julio de 2026

PRETÉRITO PERFECTO / ¡A hacer la digestión!

Familia en la piscina

En los calurosos días de verano, o sea, casi todos, la mejor noticia que podían darme mis padres era que iríamos a pasar el día a la piscina, el río o la playa; caso este último que, si la paga de julio de mi santo padre, igualmente cabeza de familia, traía consigo incluso pasar unas escuetas vacaciones en algún apartamento, hostal o pensión de una ciudad, pueblo o simple pedanía que dispusiera de acceso al mar. Es decir, que tuviera playa, ya fuera de arena, pedruscos o «chinicos» —véase piedras pequeñas que, al pisarlas, se clavan en la planta de los pies como si fueran puñales recién afilados—.

En definitiva, que la buena disposición paternal permitiera combatir el asfixiante calor de aquel día cociéndose bajo el sol, pero con la posibilidad de aliviar el bochorno, la canícula, la calorina, la sofoquina, la «caló» o el «torrao» pasados por agua, curiosamente igual que los huevos que mi madre solía preparar para cenar.

Y así, con esa ilusión desmedida solía acudir con mi familia a uno u otro sitio dispuesto a que aquel día fuera «el mejor de mi vida». Por supuesto, tal y como estaba previsto, todo empezaba estupendamente: muchos juegos, estupendos baños —siempre sin olvidarme de llevar bien puestos los manguitos o, en su defecto, el «rosco» (véase flotador) bien hinchado de aire—, alguna ahogadilla que otra y… ¡a comer!

Familia en el río. Toledanos bañándose en el río Tajo hacia 1965. Foto: Hermanos Caballero.

Lo del almuerzo prometía ser otro estupendo momento, habida cuenta de que, para tan emocionante ocasión, mi madre había convenientemente preparado un poco de «chorizo pamplonica» para el aperitivo, tortilla de patatas, filetes empanados, claro estaba, y, de postre, una sandía de doce kilos de gorda. En definitiva, un menú de lo más socorrido para saciar el voraz apetito veraniego. ¡Ah!, y todo ello bien regado con vino tinto con gaseosa o sifón, según costumbre y gusto, a veces apto para todos los públicos, como era mi caso particular, a quien la gaseosa, especialmente La Revoltosa, me volvía loco.

Hasta ahí todo perfecto. El problema surgía inmediatamente después de almorzar, o sea, cuando, ¡oh inocente de mí!, se me ocurría emitir aquella «improcedente» pregunta que rezaba: «¿Me puedo bañar ya?». Una simple interpelación, a la que mi madre respondía ipso facto con absoluta contundencia: «¡Pero ¿cómo que bañarse ya?! ¡Antes tendrás que hacer la digestión!».

Familia en la playa

Y esa era precisamente la maldita palabra que me amargaba el resto del día: «digestión». Y es que no se sabía muy bien en virtud de qué preciso y completo estudio científico las madres, como la mía, sabían que, después de comer, había que esperar al menos ¡dos horas y media antes de poder bañarse!, con el fin de evitar que «se cortara la digestión». El horario de restricciones se complicaba aún más cuando se había digerido el dichoso filete empanado. En tal caso, la digestión se extendía incomprensiblemente a las tres o tres horas y media, según la fuente científica a la que cada madre hubiese acudido a informarse con absoluta precisión.

Resultado: pues lo mismo de siempre, que «el mejor día de mi vida» se acababa reduciendo «al mejor medio día», considerando que las tardes en la piscina, en el río o en la playa terminaban después de degustar el famoso menú veraniego, y ya no quedaba otra opción que pasar el resto del día haciendo castillos de arena, deshinchando el rosco, dándole patadas sin sentido al balón de Nivea que también nos habíamos llevado, buscando conchas en la orilla o jugando al parchís con la prima que había tenido a bien venir a pasar el día con nosotros y, por ende, a disfrutar de una tediosa e «indigesta» tarde de verano

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Archivo Entreletras

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