septiembre 2020 - IV Año

ARTE

Cosecha femenina de Arte áulico y sacro en el Palacio Real de Madrid

Los monasterios regios de las Descalzas y la Encarnación hacen aflorar su deslumbrante patrimonio.

Exposición La otra Corte. Mujeres de la Casa de Austria en los Monasterios Reales de las Descalzas y la Encarnación. Del 5 de diciembre al 20 de marzo. Palacio Real. Calle de Bailén s/n.

real 1Bajo el título La otra Corte, el Palacio Real de Madrid exhibe hasta el 20 de marzo una exposición en la que al visitante le sale al paso un deslumbrante fragmento de la magnificencia artística albergada durante los siglos XVI y XVII en dos de los principales monasterios madrileños: las Descalzas Reales y el de la Encarnación. Se trata de los dos recintos conventuales, creados como fundaciones regias, en los que acostumbraban recluirse las mujeres pertenecientes a la familia real española, concretamente las de la dinastía de los Habsburgo, aquí llamada de los Austrias; sus monarcas ejercieron el poder desde los albores de 1500 hasta la muerte sin sucesión del último titular de la dinastía, el infortunado Carlos II, en 1700, plazo durante el cual féminas muy allegadas a los dinastas ingresaron en sus claustros provistas de copiosas dotes consistentes en excelsas obras de arte sacro y profano.

La visita comienza con un amplio panel donde consta la enrevesada genealogía dinástica habsbúrgica y en el cual figuran destacadamente aquellas emperatrices, reinas, princesas y gobernadoras que al ingresar en sendas clausuras, real 3de franciscanas clarisas y de agustinas, respectivamente, aportaron, como dote, extraordinarios ajuares artísticos. Y lo hicieron de tal manera que, a lo largo de aquellos dos siglos, los dos monasterios se convirtieron poco a poco en auténticos florones de un patrimonio pictórico, escultórico, de reliquias y de ornamentos religiosos sin parangón en Europa.

Por los muros conventuales figuraron retratos áulicos del impar Antonio Moro o del genial Anton van Dyck; fascinantes tapices cuyos cartones fueron realizados por Pedro Pablo Rubens en los mejores talleres flamencos; polícromas tallas de trasunto religioso surgidas de los cinceles de Pedro de Mena o del sublime Gaspar Becerra; además de un sinfín de valiosísimas piezas ornamentales de orfebrería en oro, plata, piedras preciosas o materiales como el coral, el nácar o las maderas nobles.

La exposición muestra la honda hibridación de los trasuntos áulicos y religiosos en las obras de arte expuestas. A real 4modo de metáfora, en ella cristaliza el potente impulso político-religioso de cuño contra-reformista de la entonces monarquía hispánica, involucrada de la mano del emperador Carlos I y V de Alemania en un empeño frontal contra el protestantismo de algunos de los más poderosos electores y príncipes alemanes y neerlandeses.

En la época de su auge, sendos cenobios albergaron una suerte de Cortes paralelas, habida cuenta de que allí oficiaron princesas, como Juana de Austria, que ejercieron de regentes durante las estadías en el extranjero de monarcas como Carlos I y su hijo Felipe II. O gobernadoras, como la hija de éste, Isabel Clara Eugenia (Segovia, 1566-Bruselas, 1633) al frente de los Países Bajos, que pacificó junto a su esposo, el archiduque Alberto de Austria, al que sobrevivió 12 años.

Un excelso retrato de la princesa segoviana, ataviada con ropajes monacales aunque no residiera establemente en el monasterio, destella en la exposición surgido del pincel de Anton Van Dyck. Este pintor estuvo a punto de integrarse en la Corte de Madrid habida cuenta de que poco antes de su muerte el cardenal-infante, Fernando, hermano de Felipe IV y gran connaisseur de Arte, se propuso atraerlo a estos lares, sin que su gestión al respecto prosperara. El real 2flamenco pasó a la Corte de San Jaime, donde retrató al arrogante e infortunado Carlos I Estuardo, guillotinado en 1649 tras mostrarse imprudentemente altanero frente al poderoso Parlamento de Londres.

Lo expuesto subraya aquella conjunción áulica y sacra, que determinaría el destino imperial hispánico, el fulgor de sus éxitos y las penumbras de su lento declinar, todo lo cual otorga a esta exposición un valor incalculable, no solo por la riqueza de los ajuares que se exhiben, sino también por el magnífico estado de conservación que presentan y por brindar al visitante la ocasión de contemplarlos. Y ello pese a que esas obras de arte son inaccesibles al gran público a lo largo de décadas, por hallarse ubicadas intramuros de los dos monasterios de clausura.

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