Querida Carmen:
A mis 36 años, ya trabajaba como historiadora en varias revistas y Lucien Febvre, director de «Annales d’histoire économique et sociale», días atrás, me había solicitado una fotografía del ambiente social del Madrid de la época, y para retratarlo, estaba dando un paseo por la calle de Alcalá.
Frente al número 93, tu casa, en pleno Parque del Retiro, los madrileños acudían para ver y ser vistos, en un desfile constante de carruajes y los primeros automóviles de lujo, convirtiendo la zona en un escaparate de la moda europea.
Para una historiadora como yo, las piedras no solamente hablaban, sino que siempre dejaban mensajes claros sobre las manos que las habían trabajado.
A primera vista, el portal destacaba por su estética burguesa monumental, con una arquitectura de piedra tallada con elementos del eclecticismo madrileño. Sus balcones de forja artística eran un observatorio perfecto, con un acceso amplio, diseñado para permitir el paso de carruajes y los primeros automóviles. Sus puertas eran grandes, de madera noble y herrajes de bronce. Desde fuera, en el vestíbulo, se distinguían los suelos de mármol, techos altos con molduras de yeso decorativas. En el zaguán, el profesor Américo Castro Quesada, tu padre.
Él había obtenido la cátedra de Historia de la Lengua Española en la Universidad Central cuando tú tenías tres años. Lucía como un intelectual de rasgos afilados, frente despejada y una mirada intensa, acentuada por gafas redondas de montura oscura. Llevaba un bigote fino y pulcro, y vestía con la elegancia sobria y formal característica de los catedráticos universitarios.
También el silencio habla de las personas. Le conocía, le había visto varias veces por los patios del edificio de los Jesuitas del Noviciado de San Bernardo.
Le saludé como si le conociera de toda la vida, y él me devolvió el saludo, pero, naturalmente, no me reconoció.
Debía estar esperando a tu madre, doña Luisa Madinaveitia Juan-Senén.
Ya eras una mujercita, la mayor. Tus hermanos pequeños, Diego y Fernando, jugaban distraídos en la acera.
Menos mal que, aunque tenía prisa, pues en una hora comenzaba la conferencia que en la sede de la «Institución Libre de Enseñanza», en el Paseo de la Castellana, 8, iba a pronunciar Manuel Bartolomé Cossío, sucesor de Giner y gran experto en El Greco, me entretuve un momento, suficiente como para ver bajar a tu abuelo, el Dr. Juan Madinaveitia y Ortiz de Zárate, acompañando a tu madre.
Toda una muestra de elegancia y distinción. Ante la puerta, dos coches se pararon a recogeros.
Cuando llegué a la sede de la «Institución Libre de Enseñanza», fue una sorpresa veros. Tu abuelo charlaba con un grupo de hombres entre los que reconocí a Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Santiago Ramón y Cajal, Blas Cabrera y Julián Besteiro. Un lujo.
No sabías quiénes eran los que le acompañaban. Cossío se sentó en el centro de la mesa presidencial y, a partir de ahí, no dejaste de mirarle fascinada.
A tus catorce años, tu madre te había hablado mucho de pintura y habíais visitado muchas veces el «Edificio Villanueva» donde se encontraba el Museo del Prado. Algo sabías de El Greco.
Pero escuchar a Cossío describiendo la obra del cretense como una «explosión de espíritu», defendiendo sus figuras alargadas como una necesidad expresiva, no como un defecto visual, era otra cosa.
Mientras yo apuntaba con rapidez sus frases para tejer mi propia crónica, al hablar del «Paisaje espiritual», refiriéndose al «Entierro del Conde Orgaz», y subrayar la unión entre lo terrenal y lo divino, noté que te distraías.
Sería muy interesante desarrollar una reseña sobre aquella conferencia. Tenía que diseñar con letras mayúsculas un cuadro sobre la verticalidad de las paredes de Toledo y apoyados en ellas a «Jerónimo de Cevallos» y a «Julián Romero».
Seguramente los podría describir discutiendo sobre filosofía. Me gustaban mucho los dos personajes de Doménikos Theotokópoulos. No te vi cuando se acabó la conferencia.
Recuerdo que varios años después coincidimos a las puertas del «Instituto Escuela», en la calle de Pinar, 7. Era un pabellón diseñado por el arquitecto Arniches dentro del recinto de la «Residencia de Estudiantes», en los “Altos del Hipódromo”, cómo no, vinculado a la «Institución Libre de Enseñanza», donde acababas de concluir tu bachillerato y empezabas en la Universidad Central Filosofía y Letras. Era el año 1927.
Yo sí te reconocí, pero no te dije nada. Estabas con otras compañeras.
A los pocos días, casualidad providencial, una tarde de octubre en la que no llovía, paseando por los alrededores del Teatro de la Zarzuela, me encontré con el empresario Emilio Sagi-Barba. Era el director. Le conocía, y había hecho ya varias crónicas de sus estrenos, así como de sus interpretaciones como tenor. Me invitó a chocolate. Era mi debilidad. El Ambigú era un espacio elegante y bullicioso, decorado con espejos y molduras clásicas donde se servían cafés, licores y dulces típicos.
Solía adelantarme las fechas de los estrenos, los directores, los actores, la escenografía, y muchos datos que yo necesitaba para las reseñas; y, por supuesto, entradas en las primeras filas.
Recuerdo que entre chocolate y risas me comentó que pocos días después, concretamente el 13 de septiembre, se iba a producir el reestreno de la zarzuela «El Caserío», del compositor vasco Jesús Guridi, para inaugurar la temporada de otoño.
Pero lo que menos esperaba era encontrarte allí, sentada a mi lado en el estreno. Si alguna vez hubo barreras entre nosotras, desaparecieron cuando cayó el telón.
Aunque a mí ya pocas cosas podían sorprenderme, sí me dejó pasmada, verte acompañada por un joven sacerdote, que no llegaba a los cuarenta años y vestía de forma sobria. Sus ojos transmitían una mirada intensa y penetrante, a menudo acompañada por una expresión de profunda concentración. De estatura media y constitución física delgada, pero firme.
Una de mis consignas como historiadora era no juzgar. Y lo venía haciendo desde hacía más de quince años. Era tu profesor de metafísica, Xavier Zubiri. El cura estaba sentado a tu izquierda. A tu derecha, yo. A mi derecha quedaba un asiento libre. Enseguida fue ocupado por otra mujer a la que yo conocía, doña Julia Ispizua Uribarri.
Sobria y distinguida, de rasgos refinados, cabello oscuro peinado con ondas a la moda, y expresión de serenidad y orgullo mientras acompañaba el éxito de su esposo. Lucía un vestido de seda azul noche, con un corte que ya empezaba a alargar la silueta tras los cortos años veinte. A ti y al cura os dejé de lado, y me dediqué a la mujer del compositor, seguramente estaría ansiosa por darme detalles de la obra que se representaba. Y así fue. Se arrancó de forma rápida, segura, emocionada, como en un scherzo.
Me decía que su marido había empezado a escribirla en 1924 en Bilbao, aunque para ambientarla en su esencia rural tuvo que desplazarse a los pueblos vascos en distintas ocasiones. Aquella conversación me serviría para mandarle una buena reseña a la revista «Arte y Hogar», su director Manuel Vigil Escalera estaría encantado, y a mí me serviría tal vez para financiarme algún viaje. A lo mejor hasta la colocaban al lado de alguno de tus artículos.
Recuerdo que cuando nos despedimos después de la bajada del telón y los aplausos, largos, prolongados, fervientes, me despedí de doña Julia, con la promesa de otro café. Ella se adelantó y me invitó a una velada en su casa.
Me esperaba el jueves siguiente, en la calle de la Independencia, 2, en el piso tercero izquierda.
Al acercarme, vi cómo charlabas con el profesor Zubiri de metafísica, sobre el contraste entre la trama de la obra y la filosofía existencialista de Martin Heidegger; enseguida desviasteis la conversación hacia un viaje que él tenía que hacer a Roma. Uno más. Presté atención y a mi alrededor empezaron a surgir turbulencias, primavera y espinas.
No sabía por qué teníais que hacerme a mí partícipe de vuestras intimidades, pero te lo agradecí.
Me fijé en su «clérgiman», le ahogaba, creo que sentía ganas de arrancárselo. Pero su dios y el obispo no le dejaban. Su cuello había enrojecido, tal vez, desde tu primera mirada. Ya le había escrito a monseñor Leopoldo Eijo y Garay varias cartas para explicarle su estado espiritual y no había obtenido respuesta. Intentó visitarle en varias ocasiones, y siempre se encontró con las puertas cerradas. Tal vez por ser él quien era, un peso demasiado preciado para perder en la Iglesia.
A lo largo del paseo, aunque realmente no sabíamos adónde íbamos, la gente nos miraba y él escondía la cabeza. Un cura entre dos mujeres, un cuadro perfecto de la tentación.
Nos fue explicando las contradicciones sobre la materia y el espíritu. Filosofía pura. No podía explicar la contradicción entre la materia y el espíritu. ¿De dónde salía el pensamiento? ¿Para qué la vida, si acababa con la muerte? Preguntas todas sin respuesta. Fuego oscuro.
Yo nunca había sido capaz de hacer un ensayo sobre este tema, pero me parecía muy interesante. La historia era diferente: solo había que escarbar y contrastar.
Al llegar al número 14 de la calle Almagro, donde vivías, nos despedimos. El cura y yo nos fuimos en direcciones opuestas.
Seguramente tu padre, que no aprobaba tu relación con el «mosén», como le llamaba, volvería a echarte otra reprimenda.
Y llegó el jueves, Julia, la esposa de Jesús Guridi, en lugar de centrarse en la música de su marido, me habló de otra música que sonaba por las calles. El cura se había marchado precipitadamente a Alemania, para estudiar con Heidegger y Schrödinger, y pensé en silencio sobre las marcas de su cuello. Me dio todo tipo de explicaciones. Se notaba que le conocía bien. Con estas confidencias y la niebla llegó la noche. Fue una noche larga y oscura de tres años, en la que supe de vosotros con frecuencia, a través de muchas cartas que conservo.
De vez en cuando me entretengo mirando la letra de tu marido, la comparo con la tuya, y son tan diferentes como vuestros puntos de vista sobre las cosas cotidianas.
Por otro lado, tú y yo, aunque con opiniones distintas, teníamos mucho que escribir sobre la caída de Primo de Rivera, de Juan Bautista Aznar, de la Segunda República, del Bienio Reformista de Manuel Azaña, del Triunfo de la «Confederación Española de Derechas Autónomas», la «CEDA», de José María Gil Robles. Mucho trabajo, mucho peligro y muchos viajes.
Conseguí las primeras ediciones de «Vida y poesía», que habías traducido en 1930, y de «De Leibniz a Goethe»; este lo publicaron en 1933. Te habías acercado a Wilhelm Dilthey en la facultad de Filosofía. Un magnífico trabajo de traducción.
Me aficioné a tus obras y busqué a Friedrich Schleiermacher; ese mismo año habías traducido «Sobre la religión», «Discursos a sus menospreciadores cultivados», también encontré sus «Monólogos» que tradujiste en 1934.
Recuerdo el aire gélido que se extendía por el «Aula Magna», con el movimiento de su sotana, mientras hablaba de la encíclica «Aeterni Patris», que León XIII, conocido como «el papa de los obreros», había promulgado en 1879, y por la que se restauró el pensamiento de Santo Tomás de Aquino.
A Xavier Zubiri cualquier excusa le servía para recordar que aquel pontífice, en sus 25 años de pontificado, había publicado nada menos que 85 encíclicas. A ti te daba lo mismo el número de encíclicas.
Le mirabas. Él, con disimulo, tampoco te quitaba ojo de encima. Pasaron los días y la oscuridad sucedió a la niebla.
En el «Lyceum Club Femenino», coordinabas en aquella época las actividades de la Sección de Literatura, y me invitaste a una conferencia que iba a pronunciar Concha Espina el 18 de mayo, titulada «Espejo de cristal», y fue allí cuando me pediste que acudiese a tu boda. Xabier Zubiri, el Mosén, te había pedido en matrimonio.
Sabía de tus buenas relaciones con la Santa Sede, de hecho, recuerdo que, en una de tus últimas cartas, llegaste a decirme que tanto Ambrogio Damiano Achille Ratti, el Papa Pío XI, como su secretario de Estado, Eugenio María Giuseppe Giovanni Pacelli, leían y esperaban tus artículos en el diario «ABC», y en la revista «Acción Católica». Tus relaciones con ellos eran mucho más fluidas que las que mantenías con el obispo monseñor Leopoldo Eijo y Garay.
Tus escritos ya formaban parte de mis archivos, como «La mujer y la paz», aunque este era ya antiguo, había sido publicado el 1 de marzo de 1933, «El valor de la oración», que salió el 15 de mayo, «La formación de la mujer católica», el 1 de febrero del 34, «Maternidad espiritual», aparecido el 15 de mayo. Los tenía todos guardados en dos carpetas azules con las iniciales de tu nombre y las cabeceras de los medios. «CCM-AC» y «CCM-ABC».
Hacía mucho tiempo, aunque tal vez con cierta nostalgia, que había estado alejada de la teología. Decidí ir a vuestra boda.
Aquel 22 de febrero de 1936 yo estaba en Roma, en la puerta de la «Iglesia Nacional Española de Santiago y Montserrat», esperándote. Y allí estaban tus padrinos, Américo Castro, tu padre, y Carmen Madinaveitia, tu madre. No faltaban los testigos, el historiador Claudio Sánchez-Albornoz y el diplomático Manuel García de Miranda.
Uno de los monaguillos me indicó que la boda la iba a celebrar don Higinio Anglés.
¿Cómo me iba yo a perder aquel concierto, sabiendo que el musicólogo era tu amigo?
De hecho, Xabier y él eran amigos, habían sido compañeros en el «Seminario Conciliar de Madrid», hacía más de veinte años. Un gran experto en música medieval. Me encantaba sentarme en los momentos más tensos y escuchar su música basada en el «Códice de las Huelgas».
Querida Carmen, pronto tendré que escribirte otra carta para saber de ti, de cómo te va después de superar tantos obstáculos, bueno, mejor dicho, cómo os va a los dos.
Recibe un fuerte abrazo, bajo los acordes que aún suenan en mí de aquella pieza del «Códice de las Huelgas», entre sus corcheas, os guardaré siempre para la historia.
Eliberia












