Poesía ante el tiempo y la inmortalidad
En esta colaboración para Entreletras, me propongo evocar a la poeta cartagenera, Carmen Conde (1907-1996). No ha gozado de la atención que merece y no porque le hayan faltado méritos.
Su poesía es de un recio lirismo, donde a poco que se observe, se pueden apreciar sus deseos velados, fantasmas interiores, el choque con unas normas sociales restrictivas y caducas, así como los deseos prohibidos fuente de contradicciones y desgarros.
Fue la primera mujer en ocupar un sillón en la Real Academia. Hubo que esperar hasta 1978 para derribar el muro de intolerancia y los prejuicios que habían impedido, por ejemplo, a Emilia Pardo Bazán, formar parte de la docta casa. En 1979, pronunció su discurso de ingreso cuyo título he llevado al frontispicio de este ensayo y que es digno de una lectura atenta y sosegada.
Le correspondió ser pionera. Abrió una puerta que otras, tras ella, traspasaron. Me parece significativo que, a su fallecimiento, el sillón “K” pasó a ser ocupado por Ana María Matute.
Comenzaré esta evocación sugiriendo la lectura de una biografía apasionada, acertada y reivindicativa de José Luis Ferris, que lleva por título “Carmen Conde vida, pasión y verso de una escritora olvidada”. Entre otros aciertos destaca la batalla interior que sostuvo, durante toda su vida, tanto contra unas normas sociales obsoletas como ante las sombras que constantemente la aguijoneaban.
Su obra es extensa y variada. Su curiosidad intelectual le hizo experimentar varios géneros. Fue una excelente poeta. Su prosa destila un lirismo profundo y valiente. Dejó tras sí, en su variada producción, novelas, ensayos, biografías y obras teatrales.
Iré desgranando sus obras más significativas. Sugiero a los lectores interesados que analicen, con atención “El tiempo es un río lentísimo de fuego”. Un hermoso título que contiene una lírica profunda y, en ocasiones, desbordante.
La posguerra fue una época dura, represora y en blanco y negro. Carmen Conde fue una víctima más de ese ambiente tóxico. Su poesía, sin embargo, es una reacción rebelde y un negarse a participar por acción u omisión en esa etapa de letargo cultural.
Sus palabras son hondas, doloridas… Su inteligencia siempre alerta le ayudó a sobrevivir y a dar testimonio de lo que todo un país estaba sufriendo. No son pocas las ocasiones en que expresa depresión y ansiedad mas lo hace con una técnica depurada como si de una pintura de Durero se tratara.
Fue la suya una energía luminosa. En ocasiones se muestra hierática, ocultándose tras una máscara para no mostrar sus heridas. Fue objeto de críticas despiadadas por parte de los que se consideraban representantes, exclusivos, de la cultura “oficial”, bendecida por una iglesia cómplice de muchos desmanes.
Rompió barreras y dejó tras sí un rastro inequívoco de su personalidad. Me limitaré a citar, tan sólo, alguno de estos logros. Fundó junto con Antonio Oliver la primera Universidad Popular de Cartagena.
Algunos autores y críticos la adscriben a la Generación del 27 y otros a la del 36. Lo cierto es que en su poesía se advierte la influencia de Juan Ramón Jiménez y de autores clásicos como Fray Luis de León.
El poeta Miguel Hernández visitó, con frecuencia, la Universidad Popular de Cartagena, así como la diputada socialista Margarita Nelken o María de Maeztu, directora de la Residencia de Señoritas. Un hecho que apenas se menciona, es que impartió clases en la “Casa de la Mujer” de la Agrupación de Mujeres Antifascistas.
Otro hecho, que no ha gozado de interés, más creo que es relevante, es que se instaló en un inmueble de la calle Velintonia, residencia de Vicente Aleixandre, declarada recientemente BIC (Bien de Interés Cultural), donde el futuro premio nobel la cobijó y protegió.
No quisiera pasar por alto sus antologías, entre las que podría destacarse, “Once grandes poetisas americohispanas”. Me parece, asimismo, relevante que realizó un viaje a China cuyas impresiones son un testimonio vivo de aquella experiencia singular.
Me gusta evocarla sentada en una mesa, escribiendo y pensando al fondo de una cristalera, tras la que se encuentra un jardín. Su poesía es reconcentrada, meditada, en ningún caso fruto de la precipitación. Tiene un lado rebelde, un poco salvaje, donde se aprecia un ímpetu vital contenido, tal vez amortiguado que es el resultado de un sufrimiento que la aguijonea por dentro.
La España de aquel tiempo olía a cerrado. Tal vez por eso, se aprecia un regusto amargo. Su lirismo es fruto de un estado de ánimo apacible, más se contagia del ambiente gris y agrio que la envuelve.
Tiene grabados en la memoria recuerdos del pasado. La suya es una sombra que se oculta y reaparece tras las columnas de un pórtico. En ocasiones se identifica con un naufrago que se resiste a perecer, en otras, ni quiere ni puede disimular su angustia vital.
Sabe captar la vida y toma una medida exacta de lo que la existencia ofrece. Había que andarse con pies de plomo y obviar con habilidad las advertencias, premoniciones y cautelas. Carmen Conde sabe imprimir a su lírica pasos firmes. Ha ido asimilando con el paso del tiempo, que la escalera de la vida hay que subirla despacio.
Quiero detenerme unos instantes en un poema perteneciente al libro “Humanas escrituras” que es un homenaje a Rosalía de Castro. Me llama la atención que ha elegido la técnica del collage, logrando un equilibrio entre su admiración por Rosalía y su fusión con la naturaleza que tiene algo de cósmica. Mezclando sus versos con algunos de la autora de “Las orillas del Sar”.
Yo no estoy triste, porque vas conmigo
y alumbro para ti porque viniste
a enseñarme a soñar.
Su identificación y su arrebato, logran efectos perdurables, que dan al poema un aire que tiene no poco de trágico y mucho de melancólico.
Si eres triste, mujer tan padecida,
por dolores de otros que en el tuyo
aumentan el grosor de tus desdichas,
ven conmigo, que yo aunque he sufrido,
le invisto fortaleza a la andadura
El final del poema tiene algo de estremecedor y no poco de telúrico, fundiéndose en un abrazo con la poeta gallega y la naturaleza.
porque tú, porque yo, ¡cuánto amamos la tierra!
aunque tú, como yo, ver el mar has querido
antes de reintegrarnos a la sombra.
La lírica de Carmen Conde, tiene una tendencia a contemplar y compartir la “respiración” con árboles, flores y estrellas. A veces, se siente frágil y vulnerable, más siempre saca fuerzas para resistir los envites que la pueden arrastrar a un derribo moral. Una luz interior, la mantiene viva y otorga a sus versos, un aire recio y ascético.
La sequedad, las grietas interiores muestran una mujer dolorida y enternecedora. Hay en su lírica dolor prolongado mas también, coraje. En alguno de sus poemas, son perceptibles confesiones cifradas e interrogantes interiores.
Si se analizan, con rigor, sus poemas, se extrae la conclusión de que “las cicatrices del dolor” siguen presentes. Se advierte en ellos angustias, miedos y renuncias, mas también, afectos sólidos y duraderos.
Quizás ha llegado el momento de citar un fragmento del poema “El recuerdo” perteneciente al libro “El tiempo es un río lentísimo de fuego”.
Forzar la memoria por si acudiere
mínima luz posible que alumbras
esta persecución que su afán hinca al olvido,
por recuperar el tiempo
que, aunque fundido, persiste oculto.
Es muy representativo que en Carmen Conde el dolor del mundo se funde con el dolor personal y su angustia forma parte de una angustia colectiva.
Podría mencionar no pocos cabos sueltos. Me limitaré, no obstante, a pasar por ellos sin detenerme. Su amistad y correspondencia con Ernestina de Champourcin. Su ensayo pedagógico “Por la escuela renovada”, en la línea de las publicaciones de las Misiones Pedagógicas. Igualmente es reseñable que Gabriela Mistral, le prologó su libro “Júbilos”
Me hubiese gustado, comentar con algún detenimiento, el poema en prosa “El Arcángel”, de carácter dialéctico, donde se enfrentan dos fuerzas a veces con violencia, que sólo una expresión depurada, atenúa.
No puedo dejar de referirme que el erotismo, la sensualidad y el cuerpo femenino son otra constante de su quehacer literario, donde por una parte se oculta y por otra se deja entrever su atracción por los amores prohibidos.
En un libro tan original y profundo como “A este lado de la eternidad”, surge con fuerza la rebeldía, ante la corrupción, el abuso de poder y la podredumbre que caracterizaban el periodo.
Es harto significativo el uso de un yo “lírico” que oculta conscientemente, el género de los personajes, poniendo de manifiesto, la persistencia de los deseos velados… y donde lo prohibido es un abismo que ejerce una fuerte atracción… pese a los miedos.
Me hubiera gustado hablar, también, de la donación de su obra a Cartagena y del pequeño Museo dedicado a dar testimonio de su memoria.
Su final fue triste. El alzheimer fue apagando lentamente su ímpetu en una residencia de Majadahonda.
Me hubiera gustado tratar más extensamente alguno de estos supuestos, mas la falta de espacio y tiempo me lo impide. Quizás en otra ocasión acometa la empresa. Para quienes no conocen sus poemarios, si se adentran en ellos les aguarda un asombro sostenido. Ese ir más lejos, que caracteriza a los poetas de raza.
La poesía de Carmen Conde, sabe desoír con estoicismo, las demandas de rendición. No quisiera dejar en el lector falsas impresiones. No fue una resentida, aunque no le faltaran motivos para ello.
Sus poemarios ponen de manifiesto que “La vida da vueltas con nosotros dentro”. En su lírica, hay tristeza, desasosiego, más no faltan los arrebatos de esperanza, rebeldía y hasta de fusión cósmica. Late con fuerza, asimismo, lo que podríamos denominar “la tragedia profunda de la esperanza”.
En sus poemarios se plasma el drama del peregrino que camina y camina persiguiendo una meta que parece inalcanzable. Algunos de sus poemas, son un grito desgarrador que cae en las tinieblas de un pozo, más incluso hasta las aguas estancadas llega el olor penetrante de jazmines.
He pretendido reivindicar la auténtica voz de Carmen Conde, que tal vez fue un verso suelto, una poesía que la dictadura quiso aplastar… sin conseguirlo.
Quisiera cerrar estas notas citando un fragmento de su poema “Las roncas semillas de la noche” perteneciente al libro “Los sonidos negros”
Los hombres se revuelven en el hambre
de la implacable tierra
que pide a los hombres que echen hombres
a sus rugosas fauces.
Reivindicar aquí y ahora a Carmen Conde es un deber de memoria. Estas notas son una invitación expresa a colocarla en el lugar que merece y a prestarle la atención que, hasta ahora, y con pocas pero significativas excepciones se le ha venido negando.











