junio de 2024 - VIII Año

ALGARABÍAS / “El trampitán”

Construcción de la Torre de Babel

Un poeta ficticio, José Bastida, protagonista de la novela La saga/fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester (por cierto, uno de los grandes monumentos literarios del siglo XX español), toma la decisión de escribir en una lengua propia, inventada por él y por él solo descifrable. Habida cuenta de la escasa fortuna de sus versos anteriores, escritos en castellano, escoge la ininteligibilidad, pero sin renunciar ―y esto es lo importante― a la eufonía, a la belleza musical de las sílabas. Como testimonio de su labor solipsista (toda la poesía lo es, en cierto modo y en ciertos momentos), nos presenta un soneto:

Velmá, nora tilvó, noscamor leca
Fos madele se gáspel ganco cía
De prasla xelvetá regal betía
Mor ásluacan xirgós colpí delbeca.

Banó delcoprapá ventamireca
Vintila mastrilmó liacón quosnía.
Faján madén ilsá malagu’stía
Ibérder espelmer loarey ben neca.

Falja’stién bodunclós visonta pido,
Men, taske ulcor abán loscué goalcado,
Kúrkula’skeánmolrío talmén teán vido.

Usquem vo nel norám noscamor cado,
Terán velí, zamasterán geldido.
Molto terán, banó vo mal goldado.

Desconcierta sin duda este exótico idioma, que recuerda unas veces al islandés y otras al euskera, pero el lector siente muy familiares los acentos, las rimas, las vocales… ¡Tate! Don Gonzalo se está quedando con nosotros: estamos ante el conocidísimo soneto de Quevedo, «Amor constante más allá de la muerte», disfrazado de poema fonético. Claro: «Molto terán, banó vo mal goldado», ya decía yo que me sonaba: «Polvo serán, mas polvo enamorado». Pero lo que el experimento / broma de Torrente Ballester demuestra es cómo el poema conserva en gran medida su empaque si eliminamos la letra y dejamos, por así decirlo, solo la música.

Las vanguardias, medio en broma, medio en serio ―como siempre― recorrieron este camino que acerca la poesía a la música. El poeta cubano Mariano Brull (1891-1956) escribió un poema breve y juguetón que tituló «Jitanjáfora»: el término ―precioso― fue popularizado posteriormente por Alfonso Reyes.

JITANJÁFORA

Filiflama alabe cundre
ala olalúnea alífera
alveola jitanjáfora
liris salumba salífera

Olivia oleo olorife
alalai cánfora sandra
milingítara girófora
zumbra ulalindre calandra.

Estos juegos lingüísticos fueron también muy del gusto de Vicente Huidobro, que en el canto VII de su Altazor dijo, entre otras cosas, que

Tralalá
Ai ai mareciente y eternauta
Redondella tallerendo lucenario
Ia ia
Laribamba
Laribamba planerella,

con lo cual es imposible no estar de acuerdo. Muchos experimentos hubo y sigue habiendo en esta línea de la poesía fonética, entre lo perfectamente serio y lo inequívocamente jocoso. Desternillantes son, por ejemplo, la canción cabaretera que interpreta Chaplin en Tiempos modernos (Modern Times, 1936); o el grammelot, esa especie de caricatura de una lengua, que practicaba con entusiasmo y eficacia el Nobel Dario Fo (1926-2016). Conocidos son los más serios ―y, sobre todo, más sensuales― textos escritos por Cortázar en el famoso, lúdico y erótico gíglico en el que se relatan los momentos de intensidad amatoria de Oliveira y la Maga en Rayuela: «Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes». No tan radical como la jitanjáfora, pero mucho más sugerente.

Ahora bien, la inspiración directa de Torrente Ballester para el idiolecto poético de Bastida no fue ninguno de los autores citados, ni otros muchos que se divirtieron y/o se quedaron con el personal realizando este tipo de experimentos, sino un personaje estrictamente decimonónico, anterior a los movimientos de vanguardia, un polígrafo provinciano y excéntrico, don Juan de la Coba (1829-1899). Aunque todo lo relacionado con él parece invención tabernaria, fue un señor que existió realmente y que paseó sus huesos por Orense durante el antepasado siglo. Transitó los caminos que van de la simple excentricidad a la sandez más concluyente, pasando por cierta especie de genialidad que es concedida a muy pocos mortales. Inventó, por ejemplo, un maravilloso medio de locomoción, el pirandárgallo, un artilugio similar a un globo que permitía desplazarse a cualquier lugar de la Tierra mediante el sencillo procedimiento de elevarse a cierta altura, y aguardar a que el planeta, con su movimiento de rotación, hiciera el resto. Mientras el pirandargallonauta estaba suspendido en el aire, la Tierra pasaba velozmente bajo sus pies: en el momento de ver pasar China (es un suponer), el audaz viajero descendía, si tenía ganas, a visitar el país y charlar un rato con los paisanos. Para regresar, solo era cosa de volver a elevarse y aguardar, como quien espera el autobús, a que por debajo de él pasara la ciudad de Orense.

Son otros muchos los inventos de este precursor incomprendido ―como, no me resisto a anotar, un paraguas universal que habría que instalar en el Polo Norte y que cubriría todo el hemisferio boreal―, y muchos los autores que se han ocupado de su historia y su leyenda: Carlos Casares le dedicó una biografía, en lengua gallega (Biografía de Don Juan de la Coba, Galáxia, Vigo, 2000), y otro orensano ilustre, el poeta José Ángel Valente, se inspiró para un poema en una curiosa y seguramente apócrifa anécdota de don Juan: cuéntase que andaba el escribidor preocupado porque, cada vez que quería escribir un drama, le salía una ópera. Contra su voluntad. Hasta que un amigo descubrió que lo que le pasaba es que tenía un ángel en la boca. Lo cuenta Valente, sin nombrar en ningún momento a don Juan, en un poema en prosa, «Variación sobre el ángel», incluido en su libro Nueve enunciaciones (1982):

«Había en mi pueblo, de cuyo nombre no quiero acordarme, un poeta que escribía tragedias. Luego las leía a los señores del casino, que se las celebraban con aplauso, pero que previamente, aunados en un común sentir, le aseguraban que eran óperas. Cada vez que el poeta escribía una tragedia le salía una ópera.

 »Como el suceso parecía bastante extraordinario, el poeta fue objeto de fingidos exámenes gracias a los cuales pudo descubrirse que en el cielo de la boca tenía un ángel. En su paso a través del ángel, la materia trágica emitida se transformaba para los oyentes en materia musical y cantada. El poeta fue expuesto, con la boca abierta, en el escaparate de un comercio de tejidos, para que el común de las gentes pudiera ver el ángel».

Pero si don Juan de la Coba fascinó a Torrente Ballester fue en tanto que creador de un lenguaje poético inventado como el que utiliza en La saga/fuga José Bastida y que responde al pintoresco nombre de trampitán. El trampitán nació de las dificultades que don Juan, aficionado a la poesía, tenía para encontrar rimas consonantes para sus versos. Harto de devanarse los sesos y de fatigar inútilmente los diccionarios, decidió, como Alejandro, cortar el nudo gordiano, solucionar el problema de raíz e inventarse un idioma propio, a la medida de sus necesidades. Dice Carlos Casares en la biografía antes citada de don Juan, no sin cierta sorna, que el trampitán es el triunfo de la libertad creadora sobre la lógica y las convenciones. «é o triunfo da liberdade creadora e a ruptura coa lóxica e as convencións da literatura pechada no círculo coutante do sentido». El trampitán, explica el profesor Figueira Valverde, autor de un estudio sobre este singular idioma, consta solo de veinte formas fijas. El resto son variables: la preposición con, por ejemplo, puede expresarse en trampitán de cinco formas distintas: «min», «ro» «fer» «sine» y «os», La gran ventaja de este idioma es, afirma Figueira Valverde, poder llamar a las cosas como nos parece que deban llamarse en cada momento. Como al hablante de trampitán le venga en gana, vaya. Evidentes son las ventajas que tal maleabilidad del lenguaje ofrece a la hora de componer versos.

No he podido localizar muchos textos escritos en trampitán. Además de poemas, sé que don Juan de la Coba escribió también un drama, que se le convirtió, sin que pudiera remediarlo (por culpa, ya lo sabemos, del ángel aquel), en una ópera, La Trampitana. Carlos Casares cita las frases iniciales, que intercambian los protagonistas, Bertoldo y Paulina:

BERTOLDO.― Sus sos pusus ferpe oselete, /
                          Tretos ortase lareta zon.

PAULINA.― Pengo dofino la sobenete,
                      Pe to anofo tofo os quiquitón.

Tranquilícese el respetable, que a continuación viene la equivalencia en castellano. Lo que dice Bertoldo es: «Los dos ya somos en que embeleso / eres ilustre preclara luz». A lo que contesta Paulina, descocada: «Pongo testigo al universo / que te amo tanto con fortitud». Uno casi prefiere la versión original sin subtítulos.

En una época en que muchos emprendían la búsqueda de una lengua universal, el singular don Juan de la Coba prefirió dedicarse a la creación de una lengua de uso estrictamente personal, en la que cada palabra significa dócilmente lo que a él le dé la gana. No puede negarse que es un adelanto. En el trampitán no hacen falta diccionarios ni gramáticas: el idioma se va haciendo (a fin de cuentas, el habla es «enérgeia», decía Humboldt) y se estira y se encoge a voluntad del usuario. Por supuesto, nadie lo va a entender, pero eso es lo de menos. Ya lo dice Humpty Dumpty en Alicia en el país de las maravillas: «Cuando yo uso una palabra […], quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos. […] La cuestión es saber quién es el que manda».

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