junio de 2026

«El pintor de desnudos y otros relatos», de Elena Muñoz

El pintor de desnudos y otros relatos
Elena Muñoz
Ondina Ediciones, 2026
195 páginas

Un nuevo libro de la escritora madrileña, ripense (de Rivas Vacíamadrid) para más señas, acaba de llegar al mercado editorial bajo el sello Ondina Ediciones, “El pintor de desnudos y otros relatos”. Así se titula esta recopilación que puede ser un excelente compañero para afrontar los calores del estío y, sin duda, un libro que para quienes gustan del relato y el microrrelato seguro tendrá un lugar en esa biblioteca personal que va atesorando el lector o lectora con el paso del tiempo.

El libro, en efecto, contiene relatos y microrrelatos que fueron escritos hace tiempo y en algunos casos fueron publicados o leídos en diversos actos literarios o socioculturales. Recogidos en estas páginas, aparecen aquí distribuidos en dos bloques perfectamente definidos. Una docena de relatos y casi una veintena de microrrelatos. Algo más de treinta textos cautivadores, atractivos y bien ingeniados.

Relatos y microrrelatos cuyos argumentos deben quedar a buen recaudo en estas líneas, para no desentrañar su contenido o para evitar hacer “espóiler”, como suele decirse ahora, y al mismo tiempo invitar a su lectura manteniendo intacto todo lo que podrán descubrir si deciden adentrase en sus páginas.

Relatos y microrrelatos en los que podemos atisbar los fundamentos más significativos sobre los que Elena Muñoz a sustentado su literatura a lo largo de más de dos décadas, entre los que destacan un empleo señalado de la ficción unido a la presencia de la historia con mayúscula, en particular de la Historia del arte; una evidente tendencia a la literatura de misterio o suspense, y una mirada poética y humana de lo cotidiano que suele colarse en los relatos de Elena aportando espontaneidad a sus personajes y credibilidad a los acontecimientos que se narran, algo que es de agradecer.

Porque Elena Muñoz, a través de la imaginación, la fantasía, episodios históricos, la huella que han dejado las obras de arte y quienes las crearon, su inclinación por la literatura de misterio, de terror, de suspense e intriga (eso que conocemos en la actualidad con un “thriller”) ha ido construyendo obras que sorprenden y llegan con originalidad y honestidad al público lector.

Obras donde, entre otras cuestiones, la autora explora las fortalezas y debilidades de la condición humana, así como aspectos del pasado y del mundo de hoy. Y en algún caso incluso intenta vislumbrar situaciones que podrían darse en el futuro.

A primera vista, llama la atención el hermoso dibujo de ese rostro de mujer elegido para ilustrar la llamativa cubierta de “El pintor de desnudos y otros relatos”. Porque el diseño de las cubiertas de los libros es importante. Así me lo ha parecido siempre y también debe ser reseñado, ya que de algún modo supone un primer encuentro entre el propio libro y los futuros “devoradores” de sus páginas.

En “El pintor de desnudos…”, más allá de los temas que aborda la autora en cada uno de los relatos, hallamos ante todo literatura de calidad de una escritora que con cada libro ha ido ganando destreza en ese arte y oficio que es enfrentarse a la página en blanco para crear una obra que emocione, conmueva, enternezca, inquiete, aterrorice… Y como en las mejores colecciones de relatos en este libro hay variedad donde elegir.

En el marco de esta multiplicidad de contenidos, contextos y situaciones en la que se desarrolla la trama de cada uno de los relatos, emergen ciertos rasgos a tener en cuenta: la verosimilitud de lo que se narra en historias o argumentos que entrelazan ficción y realidad; la visión renovada con la que se tratan temáticas recurrentes que por su relevancia están presentes de una u otra forma en la literatura universal de todas las épocas y, por último, los giros argumentales o los inesperados finales con los que la autora resuelve su relatos.

Por sí mismos, estos rasgos confieren una personalidad singular al modo de narrar de esta autora que a lo largo de estas páginas hace gala de su indiscutible habilidad literaria para urdir historias sugerentes e inspiradoras.

Abre el libro un relato basado en la relación entre El Greco, ese magnífico pintor afincado en el Toledo de nuestro Siglo de Oro que fue uno de los grandes exponentes del Manierismo —aquel movimiento que surgió entre el Renacimiento y el Barroco—, y el poeta y orador Fray Félix de San Juan a quien el pintor de origen griego (cretense) retrató para la posteridad. De esta forma, el arte, ese elemento tan esencial en la narrativa de Elena, hace ya acto de presencia desde el inicio del libro.

De igual forma, el arte junto a la literatura de misterio tiene un lugar destacado en el siguiente relato que da título al libro, “El pintor de desnudos”. Una literatura de misterio cercana a la que practicaba esa maestra del género que fue Agatha Christie, una autora que sabemos es muy admirada por Elena Muñoz.  Anotar aquí que “El pintor de desnudos” es un relato estructurado en “cuatro actos” que de algún modo tiene una dimensión teatral y bien pudiera ser representado sobre un escenario.

Cierta entidad teatral se vislumbra igualmente en el relato de ciencia ficción “Los recolectores de libros”. Y algo de eso tiene, pues como explica la autora se escribió “como introducción a una lectura de textos dramatizada”. Confiesa la autora que en este texto percibiremos el eco de ese inquietante Mundo feliz que diseñó Aldous Husley. Pero también, así lo creo, de la impactante novela de Ray Bradbury transferida luego a la gran pantalla, Fahrenheit 451, donde los libros eran tratados como el peor enemigo de una sociedad futurista donde, como sucede en el relato de Muñoz, la poesía, la imaginación, la fantasía o cualquier factor capaz de desarrollar el intelecto o el pensamiento crítico deberá ser eliminado. Esperemos que con el advenimiento de la Inteligencia Artificial este relato no se convierta en profecía.

Los relatos se suceden en el libro. “Charol”, un relato de terror para desterrar temores; “Una cena con el doctor Freud”, historia inacabada donde la figura del psicoanalista austriaco se une a un personaje entre la historia y la leyenda sobre el que se han escrito ríos de tinta y que tan sólo sabrán de él cuando lean el libro; o el titulado “Valhalla”, donde la bebida más apreciada por los vikingos —qué no es la cerveza— adquiere un especial protagonismo.

El arte surge de nuevo para dar cuerpo a un relato que en su día formó parte de la antología Relatos del Prado, coordinada por Muñoz que editó Ondina Ediciones en 2020 con motivo del segundo centenario del Museo del Prado, donde participaron una treintena de firmas actuales. Me refiero a “La tabla de los pecados capitales”, basado en una obra de otro pintor excepcional El Bosco. Si desean saber de cuántas maneras se puede pecar sumérjanse en este relato, pero prepárense porque deberán hacer penitencia.

Tengan cuidado también con ciertas costumbres que pueden provocar la aparición de psicopatías no deseadas, como la dichosa costumbre de no servir el café en taza, pues como nos hace saber la autora servir el café en vaso, ya sea de cristal o de cualquier otro material, puede ser perjudicial para nuestra integridad física. Sabrán porqué cuando lean el relato dedicado a este asunto en apariencia baladí, pero mucho más trascendental de lo que parece.

Del mismo modo, la desbordante imaginación de la autora aborda otra vez el tema del terror, relacionado en esta ocasión con un ser monstruoso difícil de desenmascarar hasta que lo tienes encima y con el que ya les digo que no les gustaría tropezar. A renglón seguido, en el relato que viene a continuación nos aporta Muñoz una mirada renovada e incisiva de la historia, en este caso de la Edad Media castellana, centrada en la figura de doña Urraca de Zamora. Ambos temas son respectivamente epicentro de los relatos titulados “El oborot” y “El cerco de Zamora: traición o justicia”.

Cierra la primera parte del libro un relato con tintes autobiográficos, “El pozo infinito”, donde la escritora profundiza en lo más hondo de sí misma, a partir de fantasmas privados, pinceladas de terror psicológico, fantasías para huir de la realidad y el ejercicio de la escritura con una finalidad terapéutica.

Antes de realizar algunas anotaciones sobre el universo de los Microrrelatos de Elena Muñoz que componen la segunda parte de este libro, creo relevante comentar que Muñoz es una escritora que ha conseguido conformar un estilo muy personal y distintivo. En este sentido, la autora ha sabido proporcionar una identidad propia, tanto a sus novelas como a los trabajos recogidos en esta compilación, a través de una prosa caracterizada por un gran dinamismo, fuerza expresiva en sus descripciones y un vigor narrativo que imprime al devenir de cada una de las historias que narra en sus relatos.  A lo que habría que añadir la capacidad para construir personajes con acierto y el empleo de un lenguaje sin artificios innecesarios por medio del cual es capaz de llegar a un público lector muy amplio.

Subrayado esto, en los Microrrelatos que incluye el “Pintor de desnudos y otros relatos”, advertimos una continuidad en varios de los aspectos apuntados, pero también la aparición de nuevos ámbitos temáticos, donde hay lugar para la reflexión profunda y la indagación sobre la naturaleza humana utilizando esa “literatura de situación” que en muchos casos encuentra un espacio propicio en este género o subgénero, como prefieran, del microrrelato.

Así las cosas, mirar al prójimo con la atención que muchas veces requiere y hacerlo recurriendo a la fantasía termina germinando en espléndidos microrrelatos como “La sirena”. Otros, más ligeros, nos devuelven al romanticismo pasajero de los amores de verano o nos emplazan ante situaciones surrealistas como sucede en el relato “El cine y la vida misma”.

Igualmente, hallamos microrrelatos con tintes filosóficos y un objetivo pedagógico, como el titulado “Diálogo sobre el miedo y la derrota” o con un cierto trasfondo existencial donde la autora recurre al humor inteligente para dar rienda suelta a esas ideas que le gusta plasmar en sus microrrelatos, es el caso de “El mosquito”. Un humor que también está presente en un relato pseudoteológico, “Hoy me he encontrado con Dios”, donde la escritora acude al Altísimo para plantearle preguntas de difícil respuesta. Sabrán a lo que me refiero cuando lean el libro si lo consideran oportuno.

Asimismo, el poder del ingenio llevado a la invención literaria o la búsqueda de la felicidad emergen en “Mientras tanto” o “Carta abierta a una persona infeliz”, donde podemos leer reflexiones de calado como la que sigue: “La felicidad no es tener salud, ni amor, ni dinero, ni siquiera las tres cosas juntas, aunque a estas alturas de mi vida sigo sin saber, exactamente, qué es la felicidad. Lo que sí sé es lo que no es: ahondar un día tras otro en el sufrimiento, propio o ajeno, como si echar sal en la herida fuera la única manera de que los demás nos quieran, quejarnos, lamentarnos y, sobre todo, creer que somos únicos en nuestro penar.”. Tomen nota.

La galería de microrrelatos es amplia y surtida. Seguramente —voy a lanzarme a la piscina ya que aprieta el calor— porque casi toda la Elena Muñoz literaria está de un modo u otro en estos microrrelatos y en los relatos que los preceden. Por supuesto la Muñoz narradora, la conocedora de la Historia del arte, la poeta (porque a veces, como señaló Luis Quiñones, «la poesía está en la prosa como la prosa en la poesía»), la Elena Muñoz comprometida con la sociedad y las causas cívicas o la que explora la personalidad poliédrica del ser humano con todos los interrogantes y paradojas que conlleva.

En consecuencia, por ir finalizando, encontramos en el libro otros microrrelatos como “Monotonía”, donde la imagen de los trenes que van de un lugar a otro es una metáfora que contrapone dos maneras de afrontar la existencia: vivir la vida en plenitud o verla pasar sin más.

Por lo demás, la declaración de principios y valores éticos o morales que expone sin paliativos en los microrrelatos “No me gusta” y “No se puede tener todo” tienen también su reflejo en otros dos relatos que llegan a continuación, los titulados “La guerra de mi abuela”, sobre aquella contienda cainita entre las dos Españas que, parafraseando a don Antonio Machado, heló el corazón de tanta gente y “25 de noviembre”, un texto en el que denuncia la violencia de género.

Hasta diecinueve microrrelatos, como se ha mencionado, hallamos en la segunda parte del libro que sumados a los doce relatos hacen un total de treinta y una narraciones, las cuales, independientemente de la extensión de las mismas, configuran un compilación que a pesar de la diversidad de temas posee una unidad coherente, determinada por un estilo definido y ese “saber hacer” de Elena Muñoz para crear literatura.

En definitiva, “El pintor de desnudos y otros relatos” es un libro de lectura ágil, ameno y dinámico que reúne relatos y microrrelatos entretenidos, didácticos, inquietantes, afectivos, conmovedores… Un libro “comestible” para leer en cualquier momento y lugar.  Si se deciden…, qué lo disfruten.

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