poder devastador. También aparece la madre de Kevin en Solaris, como si, en ese tiempo ya deshumanizado del futuro, pudiese quedar un resquicio para el recuerdo y el afecto. También Gorchakov en Nostalghia (1983) tiene visiones de su familia, mezcla de sueños, en esta bella película, donde el poeta inicia un viaje a Italia, que es también un viaje por la memoria.

Asimismo en esta película vuelve la lluvia, porque a Gorchakov la lluvia le enseña el poder de la Naturaleza, cómo va calando la vida en su interior, cómo se entremezclan la realidad y la ficción.

Conclusión: Sacrificio. Un testamento filmado de un poeta ruso 

Para concluir, quiero hacerlo con una idea que le persigue a Tarkovski, la idea del sacrificio, la vida como un testamento que sólo puede culminar con la muerte del hombre, ya que no podemos alcanzar la inmortalidad.

Alexander es el hombre que se aísla, ante el temor de la guerra nuclear, el hombre que vive ya para plantar el árbol, para dejar crecer el tiempo, para albergar su vida en los recuerdos del pasado. La ofrenda de Alexander hacia un aislamiento de la vida es también la que Tarkovski explica con su cine, donde un enfermo de cáncer se ofrece a la Naturaleza, deja crecer la savia de la vida para que germine un tiempo inmemorial, un tiempo que ha de prevalecer, frente a nuestra caducidad.

Así, el cine del director ruso, lleno de lirismo, es un largo diálogo con la Naturaleza que nuestros ojos pueden ver, mientras el tiempo va pasando, vamos caducando alrededor de tanta bella inmortalidad que las secuencias de Tarkovski nos ofrecen para siempre, como pequeñas obras maestras que quedarán siempre en nuestra memoria.

Su muerte, a los cincuenta y cuatro años, víctima de un cáncer, nos dejó huérfanos de un director que plasmó en imágenes la belleza del mundo, su luz y su sombra. Volver a su cine es una obligación para aquellos que esperan más del séptimo arte que el mero entretenimiento, para los que quieren escuchar el intenso diálogo entre el hombre y la Naturaleza.

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Archivo Entreletras

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