
Hegel (1770-1831) en sus Lecciones de Historia de la Filosofía (1832), afirmó que Descartes (1596-1650) fue el primer filósofo moderno o, mejor, el creador de la Filosofía Moderna. Una filosofía original, nueva e independiente, procedente sólo de la razón y construida sobre bases propias, que abandonó definitivamente la despreciable teología filosofante medieval, la detestable escolástica. Con Descartes habría comenzado la cultura moderna y él fue el titán intelectual que abordó la gigantesca empresa de re-elaborar toda la filosofía, desde cero, para reconstruirla bajo la certeza absoluta del cogito ergo sum. Pero, ¿fue realmente así?
Las primeras historias generales la filosofía occidental, inclusivas ya de la denominada filosofía moderna, son alemanas y aparecieron durante la Ilustración, hacia mediados del siglo XVIII. La primera fue obra de Jacob Brucker (1696-1770), un pastor luterano que, entre 1742 y 1744, realizó una muy completa exposición histórica de lo que hoy se denomina “filosofía moderna”, en una historia completa de las escuelas filosóficas surgidas, desde la antigüedad, hasta el siglo XVIII. Wilhelm Gottlieb Tennemann (1761- 1819), también luterano y muy influenciado por Kant (1724-1804), que fue catedrático de Historia de la Filosofía en la Universidad de Jena, hasta su muerte, publicó otra a partir de 1798. Pero eran historias solo descriptivas. Hubo que esperar a Hegel (1770-1831) para que hubiese una historia de la filosofía prescriptiva, en términos de canon generalmente aceptado.
Tras las Lecciones de Historia de la Filosofía, de Hegel, casi todas las Historias de la Filosofía usuales, como la Historia de la Filosofía Occidental (1945), de Bertrand Russell (1872-1970), han afirmado que Descartes creó la filosofía moderna y rompió definitivamente con la filosofía anterior, especialmente con la escolástica medieval. Ambas afirmaciones son erróneas. En todas esas historias de la filosofía el siglo XVI queda definido como vacío paréntesis en la historia del pensamiento, otro error, que “no pudo” volver a despuntar hasta Descartes y Bacon (1561-1626), “primeros” filósofos modernos. Y en todas ellas, se subraya que el hecho más importante del siglo XVI, incluso en lo teórico, fue la reforma protestante de Lutero (1483-1546) y Calvino (1509-1564). El siglo XVI, época dorada de la Escuela Española, ha quedado así borrado de la historia del pensamiento.
Nunca existió una “escolástica medieval” única
La filosofía cristiana medieval, comúnmente denominada “escolástica”, y que es origen directo de la filosofía moderna, no fue una y unívoca. En realidad, no es posible de hablar de “la escolástica medieval” sin incurrir en un grosero error. Nunca existió “la escolástica medieval”, pues fueron dos, al menos: la escolástica de los dominicos, cuya figura más señera es Santo Tomás de Aquino (1225-1274), y la escolástica franciscana, de la que fueron máximos exponentes Duns Escoto (1266-1308) y Guillermo de Ockham (1287-1347). Y quizá habría que añadir el “averroísmo”. Filosofías divergentes todas ellas entre sí. De lo que se debería hablar, pues, es de “las escolásticas medievales”, en plural, no de “la escolástica”.
El pensamiento medieval, pese a su común fundamento cristiano, no consiguió integrar la filosofía y unificarla. Ese viejo sueño de Cicerón, propósito de Santo Tomás y también de Pico della Mirandola (1463–1494), nunca se alcanzó. A finales del siglo XIV, la filosofía se sumió en una profunda crisis, poniendo al emergente humanismo ante la tarea de reorganizarla en los siglos siguientes. Los puntos de polémica eran el logicismo, la realidad de los universales y la primacía de la razón de los dominicos, frente al empirismo, el nominalismo y la primacía de la voluntad de los franciscanos. La renovación y reorganización de la filosofía fue la gran empresa filosófica del Renacimiento, desde comienzos del siglo XVI, con autores como Juan Luis Vives (1492-1540), Francisco de Vitoria (1483-1546) y Francisco Suárez (1548-1617). Pero estos autores, españoles y católicos, no fueron muy apreciados nunca por el idealismo y el empirismo, corrientes ambas de fuerte raigambre y de inspiración en la escolástica franciscana, al igual que le sucede al protestantismo, en su conjunto.
La filosofía renacentista hispana resolvió los problemas de la filosofía medieval, armonizando el tomismo con el escotismo y el ockhamismo, sobre bases racionalistas. Al reformular la filosofía, Vives separó y liberó a ésta de la teología, es decir, abandonó el pensamiento medieval y dio nacimiento la filosofía moderna, de base “racionalista”. Un racionalismo realista y objetivista, crítico con la “tradición realista” de aristotelismo y tomismo, por considerarla “un realismo ingenuo”. Mas ese racionalismo abrió también las vías que condujeron a Bacon (1561-1626), a Descartes, a Spinoza (1632-1677) y a Leibniz (1646-1716). Autores estos últimos que, más que crear la filosofía moderna, dieron un giro subjetivista al racionalismo renacentista, bajo influencia de la escolástica franciscana.
La denominada “filosofía moderna” y la escolástica franciscana
El pensamiento hispano renacentista reformuló la filosofía para solventar y asumir, en lo que eran razonables, las objeciones críticas de Escoto y Ockham al tomismo, incluso modificándolo cuando así se consideró. Los maestros españoles, no buscaron establecer preeminencias, sino armonizar la filosofía con la verdad como guía. Además de solventar las disputas entre dominicos y franciscanos, también incorporaron los nuevos saberes científicos que empezaron a desarrollarse en el Renacimiento, con sus problemáticas epistemológicas, sobre todo Vives en su De Disciplinis. Pero mantuvieron y mejoraron el racionalismo realista y objetivista tradicionales, al que consideraron un realismo “ingenuo”, pues confundía las palabras (los universales) con la realidad (polémica del nominalismo). Esto explica, en parte, cómo los llamados “filósofos modernos” pudieron conocer y retomar tesis de la escolástica franciscana
Entre los siglos XIII y XVII, predominó la filosofía realista frente a la escolástica franciscana. Pero en el siglo XVII, con base en esa última, surgirían filosofías divergentes y hasta contrarias a la filosofía renovada del siglo XVI, a la que se calificó de “neo-escolástica”, para descalificarla ligándola al medievo. A los autores hispanos, que revisaron críticamente el tomismo, se les alineó con la escolástica dominica (“neo-escolásticos”), para descartarlos. En primer lugar, surgió el racionalismo subjetivista e idealista (Descartes), que criticó el “realismo”, con la excusa de evitar cualquier escepticismo, centrando el conocimiento y la filosofía en el sujeto y no en la realidad. También los empiristas. Finalmente, llegó la crítica kantiana, un intento fallido de superar las diferencias entre los diferentes subjetivismos.
Mas, en esas “no nuevas” filosofías inauguradas por Descartes y Bacon, la base fundamental fue también la escolástica, pero la franciscana. Una escolástica ésta que logró ocultar o difuminar su procedencia igualmente escolástica y medieval, y así, se la ha presentado comúnmente como la “filosofía moderna”, frente a la filosofía precedente, a la que se denominó “neo-escolástica”, en general, casi como una descalificación de “medieval” o “atrasada”. El desarrollo de la filosofía moderna ha sido la continuación, desde nuevas bases, de las discrepancias y polémicas iniciadas en la Edad Media entre los escolásticos dominicos y franciscanos, pero adaptadas a la nueva mentalidad y a los nuevos saberes científicos.
La modernidad, es decir, la escolástica franciscana
Lo que, a partir de las Lecciones de Historia de la Filosofía de Hegel, se ha denominado “filosofía moderna”, es decir desde Descartes, fue el desarrollo de las viejas tesis de Escoto y de Ockham, y de la escolástica franciscana en general. Y con un éxito indudable en los siglos XVIII, XIX y XX, frente a las filosofías “realistas”. El racionalismo realista prevaleció hasta el siglo XVII, con las Disputaciones Metafísicas de Suárez, maestro de los “filósofos modernos”. Un autor paradójico Suárez: siendo católico y contrario a la reforma protestante, fue estudiado en todas las universidades protestantes de Alemania, Holanda, Inglaterra o Escandinavia, hasta muy entrado el siglo XVIII. Quizá porque el racionalismo realista de Suárez se había decantado, en parte, por el realismo de Escoto y el nominalismo de Ockham, frente a Santo Tomás. Como dijo Julián Marías, la filosofía europea moderna es hija, aunque ingrata, de la filosofía española: durante casi dos siglos Europa aprendió la filosofía en Suárez, pero no aprendió la filosofía de Suárez.
El voluntarismo teológico de Escoto (la ley natural es la voluntad de Dios) sentó las bases teóricas con las que el calvinista Bodino (1530-1596) definió la soberanía política: el gobernante (dios secular), fuente última de la ley a través de su voluntad. Y Maquiavelo (1469-1527), que tanto influiría en Lutero, dio a Escoto un viraje secularizador: dejó de buscar la justicia en los cielos, en favor de la eficacia en el mundo. Escoto había «desacralizado» la metafísica, lo que también sirvió a Descartes para su sistema, en el que el sujeto (el «yo»), es el principio ordenador mediante su voluntad. Sin el énfasis de Escoto en el individuo-sujeto y en la importancia de la voluntad, el Cogito ergo sum de Descartes habría tenido un suelo mucho más frágil.
El empirismo británico, muy influido por la escolástica franciscana, se inspiró en Rogerio Bacon (1220-1292) y Ockham, ambos franciscanos. Francis Bacon (1561-1626), conocedor de las obras de Vives y Suárez, se convirtió en el «heredero» de Ockham. Aplicó la lógica nominalista a la investigación práctica: la ruptura de Ockham con la Iglesia y la metafísica, están en las bases del método científico de Bacon. Y Hobbes es casi un «Ockham secularizado». Donde Ockham había situado a Dios omnipotente, cuya voluntad es ley absoluta, Hobbes puso al Estado-Leviatán (el «Dios mortal»). Y tanto uno como otro rompieron con la tradición aristotélico-tomista, que veía al hombre como un «animal político» por naturaleza, prefiriendo verlo como un individuo aislado y libre, que solo se une a otros por conveniencia y mediante convenio o pacto social.
Y, al final…
Los llamados “filósofos modernos”, difuminaron y ocultaron su dependencia de la “escolástica franciscana”. Pero esa dependencia intelectual de la modernidad respecto a escolástica franciscana, es lo que permite comprender cabalmente cómo ha sido el desarrollo del pensamiento moderno hasta hoy. Sin mistificaciones, ni descalificaciones de “medievalismo”, que tanto se prodigaron en los siglos XVIII, XIX y XX.
Como decía Ortega y Gasset, la modernidad fue el gran despliegue de la “cristianidad” (sic), pues viene detrás de la Cristiandad, del apogeo del cristianismo, pero ya no es éste, pues viene a continuación como su despliegue integral. Los debates suscitados por la filosofía moderna fueron planteados y hasta iniciados dentro del mismo cristianismo, en las polémicas planteadas entre las diferentes escolásticas medievales, sobre todo las de dominicos y franciscanos.
Quizá fuese por razones extra-filosóficas (prejuicios anti-católicos, negrolegendarismo anti-hispano, etc.), pero la llamada filosofía moderna, abandonó el camino seguro de la tradición filosófica general, objetivista y realista, reforzada en el siglo XVI por la filosofía hispana, a la que se descalificó por “escolástica”, y tomó la senda perdida de un subjetivismo voluntarista sin horizonte, inspirado por la escolástica franciscana.
De ese “éxito”, valga la expresión, franciscano en el debate conformador del denominado pensamiento moderno, procede la crisis actual de la filosofía, realmente dramática en su postración, tras haber sufrido la destructiva última oleada del subjetivismo radical de origen “moderno”, que fue la llamada filosofía posmoderna, a finales del siglo XX.





