junio de 2024 - VIII Año

Años de hambre en Kiev

ESPECIAL UCRANIA / MARZO 2022

La brutal agresión de las fuerzas de Putin a Ucrania nos ha hecho recordar que la Historia de nuestro continente está plagada de violentos episodios que, una y otra vez, enfrentan a los europeos. En alguna otra ocasión, para ilustrar la transición casi repentina desde la convivencia al enfrentamiento sangriento entre los ciudadanos del viejo continente, uno ha traído a colación ese extraordinario libro de Stefan Zweig, “El mundo de ayer”, que debería ser de lectura obligatoria en todas las escuelas de Europa. El gran Zweig relata cómo, casi de la noche a la mañana, se cierran las fronteras, aparecen los odios viscerales y se reniega de todo lo que no sea considerado exclusivamente nacional, creando desde la nada el concepto de lo extranjero, de lo intrínsecamente distinto, de todo aquello que se convierte en amenaza y que, por tanto, debe ser aniquilado.

En estos días aciagos, en los que una vez más todo un país europeo sufre la violencia de la sinrazón autoritaria desatada por unos dirigentes que, como Putin y su delirante corte imperial, se encuentran cada vez más aislados de su propia sociedad y de la realidad que compartimos, conviene recordar que Europa no se limita a los territorios y sociedades que, hoy por hoy, conforman la Unión Europea. El concepto de Europa es mucho más amplio e incluye tanto a Ucrania como a Rusia; engloba tanto a los países balcánicos como a los caucásicos. Sobre todo en estos momentos, no olvidemos que Tbilisi y Bakú son tan europeas como París y Londres. De la misma manera, Gogol y Tchaikovsky son tan nuestros como puedan serlo Eça de Queiroz o Verdi.

Desde esta perspectiva, la actual guerra en Ucrania, al igual que antes ocurriera con la Primera Guerra Mundial, la Guerra de España o la Segunda Guerra Mundial, no sólo pueden, sino que deben ser consideradas como guerras civiles en las que, una y otra vez, se enfrentan fratricidamente los europeos.

Quizás no sean muchos los que hoy todavía se acuerden de Serge Lifar, el gran bailarín ucraniano que hace un siglo triunfó en el ballet de la Ópera de París. Todavía serán menos los que sepan que además fue un excelente narrador, como lo demuestra su extraordinario libro de memorias, “Mis años de hambre”, publicado en español, a partir de la versión francesa, que fue traducida directamente del ruso, por Ediciones Lauro, de Barcelona, en 1943.

En ese libro autobiográfico, Lifar nos ilustra sobre cómo era la vida en su Kiev natal, aquella elegante y cosmopolita ciudad, en los años posteriores a su nacimiento, en 1905, pasando por los del estallido de la Primera Guerra Mundial, de la revolución de Octubre, de la invasión alemana, del desembarco de las tropas franco-británicas en los puertos del mar Negro, o los de la implantación definitiva de los soviets. Serge Lifar culmina su narración detallando cómo consiguió huir a pie desde Kiev, superando innumerables peligros, hasta llegar a Varsovia, y de allí por fin a París, en 1922.

Nuestro autor se educó en un ambiente social muy concreto, el que correspondía a una familia de terratenientes y de altos funcionarios imperiales. Recibió, por tanto, una educación conservadora, muy tradicional, primero en la casa familiar y luego en la escuela militar de Kiev, que frecuentará hasta su disolución, cuando se implanten las estructuras bolcheviques en Ucrania.

A lo largo de esas páginas autobiográficas, Lifar nos describe cómo era Kiev antes de la revolución. “Es preciso haber estado en Kiev” -nos dice- y haber contemplado desde las alturas de la Terraza de los Zares el ancho y majestuoso río cuyos reflejos juegan serenamente al sol; es preciso haber descubierto la inmensidad de las llanuras que fecunda y haber sentido, henchida el alma de emoción, su majestad sin límites: únicamente así puede comprenderse por qué nada es más querido del hombre de aquel país que su ciudad natal y su inmenso río”.

Los años posteriores a la derrota de las tropas zaristas y, a continuación, de los imperios centrales, fueron extremadamente violentos y complicados para la sociedad ucraniana. El propio Serge Lifar nos recuerda que, en apenas dos años, Kiev, “la antigua ciudad tan bella y altiva, la madre de las ciudades rusas”, cambió de manos ni más ni menos que diecisiete veces.

Tras la firma del tratado de Brest-Litovsk, ciudad actualmente situada en Bielorusa, a escasa distancia de la frontera polaca, se alcanzó una paz precaria entre los rusos y el resto de contendientes de la Primera Guerra Mundial. Sería, sin embargo, una paz efímera, cuyos buenos principios se disolverían con la misma rapidez que la arena que arrastra la corriente del Nipro a su impresionante paso por Kiev. Cayó así el gobierno de Symon Petliura, desapareciendo la Ucrania independiente, al verse desbordada por la revolución alemana que hizo que el propio káiser huyese a La Haya, abriendo de nuevo a los bolcheviques las puertas de la capital ucraniana.

Cuenta entonces Serge Lifar cómo las penurias se acentúan todavía más. Los escasos alimentos desaparecen por completo. Logra sobrevivir buscando setas y raíces, cazando alimañas en los bosques cercanos, donde todo tipo de desertores, del ejército zarista, del alemán, o de las tropas bolcheviques, se han refugiado y, como nuevos caníbales, sobreviven devorándose unos a otros. Los campesinos, víctimas de todos ellos, se toman la venganza por su mano en cuanto se presenta la menor ocasión. Los incautos que se dejan atrapar por esas hordas, acaban hervidos vivos en ollas gigantescas, llenando la espesura de los bosques con sus aullidos de dolor.

En esas circunstancias, cuenta Serge Lifar que todavía tiene, muy de vez en cuando, ánimos para aislarse del horror que le rodea, tocando alguna pieza en el violín. Llega así el día en que no tiene otro remedio que la huida. Se pone en manos de un contrabandista y, a riesgo de terminar sus días de la peor de las maneras posibles, inicia un camino a pie lleno de temores y peligros. Al cabo de varias semanas, consigue llegar, famélico y harapiento, a Varsovia. Se dirige a la mansión de uno sus parientes polacos, sin recibir ninguna clase de ayuda, ni tan siquiera uno de los panecillos, ni una taza del aromático té, que en ese mismo momento desayunaba la familia polaca.

Al cabo de mil peripecias, y a pesar de la miseria moral de sus parientes de Varsovia, Serge Lifar consiguió llegar a París, iniciando la carrera de bailarín que le daría fama mundial. Hoy, las circunstancias son sin duda diferentes y la sociedad polaca, de la misma manera que la de muchos otros países vecinos, está demostrando con creces su apoyo y solidaridad para con los refugiados que cada día llegan de Ucrania.

Hagamos votos para que lo más pronto posible esta nueva guerra, tan insensatamente desencadenada por Putin y sus acólitos, se convierta en un episodio histórico, que concluya con la restauración de la independencia de Ucrania y con el justo resarcimiento de las víctimas de tanta locura.

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Archivo Entreletras

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