¡Mis queridos palomiteros!
Sideral Cinema estrenó el 16 de octubre en las salas españolas La voz quebrada, el cuarto largometraje escrito y dirigido por Manuel Menchón. El cineasta malagueño, de 49 años, presentó la película el 24 de septiembre en las Galas RTVE del Festival de San Sebastián.
El documental aborda la relación sentimental entre Federico García Lorca (1898-1936) y Juan Ramírez de Lucas (1917-2010), a quien investigadores como Manuel Francisco Reina y José Moreno Arenas identifican como el último amor del poeta. Las memorias, cartas y fotografías que guardó el albaceteño permiten reconstruir una parte de aquella historia hasta entonces desconocida para el gran público.
Ambos proyectaron viajar a México en el verano de 1936, pero la Guerra Civil y el asesinato de Lorca frustraron sus planes. Juan guardó silencio sobre su relación durante más de setenta años y dejó indicado que sus documentos se conocieran después de su muerte. Esa voluntad proporciona al director el punto de partida de su película.
Tras Malta Radio (2009), La isla del viento (2015) y Palabras para un fin del mundo (2020), Menchón vuelve al material de archivo. En esta última obra, dedicada a los meses finales de Miguel de Unamuno, ya había concedido protagonismo a los testimonios de quienes vivieron los acontecimientos. Ahora prescinde de entrevistas y narrador omnisciente para confiar el relato a diarios, correspondencia, periódicos y filmaciones.
Su atención se dirige a la etapa final del vínculo entre el escritor granadino y el joven al que dedicó el romance conocido por su primer verso, “Aquel rubio de Albacete”, difundido públicamente en 2012. Esta elección permite seguir la historia desde una perspectiva íntima, sin pretender abarcar toda la biografía lorquiana.
La contienda tampoco se convierte en un asunto paralelo. Menchón incorpora textos de Franco y de Queipo de Llano que sitúan los acontecimientos en su contexto político, pero evita recurrir a discursos añadidos.
Las voces de Lorca y Ramírez
Las interpretaciones vocales adquieren aquí un peso decisivo. Álvaro Morte presta su voz a Lorca, Francesco Carril interpreta al joven Ramírez de Lucas y Joaquín Notario al Juan adulto. Completan el reparto Pedro Casablanc, Verónica Sánchez, Víctor Clavijo, María Galiana y Alberto San Juan. Todos cumplen con solvencia y evitan la declamación excesiva. Las palabras contienen por sí mismas suficiente tensión dramática y los actores aciertan al respetar su carácter testimonial. Así, la interpretación acompaña al trabajo sin imponerse sobre él.
Además, el título alude a dos ausencias diferentes. No se conoce ninguna grabación sonora de Lorca, por lo que resulta imposible reproducir con exactitud su manera de hablar. La voz de Ramírez de Lucas llega, en cambio, a través de las palabras que dejó escritas. Menchón encuentra en esta diferencia uno de los aspectos más sugerentes del documental. El mismo problema se plantea en el teatro, aunque su respuesta es distinta: en Poeta (perdido) en Nueva York, Jesús Torres encarna al escritor granadino a partir de sus cartas y poemas.
El montaje, entre el rigor y la libertad visual
La dirección depende principalmente de cómo se organizan las imágenes y el sonido. Durante sus 88 minutos, Menchón alterna documentación histórica, fotografías, metraje restaurado y secuencias de carácter más libre. El ritmo pausado favorece la intimidad del relato sin renunciar a una elaboración cinematográfica propia. En los pasajes sobre la última carta de Lorca y el viaje frustrado a México, las imágenes enriquecen el texto en lugar de solo ilustrarlo.
Ahora bien, tanta libertad en el montaje puede jugar en su contra. A veces las imágenes se conectan más por pura estética que por aportar a la historia, lo que hace que lo visual termine eclipsando al propio testimonio.
Por su parte, las imágenes restauradas de Lorca en el contexto de La Barraca ofrecen uno de los hallazgos más valiosos. El poeta deja de ser el rostro inmóvil de tantas fotografías para aparecer en movimiento, sonreír y mirar hacia la cámara. Durante unos instantes recupera una presencia física que los documentos escritos no pueden transmitir.
El documental concluye con Canción de invierno, composición juvenil de Lorca subtitulada Romanza sin palabras, fechada el 29 de enero de 1916, cuando tenía diecisiete años. Iván Palomares, responsable de la banda sonora original, realizó el arreglo e interpretó al piano esta pieza que nadie había registrado hasta ahora. Su inclusión resulta especialmente acertada, porque permite escuchar una creación musical desconocida del poeta precisamente al término de una película dedicada a recuperar voces que tardaron décadas en llegar al público.

Pese a ello, en algunos pasajes de este trabajo de Menchón aflora todavía cierto academicismo. Frente a recreaciones de ficción como Lorca, muerte de un poeta (Juan Antonio Bardem, 1987) o La luz prodigiosa (Miguel Hermoso, 2003), el cineasta se ciñe estrictamente a las fuentes existentes y rehúsa completar los huecos con invenciones, aunque exige un lenguaje formal capaz de dotar de fuerza dramática a las imágenes y textos de la época.
Más allá de sus virtudes cinematográficas, el largometraje concede a Ramírez de Lucas una entidad que las biografías más conocidas de Lorca no siempre le habían reconocido. Deja de figurar únicamente como el destinatario de un poema, mientras Federico aparece menos como un icono literario y más como un hombre enamorado, sujeto a dudas y deseos que la tragedia interrumpió.
En este mismo 2026, Berenice, sello de Almuzara, ha recuperado Los amores oscuros, la novela de Manuel Francisco Reina publicada originalmente en 2012, que aborda desde la ficción esta relación sentimental. Además, el próximo 21 de octubre Seix Barral publicará Recuerdos. Breve historia de un amor, el testimonio inédito de Juan Ramírez de Lucas, con edición de Christopher Maurer y Víctor Fernández.






