abril de 2026

El grito eterno de León Felipe

Viñeta de Eugenio Rivera

Hablar de León Felipe es hablar de un hombre que se pasó la vida intentando quitarse peso de encima. “Que no me cuenten cuentos”, decía. Pero para entender al hombre tenemos que remontarnos a un lugar donde se iluminó uno de los manuscritos del célebre Beato de Liébana. La localidad de Tábara, en la provincia de Zamora, no solo vio nacer al poeta en 1884, sino que en torno al año mil había sido la sede del monasterio de San Salvador en cuyo scriptorium los monjes Magio y Emeterio crearon las bellísimas miniaturas sobre los Comentarios al Apocalipsis de San Juan. Este aspecto no es baladí puesto que si nos detenemos a observar estos códices miniados —con sus colores planos, sus figuras hieráticas y sus visiones del mundo— encontraremos la misma estética que León Felipe llevó a sus versos. Su poesía no es académica, es visionaria y espiritual; es la estética de la iluminación medieval aplicada a la tragedia del siglo XX. Él mismo se veía como un continuador de esa línea directa con lo sagrado, saltándose las florituras de la Generación del 27 —a la que por razones cronológicas pertenecía en cierto modo— para ir directamente a la raíz, al hueso mismo de las cosas.

Pero antes de ser el “gran profeta del exilio”, León Felipe fue boticario. Y esto tampoco es un detalle menor. Aquí entramos en la parte más humana y turbulenta de su biografía. Felipe Camino Galicia de la Rosa (aún no era León Felipe) se formó como farmacéutico por imperativo familiar. Pero su corazón no estaba en los preparados medicinales, sino en el teatro y la vida bohemia. Tras varios intentos en pueblos de Zamora y Guadalajara, abre una oficina de farmacia en Santander, donde Felipe pasaba las horas entre matraces y morteros. Esa formación científica, mezclada con su ansia mística, le hizo ver la poesía como una fórmula magistral. De este modo, León Felipe descubre la alquimia de la palabra. Pero en durante su ejercicio profesional es acusado de un desfalco. No fue un robo malintencionado para enriquecerse, sino una gestión desastrosa fruto de su desinterés por el comercio y su vocación artística. El dinero del negocio se esfumó entre deudas y malas administraciones.

Este episodio terminó con el futuro poeta en la cárcel de Santander durante varios meses. Ese tiempo en prisión fue su verdadera “universidad”. Allí, despojado de su estatus social y de su bata blanca, nació el poeta del barro. Ya en libertad se encontró sin farmacia, pero con un nombre nuevo: León Felipe. Entendió que su destino no era curar cuerpos con jarabes ni específicos, sino más bien curar las almas con versos. Sin embargo, la farmacia le dio dos cosas fundamentales: la soledad de la rebotica y la conciencia del remedio. Él no escribía para decorar salones; escribía para mitigar los dolores del alma. Sus versos son “recetas” contra la desesperanza. El boticario sabía que para que un bálsamo funcione, debe ser puro. Por eso su estilo es despojado: limpia la palabra de impurezas hasta dejar solo el principio activo: la verdad.

Tras el desafortunado incidente, Felipe Camino se sintió un hombre acabado, un fracasado ante los ojos de la sociedad. Al salir, decidió que no podía seguir siendo el boticario que había perdido el dinero y la reputación. Necesitaba una máscara, un escudo de guerra como don Quijote. Mantuvo su nombre de pila como un ancla con su pasado, pero a él le antepuso el de León por dos razones poderosas. Primero, por su tierra, el antiguo Reino de León, reivindicando así su raíz castellana y recia. Segundo, por la carga simbólica del rey de la selva: el león es el que ruge, el que tiene la fuerza profética, el que no se doblega. De este modo, nació León Felipe, abandonando un “Camino” que sin embargo no dejó de acompañarlo. Fue un “autobautismo” de fuego del que salió purificado. Con este nuevo apelativo —cuasi seudónimo— dejó de ser el malaventurado mancebo de Santander para metamorfosearse en el poeta errante que vagaría por Guinea, Estados Unidos y, finalmente, México.

Llegamos a 1938. España es un dolor en medio de la guerra incivil que libran sus ciudadanos. León Felipe cruza el océano y se instala en México. Allí se convierte en la voz de la República en el éxodo.

Pero no llega a un páramo cultural, sino todo lo contrario: desembarca en medio de un volcán en erupción. La Ciudad de México de Lázaro Cárdenas era en esos momentos uno de los epicentros artísticos de la modernidad, y León Felipe se erige en su eje ético.

Mientras Diego Rivera pintaba la historia de la cultura azteca en los muros, Felipe gritaba sus versos —los “tres gritos del español”— en los atriles. Se dice que Diego admiraba en Felipe esa “tosquedad” ibérica que conectaba con las fuerzas telúricas de la tierra mexicana. Pero la red era mucho más vasta. Con Diego y su mujer Frida Kahlo convivían los exiliados del mundo entero. Felipe fue testigo del drama de Trotsky y de la mirada penetrante de la fotógrafa Tina Modotti. Se cruzó con el surrealismo mágico de la Trinidad Negra del exilio: las tres brujas-pintoras Remedios Varo, Leonora Carrington y Dorothea Tanning. La poesía de Felipe, que hablaba de “la luz que se rompe”, resonaba en los cuadros alquímicos de aquellas. En el ámbito del cine y el periodismo, su figura era respetada por Luis Buñuel, quien compartía con él ese ateísmo místico tan español, y por la joven Elena Poniatowska, que supo captar en sus crónicas la voz cansada pero firme del poeta. Incluso Mario Moreno “Cantinflas”, el genio de la palabra enredada en la gran pantalla, guardaba un silencio reverencial ante el hombre que usaba las palabras para desenredar la injusticia.

En este ecosistema de genios, surge su devoción por una jovencísima Sara Montiel, que ha llegado a México para trabajar en la industria del cine en los Estudios Churubusco. Para Felipe, Sarita era la belleza que sobrevivía al desastre: representaba para el exilio esa España que no se había quedado en las trincheras, sino que volaba con luz propia. Este vínculo nos permite entender un fenómeno sociológico interesante: mientras los intelectuales daban conferencias, las “folklóricas” españolas como Lola Flores —convertida allí en “La Faraona”— o la propia Sara conquistaban el corazón del pueblo mexicano. Había una contradicción maravillosa: el gran público admiraba a las estrellas españolas por su alegría y su temperamento, mientras que la “intelectualidad de la diáspora” veía en León Felipe la brújula moral del desterrado. Habría que esperar veinte años para que la llegada de Joan Manuel Serrat a tierras aztecas conciliara esos dos mundos —aparentemente antitéticos— en uno solo.

No podemos olvidar tampoco al editor gallego Alejandro Finisterre, que en su papel de albacea del poeta sea quien salvaguarde su legado. Curiosamente este fallecerá en la misma tierra de Felipe —Zamora— en el año 2007. Antiguo maestro, el inquieto Finisterre había inventado el futbolín en un hospital de Montserrat para atender las necesidades de los niños heridos como él, durante la Guerra Civil. Pero eso es otra historia.

Mayte Domínguez durante la interpretación de los poemas de León Felipe en el concierto recital del Grupo Retablo celebrado en el teatro de la Casa de Vacas del Retiro. Fotografía de Eugenio Rivera

Para terminar, hablemos brevemente de la obra poética de León Felipe.

Si hay una influencia física y espiritual que define al zamorano, es la del americano Walt Whitman. No solo es que lo tradujera con una maestría inigualable; es que Felipe se encarnó en Whitman. Si comparamos sus fotografías en la madurez, vemos a dos patriarcas de bíblicas barbas blancas y ojos cansados que parecen haber visto el principio y el fin del mundo. Felipe adoptó de Whitman el versículo libre, el tono salmódico y la idea del “yo” que se expande para ser todos los hombres. Pero mientras Whitman cantaba al optimismo de una nación pujante que nacía, Felipe le dio a esa métrica el lamento de una moribunda nación que se desangraba.

Desde sus Versos y oraciones de caminante hasta el desgarrador Español del éxodo y del llanto, la poesía de Felipe evoluciona hacia una desnudez absoluta. No buscaba la rima, buscaba el ritmo de la sangre. Su poesía es una “piedra pequeña” que se lanza contra el escaparate de la hipocresía. “Hicieron la luz para la sombra”, decía. Su legado no es un libro, es una postura ante la vida: la del hombre que, aunque lo pierda todo (la patria, la botica, la juventud, …), conserva el viento en la garganta.

León Felipe murió en Ciudad de México en 1968. Pidió que su obra fuera como esa “piedra pequeña” de la que hablaba en sus poemas: una piedra que no necesita ser un diamante, sino simplemente estar ahí, en el camino, para que alguien la recoja.

Nació en Tábara entre manuscritos medievales, despachó recetas en boticas de pueblo, se miró en el espejo de Whitman, amó a la mujer más bella de España y murió lejos de su casa, pero con el mundo entero en sus versos.

Hoy, su voz sigue siendo necesaria. Porque, como él decía, cuando ya no queda nada, todavía queda el viento. Y en ese viento, si escuchamos con atención, todavía resuena el eco del boticario de Zamora que decidió ser profeta.

Ya para siempre, su voz —llenando el aire con su rugido impetuoso— es el principio activo que nos dejó para sanar las heridas de la Historia.

(Este texto fue leído por su autor como introducción al concierto recital que el Grupo Retablo —Mayte Domínguez y Pablo Bethencour— ofreció el pasado 17 de abril en la Casa de Vacas del Parque del Retiro de Madrid). 

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