septiembre 2020 - IV Año

TRIBUNA

El poncho de los pobres

Comedor socialEl Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias anda buscando raíces en París, en el cementerio de Père-Lachaise desde 1974.

En Hombres de maíz, quizá su novela más interesante por profunda y por el dominio del lenguaje decía: En el pasto había un mulo, sobre el mulo había un hombre y en el hombre había un muerto.

Y me pregunto, a la luz de su relectura ¿cuántos muertos vivos más es necesario que vaguen por esta Europa que dice contenernos? ¿Cuántos vivos muertos más nos traerán esta crisis montaraz y sañuda que nos acosa? ¿Cuántos hombres y mujeres más habremos de ver por las calles con ojos de cristal, vacíos de alma y de sentimientos, arrinconados por los demonios financieros?

¿Cuántas pompas de jabón irisarán el aire, cuánta magia acumulada deberemos de descubrir, cuántos sueños rotos nos partirán el alma, cuánto llanto escondido habrá de salir a la luz, cuánto remiendo de ropa vieja habrá que hilvanar, cuánta cola de beneficencia veremos aún, cuántos agujeros más habrá que forjarle al cinturón de la Necesidad para que los de siempre se harten?

¿Cuántas tarjetas negras o blancas o azules hay por ahí, por esos Consejos de Dirección de no sé cuántas entidades, que luego son costeadas o reflotadas con dinero de todos los europeos, incluidos claro está, los españoles? ¿Cuántas?

¡Queremos el número ya, señor Montoro! Hacienda debe tener esto claro: la ciudadanía también puede exigirle a Hacienda una cosa: Transparencia. Porque es la ciudadanía la que soporta la vesanía y los robos de los grandes delincuentes de guante blanco.

Y robar es robar. Y si se hace en grupo y con consentimiento o anuencia de todos, ese grupo se llama una banda de ladrones.

Mani popularYa está bien de que la ciudadanía se apriete la cincha hasta llegar al mísero esqueleto en donde se refleja o contabiliza la indigencia, y además, con el dinero de la misma, se sigan reflotando bancos -ahora parece que le toca al Popular.

Que devuelvan el dinero, que cierren los bancos que no funcionan o, en su caso, si son necesarios, que se nacionalicen. Punto. Señor Montoro. Punto. Porque, cuando el pelo del sol se pone rojizo, y luego violeta para ir tirando a negro y convertirse en tizón asperjado de lucecitas estelares, los que algo tenían y los que hace tiempo nada tienen, convertidos en tribus nuevas, lloran noqueados por esta suerte azabache que no sólo les arrebata derechos inalienables sino que también, ahora, en vez de matarlos, los deja vivos para que vean el infernal destino que los dioses nuevos (esos empresarios estrella, esos financieros de lujo, esos… lo diré claro: ladrones) le han concedido.

Un día le pregunté a mi amigo Néstor Goyanes, pintor y xilógrafo argentino, el por qué pintaba tantos soles en sus cuadros y litografías. La contestación dejó patente mi desconocimiento: ‘El sol, amigo Paco, es el poncho de los pobres’.

Y me acuerdo de Néstor y de Asturias y de otros tantos creadores que araron la tierra de los sueños con las armas que poseían, mientras que, en esta vieja Europa, se pierde la palabra de los que han de esgrimirla como arma… como daga vengadora.

Poca ayuda hacen los creadores alimentándose de silencio. Poca. La palabra es un arma que no mata pero que desarma a los delincuentes, azuza a las conciencias y agita a las masas: usémosla.

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