¡Mis queridos palomiteros!
El pasado martes, 14 de abril, tuve la suerte de acudir a la inauguración de la exposición Pelo de tormenta en el Teatro Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa. Para mí, el acto tuvo un significado especial que iba mucho más allá de lo puramente institucional: hace veintinueve años, también la fortuna me llevó a estar presente en el estreno original de la obra.
Ahora, en el corazón de la plaza de Colón, esta exposición sobre Pelo de tormenta no solo recupera aquel épico montaje —en una de las salas se puede ver el vídeo de tan icónica pieza— sino que nos devuelve la fuerza de una de las voces más singulares del teatro español. Es, ante todo, un ejercicio de memoria sobre una obra relegada por cuestiones políticas y sobre un creador irrepetible cuya huella sigue viva diez años después de su muerte.

La mencionada muestra, abierta hasta el 19 de julio, entrelaza dos fechas clave: el décimo aniversario del fallecimiento de Francisco Nieva y los casi treinta años del estreno de Pelo de tormenta, una de sus piezas más emblemáticas. Escrita en 1961, la obra permaneció durante décadas en una suerte de limbo, víctima de la censura franquista y de su propia complejidad. Y no fue hasta 1997 cuando vio finalmente la luz en el Teatro María Guerrero, bajo la dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente, en una producción del Centro Dramático Nacional que marcaría un antes y un después para el autor. No estoy muy seguro de que ya por entonces De la Fuente estaba haciendo —era consciente— nueva la historia de nuestro teatro.
Un teatro “furioso” hecho materia

Más que limitarse a recordar aquel montaje, la exposición consigue reconstruirlo. El vestuario original, las fotografías y los bocetos permiten al visitante adentrarse en el proceso creativo de una obra que el propio Nieva definía como una “reópera”, un artilugio escénico exuberante y deliberadamente excesivo.
Entre las piezas expuestas destacan los diseños de Pedro Moreno y las imágenes de Juan Antonio Díaz ‘Chicho’, que documentan la potencia visual de aquel entonces. El recorrido recupera también la historia de un reparto que reunió nombres como Pilar Bardem, Rossy de Palma o Ágata Lys, figuras clave de una escena que abrazaba el exceso como forma de libertad.
Lejos de la nostalgia, la propuesta se plantea como una inmersión en el universo estético de Nieva, donde conviven lo popular y lo sagrado, lo grotesco y lo sublime. Pelo de tormenta es la síntesis de su “teatro furioso”, esa celebración que mezcla religión, deseo y sátira en un mismo impulso.

Un legado que sigue interpelando
La recuperación de este montaje no es casual. En un contexto cultural volcado en revisitar su pasado, la figura de Nieva se afirma como la de un autor indómito, cuya obra sigue poniendo en jaque los límites entre lo clásico y lo vanguardista.
Volver al Fernán Gómez estos días es casi un viaje en el tiempo. Es la suerte de reencontrarnos con la conmoción que sentimos en el 97, o de ver por fin a esos nuevos espectadores descubrir que el teatro puede -y debe- sacudirnos el alma.
Pelo de tormenta vuelve treinta años después con la misma fuerza, recordándonos que las grandes obras no envejecen, solo esperan su momento. Como decía Nieva, el teatro vivo no es un espejo de la realidad, sino un desborde constante. Y es en ese exceso, tan humano y tan libre, donde por fin volvemos a encontrarnos.











