junio de 2026

‘Leila Sebastián’, de Antonio Daganzo

La obra del madrileño Antonio Daganzo (1976) es polifacética y está transida toda ella de una arrebatada pasión literaria, lo que se percibe ojeando apenas dos o tres páginas de cualquiera de sus libros. Es Antonio, acaso, eso que los catalanes llaman un lletraferit. Desde sus inicios poéticos, con aquel todavía tentativo pero abundante en aciertos e intuiciones Siendo en ti aire y oscuro (2004), ha ido trazando, a la vez que sorteaba los múltiples escollos -sobre todo editoriales- a los que casi todo escritor contemporáneo se enfrenta, un camino marcado por la coherencia intelectual y estética, el gusto por la precisión y el maridaje entre fondo y forma, con un respeto casi reverencial por el estilo. Es la suya una escritura cernida, pulcra, depurada hasta el más mínimo detalle. Ahí están para demostrarlo poemarios como Mientras viva el doliente (2010), el exitoso Juventud todavía (2015) o el estupendo y ezrapoundiano La sangre Música (2021); su novela Carrión (2017), exquisita, tan deudora de una manera de escribir ya en desuso, aquella de Clarín, de Pérez de Ayala, de Miró…; o sus ensayos Clásicos a contratiempo (2014) y Música, delicias del asombro (2023), en los que nos descubre con tono ameno y nutritivo ese musicólogo que lleva dentro. Y caeríamos en la injusticia si olvidásemos su labor como divulgador cultural a través de esa serie de conferencias, Poesía de oídas, que junto a Carolina Barreira lleva años ofreciendo, en la que se dedica cada sesión a dibujar el perfil biográfico y artístico de un poeta del ámbito hispano.

Su más reciente libro es Leila Sebastián (Ondina Ediciones, 2026), título de resonancias clásicas (tal vez iberoamericanas, tal vez centroeuropeas) que recoge ocho relatos y una novela corta, “Es un fracaso el mundo”, que ya se había publicado exenta en Buenos Aires en 2022.

Como es frecuente y prácticamente inevitable en estas recopilaciones de narrativa breve, hay cierta desigualdad, tanto en extensión como en objetivos, entre las distintas piezas que conforman el volumen, si bien en todas ellas se descubre la buena mano de Daganzo, que aborda temas como el amor, el desengaño, la traición, la nostalgia o la vida literaria. Las hay que son apenas miniaturas, levísimos apuntes que no dejan espacio a mayor desarrollo (“La ciudad de Laura”, “Vuelve a ti, perezoso”). En otras encontramos chispazos de humor y crítica a ciertas costumbres modernas que falsean la realidad o lo pretenden (“El pulimento”). En alguna el autor se desdobla en personaje para recrear, con cierto toque de suspense, un olvidado episodio de la guerra civil (“La sombra del poema”). En “Viaje secreto”, donde el autor vuelve a convertirse en personaje, enlaza con el universo creativo de su novela Carrión para, entre otras cosas, cuestionarse sobre su propio quehacer artístico: “Porque un autor así, de tan marcada índole como Antonio Daganzo, poeta incluso siendo novelista, poeta ante todo, ¿iba a arrojarse únicamente por oficio a semejante empresa narrativa?”.

Pero sin duda las dos mejores narraciones del libro son la primera y la última. “Leila Sebastián” da título al volumen y es una preciosa y triste historia sobre amores perdidos, mentiras y engaños, que vaya el lector a saber por qué me hizo recordar Laura, la novela de Vera Caspary que tan magistralmente adaptó al cine Otto Preminger. Leyendo el relato de Daganzo, imaginaba a Leila con los rasgos bellísimos y enigmáticos de Gene Tierney. Por su parte, “Es un fracaso el mundo”, subtitulada “Nouvelle a tres voces y más”, es como ya dijimos una novela corta que abreva en Pirandello, Cortázar y Carlo Emilio Gadda y relata, con apariencia de diálogo teatral y puntuales intervenciones de un innominado narrador-autor, un divertido embrollo de tintes amorosos protagonizado por tres personajes (David, Miguel y Elio) a los que poco a poco, como si se escapasen del control de quien los ha creado, van sumándose muchos más hasta dar lugar a un pandemonio de voces que desemboca en un final más propio de un sainete o una screwball comedy y nos recuerda, que es a fin de cuentas lo que persigue Antonio Daganzo, que en efecto el mundo y los hombres somos a veces del todo incomprensibles.

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Archivo Entreletras

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