septiembre 2020 - IV Año

LETRAS

Robert Walser, el paseante espiritual

Por Ricardo Martínez-Conde (http://www.ricardomartinez-conde.es/).-

Walser-Portraet1949 breitSi bien existe un motivo cronológico, onomástico, para traer a colación la figura y la obra de Walser (el año pasado se cumplió el cincuentenario de su fallecimiento) lo cierto es que, por fortuna, el verdadero motivo de abordar su figura es su propia obra, de una rara belleza poética e imaginación reflexiva capaces de concitar la atención de cualquier inteligencia sintiente, dicho sea al modo zubiriano.

Podríamos comenzar, tal vez, diciendo que su figura no es desmerecedora de atención: ese físico escueto y serio, reservado el gesto; y de una clara mente soñadora no apta, al parecer, para desenvolverse en el quehacer de la realidad cotidiana, razón por la cual, estando en un momento de plena creación artística (al menos potencialmente, a tenor de su obra publicada y su madurez) se retiró, más o menos según su voluntad (validada para la ocasión por las recomendaciones de su hermana), a un centro psiquiátrico que sirvió, en eso sí coinciden sus biógrafos, más como lugar de retiro que como centro curativo. Quizás porque de esto último no tenía necesidad, pues la suya, si acaso, era enfermedad del alma, y eso no tiene cura entre especialistas científicos.

Walter Benjamín comentó un día: ‘podría decirse que, al escribir, se ausenta’ y, dicho por él, debíamos hacerle caso por razón de su conocimiento acerca del hombre y la literatura; y he aquí que resultó una frase premonitoria, incluso llevada a la actitud personal. Si nos adentramos en sus libros, que es lo que ha de hacerse, comprobamos, en efecto, que es así. Al menos tal podría deducirse de aquel párrafo de su Jakob von Gunten que dice, a propósito de la educación que le inculcan: ‘Éxitos interiores, eso sí. Pero, ¿qué ventaja se obtiene de ello?’ (Reparemos, de antemano, que hay una inevitable tendencia a relacionar directamente la biografía de nuestro autor con sus textos; resultará, cada vez más a lo largo de su vida, un ejercicio inexcusable, una premonición) Entonces se ausenta, y con ello cruza todas las rutas posibles por el cielo de un sueño literario que, aún en tal ausencia, o tal vez por ello, nos ha ofrecido probablemente algunas de las páginas más evocadoras y poéticas de cuantas se hayan escrito en la literatura europea del siglo XX.

robertwalser5Cultivó en su vida de escritor (acaso a él, en su indiferencia irónica, le hubiera resultado curiosa esta adscripción, tal como dirá de sí, más adelante, otro gran escritor, Sándor Márai) la novela, la poesía y el ensayo. Claro que, tratando de aproximar tales cualidades a su obra deberíamos decir que cultivó con afán y deliberada intención la novela en sus primeros años; intercaló esta actividad con la publicación de un número reducido de poemas (él siempre se sintió muy próximo a la poesía) y, a lo largo de su vida aparentemente inactiva, sobre todo en su tramo final, elaboró un sinnúmero de pequeños ensayos emocional-literario-filosóficos que dieron como resultado un diagrama psico-sociológico de una penetrante observación y de una íntima capacidad evocadora. Fue, así, fundamentalmente, un soñador letrado, un desarraigado del circuito social de la condición de escritor (tal advirtió muy bien Hermann Hesse, un buen amigo y defensor) y a la vez un observador preciso y exigente que miró al corazón de los personajes con recogida y penetrante inteligencia.

Leerle, desde luego, es asistir a una terapia emocional a través de un discurso en apariencia inconexo. En apariencia, pues los elementos con los que se elabora la reflexión semejan unas veces incompletos, otras desiguales entre sí. Sin embargo son todas piezas de sobria artesanía colocadas sobre un tablero y que, de ser ordenadas con paciencia y detenimiento, darán lugar a un mosaico brillante, armónico, de un interior casi musical. Y aún podría decirse más: las ediciones futuras que vayan apareciendo no harán, a buen seguro, sino venir a completar los fragmentos que cualquier lector sensible estará deseando ubicar en su lugar.

Robert-WalserTal vez cada cual, cada lector, podría hacer su propia composición de fragmentos. Y ésta siempre resultaría llena de vida, de una rara y hermosa ingenuidad. Estoy seguro que cuando Siruela (la editorial que ha mimado con celo, hasta ahora, la edición prácticamente completa de sus obras vertidas al castellano) nos haga llegar la prometida entrega de la continuación de sus Microgramas, cada discurso personal y poetizado tendrá su lugar y el lector se sentirá reparado al concluir la lectura.

Su testamento como escritor acaso estuviera ya escrito, de su propia mano, cuando en su obra Vida de poeta nos dice: ‘Érase una vez un talento que se pasaba días enteros en su habitación, mirando por las ventanas y haciéndose el perezoso’ El talento sabía que era un talento, y este saber absurdo e inútil le daba que pensar todo el día» Al principio, como queda dicho, engendró ordenadas historias a modo de novelas: Los hermanos Tanner, Jacob von Gunten, El ayudante, pero el favor social que, sin duda, esperaba como reconocimiento, no le sonrío. Entonces eligió una forma, digamos, de nihilismo militante para su forma de ser, un desasimiento social, un recogimiento especulativo que algunos, y su propia familia, entendieron como un desequilibrio personal y le internaron en un manicomio, algo que él vivió como un pacifismo efectivo muy rico en una reflexión intimista de tono psico-filosófico y que está implícito en libros como Historias de amor, La habitación del poeta o el magnífico Microgramas, que no es sino el traslado a la imprenta de una serie de anotaciones casi crípticas que, en distintos soportes, fue redactando a lo largo de sus últimos años.

Hay, a mi entender, dos títulos complementarios, expresivos de su personalidad, que reflejan el ‘proceder’ peripatético que, en el fondo, siempre le distinguió; como actitud física y espiritual. Uno de ellos es El paseo y otro, más testimonial por razón de su interlocutor, y complementario, Paseos con Robert Walser, que es la transcripción que su amigo Carl Seeling realizó de las charlas de caminante que les entretuvieron durante años. Aquí el espíritu observador de Walser queda expreso, una vez más poetizado, con delicadeza: ‘Cuando seguimos nuestro camino, Robert dice: ¿acaso no era eso la plenitud de la vida, colorida, alegre e inofensiva? ¡Esos pañuelos de colores en la cabeza, esas grosellas ardientes, esos caramelos rojos de almíbar, eso es lo que ama el pueblo! Las viejas cosas buenas nunca mueren. Vuelven siempre como un llamamiento de la juventud’ Si bien no vivía del todo por cuanto permanecía internado –situación que él no desdeñó nunca abiertamente- ahora parecía soñar con el vivir. Con todos los pequeños secretos o juegos de colores que ello implica. Pero a fe que casi siempre fue así; lo único que ocurre es que su sentido de vivir la vida fue distinto, y distante, al del común de los mortales.

walserMe gustaría, en fin, una vez llegados aquí, que el lector entendiera mi voluntad de hacerle llegar mi sincera invitación a que entre ‘por dentro’ de la obra de Walser (será, también, una catarsis, un ejercicio de autoconocimiento), ese hombre escueto, tímido y genial. Yo creo haber entendido, como lector, la sobria poetización que se deriva de su escritura, y en tal aplicación (que he realizado con fervor, comportándome como el lector que subraya para recordar) he exhumado algunas frases o fragmentos que me han ayudado como persona y me han enriquecido como lector, invitándome en la tarea de seguir leyendo, a Walser y a los otros Walser que en el mundo sean o hayan sido.

Ofrezco estos fragmentos a modo de confidencia; así se guardarán en mis-sus libros. Escribe el autor, en un momento dado, a propósito de su apreciación sobre la relación de pareja: ‘Soy tremenda. Mira; debería atreverse de una vez a huir de mí o fracturarme, pero lo que le pasa es que teme librarse de mí. No impunemente se deleitan los que nacieron monstruos con los encantos de lo eternamente humano’ De señalar un rasgo distintivo perenne en su obra, ése sería el sentido del humor; una forma de comprensión de la realidad y un modo de abordar las cuestiones más serias: ‘A un poeta le sienta bien la delgadez; así da una impresión de gran espiritualidad’. Semeja un autorretrato. De hecho, de un modo u otro (todo gran escritor lo ha hecho) su tema es sí mismo. Es el yo a través del Otro, de lo otro. O, al decir de Robbe-Grillet,: yo soy el único sujeto; lo demás es objeto).

Cuando, en la Navidad de 1954, pasea con su amigo Seeling, en un momento dado le hace un gesto con el codo para que repare en dos mujeres con las que se cruzan (otro tema persistente en él será ‘el eterno femenino’ hablando en clave de Álvaro Pombo) Entonces le dice: ‘¿No le ha llamado la atención el desprecio con que nos han mirado, como si fuésemos delincuentes?’ ‘O beatos que divagan sobre cualquier cosa –prosigo yo’ Y Robert se ríe: ‘Sí, para las mujeres somos artículos defectuosos, tenemos que conformarnos con eso, queramos o no’.

unnamedEn un pasaje de El Paseante hace una alusión realmente emotiva al ser humano; quizás un ejercicio de humildad, o de auto-justificación: ‘Pero felizmente se es humano, y como tal fácil de disculpar’. Y continúa, esta vez en Microgramas: ‘No hace falta mucha fuerza para ser débil, ni mucha sensatez para ser insensato (…) La insensibilidad, como el amor, es hermosa y fea a un tiempo; en todo caso, el que no ama ve más claro´. Semeja que siempre está afirmando, pero de un modo que espera consenso y comprensión, como si preguntara.

Robert Waster, esa imagen del paseante espiritual, había nacido en Biel, cerca de Berna, en abril de 1878, y murió el día de Navidad de 1956. Por la tarde nevaba y, esta vez, no regresó de su paseo solitario. Cuando le encontraron, la nieve casi le cubría. O, tal vez, le tapaba; le arrullaba. Así murió quien dejó escrito en El Paseo: ‘Habitaba en todas partes y en ninguna. No tenía patria, ni poseía derecho alguno. Sin patria y sin suerte; sin amor alguno y sin alegría tenía que vivir. No tenía interés por nadie, y tampoco nadie se interesaba por él ni por sus actos ni por su vida’. Tal vez por eso fue un hombre y un escritor extraordinarios.

 

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