Cuando parecía que el máximo techo de esta temporada en el Real se había alcanzado con ‘El sueño de una noche de verano’ unas pocas semanas después, la producción que la sustituye en las once funciones hasta el 30 de abril, ‘La novia vendida’, rivaliza ampliamente por ese cetro.
En 1870 se estrenaba en Praga esta obra de Smetana (1824-1884) y libreto de Sabina. Smetana fue un autor de agitada y desdichada biografía creador de varias óperas en clave nacionalista-heroico. Tan solo ‘Dalibor’ representada en 2025 en la República Checa y en Estados Unidos ha vuelto a tener vida en nuestros días. ‘La novia…’ considerada en su día una ‘producción menor’ porque trata una historia sin trascendencia dramática en una comunidad de campesinos, se ha erigido en la gran referencia de la ópera de su país.
La anécdota de la obra habla de un ‘negocio matrimonial’ con una joven de la que todos quieren sacar algún partido económico vía boda, incluido sus padres, y el equívoco surgido con el hombre que ama. Todo enmarcado en el mundo rural de su país.
Con evidente acierto Laurent Pelly como director escénico olvida esas referencias costumbristas y se centra en los aspectos más irónicos del contenido. En lugar de un aparatoso decorado hay un gigantesco espacio vacío en cuyo techo cuelgan dos toneladas de muebles y sillas viejos en la primera parte. Los elementos folklóricos no existen, el vestuario también diseñado por Pelly es atemporal y la habilidad para resolver con unas sucintas telas una escena como la del circo domina el último acto. Esta producción por contraste deja como una verdadera antigualla a las representaciones que se han hecho en otros países cargadas de parafernalia costumbrista y apolillado folklorismo.
Además de mencionar la labor de iluminación de Urs Schönebaun merece una amplia atención: el gran trabajo de caracterización del equipo del Teatro Real capaz de envejecer físicos y aportar aspectos dispares a las de las voces que los interpretan. La producción del Teatro Real con las óperas de Lyon y de Colonia, y La Monnaie de Bruselas es de una arrolladora frescura en lo escénico con un trabajo actoral de primer nivel donde brilla el abanico de ‘secundarios’ por encima de los protagonistas (y donde hay una numerosa presencia de intérpretes españoles) con la dificultad añadida de tener que cantar en checo y moverse en unas caracterizaciones antagónicas con su forma física.
Si en la obra de Britten que se pudo ver en marzo el trabajo de Ivor Bolton como director musical fue espléndido en esta ocasión Gustavo Gimeno está a la misma altura. Lo que viene a confirmar el acierto de su contratación como responsable musical. Con la bellísima partitura de Smetana que antes se ha podido escuchar en España grabada en versiones de concierto o en fragmentos cantados por coros —aunque ‘La novia…’ se hizo en 1924 en el viejo Teatro Real— Gimeno obtiene un gran resultado.
Lo que desde los primeros compases se pone en evidencia en la larguísima obertura que parece formar parte por si misma de un concierto. Con una partitura muy de su época del XIX donde la cuerda y el viento tienen una gran importancia. La dirección musical es vibrante, y diversa porque en ella hay polkas, valses y tendencias que estaban de moda en su momento.
Junto al trabajo del amplio reparto, donde como ya se ha dicho brillan los personajes ‘secundarios’ que son clave de esta historia, está el frenético, activo, y entusiasta trabajo del coro del Teatro Real dirigido por José Luis Basso. Esta es una de las obras en las que su protagonismo es absoluto. Gracias al tratamiento escénico de Pelly su presencia es contraria al estatismo, y se desplazan a la carrera por el amplísimo espacio teatral, bailan y aportan una presencia en escena relevante. De la misma manera que los actores de gesto en sus persones circenses deslumbran en su aparición.
‘La novia…’ lo mismo que ‘El sueño…’, tan distintas temática y musicalmente, ponen en evidencia el punto más alto de esta temporada, con un gran arranque de 2026, frente al fiasco de la errática ‘Carmen’.












