octubre 2021 - V Año

ARTE

Del racismo considerado como una de las bellas artes. Confesiones de un mitómano

«Nigra sum sed formosa»
 Cantar de los Cantares

Salomón y la reina de Saba de Nicolás de Verdún

Ya se lamentaba el cubano Antonio Machín en el impagable bolero ‘Angelitos negros’, todo un himno anti-racista en la España de los sórdidos años 40 del franquismo, cuando nos cantaba aquello de:  “Pintor (…) por qué desprecias su color” aludiendo  a los orondos y sonrosados putti que inexcusablemente poblaban las estampas religiosas. Con ello no hacía otra cosa que manifestar la misma perplejidad que el  pintor y tratadista español Francisco Pacheco, tres siglos antes,  cuando escribía en  su libro  ‘Arte de la Pintura’, “por qué Andrómeda era tan  frecuentemente pintada como blanca cuando varias fuentes afirman que era negra.”

Y con ellos nos podemos preguntar nosotros también cuál es la razón por la que el arte occidental, desde la pintura al cine, ha sentido repelús por retratar a todos aquellos personajes, ya fuesen mitológicos ya reales, que por su procedencia  geográfica debían ser incuestionablemente de raza negra. Y eso que contamos con una tradición misteriosa, la de las Vírgenes negras que son veneradas en numerosos lugares de Europa y América. Origen que podría estar en la adopción del cristianismo popular de elementos iconográficos y atributos de antiguas deidades femeninas de la fertilidad en diosas tales como Isis, Cibeles y Artemisa, culto que estaba extendido por todo el Imperio romano tardío,. Aun así, concluyamos sin ambages que el racismo histórico en las artes es un hecho incontrovertible.

Esto nos va a llevar a hacer un recorrido estético desde el mito de Andrómeda hasta el santo de Hipona, san Agustín, transitando asimismo por la historia de la “legendaria” reina de Saba.

Andrómeda era una princesa de Etiopía, a la que  Ovidio canta en el Libro IV de ‘Las Metamorfosis’ en el momento en el que Perseo  llega para liberarla del monstruo marino que había enviado Poseidón para vengarse de la arrogancia de su madre Casiopea.

El poeta escribe: “Gentes innumerables alrededor y debajo había dejado: / de los etíopes los pueblos y los campos cefeos divisa.” De donde podemos colegir la procedencia de la princesa pero más adelante añade que: “…de mármol una obra la habría considerado-“, refiriéndose a la impresión que Perseo había recibido al verla encadenada a las rocas, con lo que entonces entendemos en este caso que alude a la blancura de su piel.

La historiadora de arte británica Elizabeth McGrath, en su  artículo ‘The Black   Andromeda’ de 1992, también destaca que todos los mitógrafos griegos están de acuerdo en que la heroína es una princesa etíope, aunque defiende que el poeta romano habla, sin embargo, específicamente de su piel negra (¡!).  A pesar de ello los artistas frecuentemente omiten su condición en toda la historia del arte occidental puesto que Andrômeda debe ser hermosa, y como tal, la belleza y la negritud,  para muchos de ellos, son conceptos autoexcluyentes.

Perseo liberando a Andrómeda de Rubens. Museo de El Prado

En el siglo XVII hubo un intenso debate sobre el color de la piel de Andrómeda que ahora se nos antojaría rechazable por racista. Es posible que el mito de las estatuas griegas blancas alimentara la falsa creencia de la superioridad europea y, por consiguiente,  la idea infundada de que una mujer negra no podía ser bella al mismo tiempo. En este sentido, cabe recordar las magníficas fotografías que la cineasta Leni Riefenstahl, poco sospechosa de imparcialidad dada su inicial vinculación al nacionalsocialismo, hizo en África, poniendo en solfa estos prejuicios, al destacar la belleza de los cuerpos desnudos de los miembros de las tribus nuba de Sudán. ¡Paradojas del  proceloso mundo del Arte!  Hay que decir que, no obstante, los cánones occidentales de belleza del Renacimiento y del Barroco distaban mucho de los que hemos adoptado hoy día.

Hay, por tanto,  una larguísima nómina de pintores que han representado a una Andrómeda de raza blanca de los que podemos destacar a Tiziano en  una de sus telas más manieristas, que se encuentra en  la Colección Wallace de Londres. Fue pintada como parte de una serie de pinturas mitológicas destinada a Felipe II.

El artista flamenco Peter Paul Rubens, siguiendo los pasos de su admirado Tiziano, también nos ofrece varios cuadros sobre el mito con unas aparatosas Andrómedas marca de la casa,  como la que está en el  Hermitage de San Petersburgo y que replica la que años antes había pintado, ahora  depositada en la Gemäldegalerie de Berlín. Debemos traer aquí también la que tenemos en El Prado que contrasta el rotundo desnudo femenino, lleno de desbordante sensualidad de una Andrómeda de piel blanquísima, con un Perseo de vibrante armadura de los pies a la cabeza.

En el cine nos vamos a encontrar, pese a las supuestas libertades de la modernidad, con actrices también “europeas” para encarnar a la princesa etíope, como Judi Bowker que protagonizaría en 1981 ‘Furia de titanes’ con la animación del genial Ray Harryhausen. Aun cuando hace gala de un rutilante  elenco de estrellas de Hollywood, el film no se atrevió a ofrecernos una Andrómeda adecuada a su condición.

En el remake que se hizo casi 30 años después se vuelve caer en el mismo desliz al otorgar el papel de Andrómeda a la franco-estadounidense Alexa Davalos y en su secuela, ‘Ira de Titanes’, más de lo mismo, al tropezarnos con la británica Rosamund Pike.

¿Cómo es posible que a día de hoy  no dispongamos de una Andrómeda negra en el mundo del cine?

La pintura en este sentido ha llegado más lejos  aunque no demasiado. Cierto es que  disponemos de  imágenes como la de ‘Perseo’  de Bernard Picart (1731)  y la ‘Andrómeda’ de Abraham van Diepenbeeck (1655), que muestran una mujer de color, pero, eso sí,  conservando los rasgos estereotípicos blancos.

Judi Bowker en Furia de titanes

Andrómeda no será la única figura negra que pase por ese proceso de “blanqueamiento”, proceso de “limpieza étnica” prefigurado en la Europa renacentista por el  cristianismo.

Michael Ohajuru, historiador de arte, decidió estudiar el caso de los tres Magos de Oriente  debido a su  fascinación por el mago negro. Buscó el origen de los reyes negros y lo encontró en el libro ‘Viajes de sir John Mandeville’, un texto del siglo XIV, donde se decía que el mago era de Saba, un reino en Etiopía. Y se sorprendió al descubrir que en muchas  pinturas de la visita de la reina de Saba al rey Salomón se la representaba también como una mujer blanca. Para Ohajuru, es lo contrario de las imágenes antiguas de la reina, como la que hizo en el s. XII el orfebre francés Nicolás de Verdún para el altar de Klosterneuburg de Viena que refleja tanto su visita  a Salomón  como la imagen de la Adoración de los Magos. Por tanto, hubo algunas representaciones de la reina de Saba como negra, pero es el  Renacimiento el que acaba con ellas y genera el “blanqueamiento” y la hipersexualización del personaje.

Como en el caso de Andrómeda  hay un sinfín de representaciones pictóricas  de la  historia anterior de  las que merece la pena destacar ‘El Puerto con el embarque de la Reina de Saba’  del pintor francés Claudio de la Lorena, que se encuentra en la National Gallery de Londres y asimismo los frescos que pintó  Piero della Francesca  para la Iglesia de San Francisco de Arezzo  donde pone en contacto al personaje con el ciclo de la Leyenda de la Vera Cruz resaltando su aspecto escultórico y su “ortodoxa” anatomía bajo unos pesados ropajes.  Es memorable también ‘La visita de la reina de Saba a Salomón’ de Tintoretto que está en nuestra primera pinacoteca y que compró Velázquez en Italia para Felipe IV. En todas ellas, ni que decir tiene, que la piel de la reina sigue siendo blanca.

En el cine encontraremos la reina que encarna la italiana Gina Lollobrigida acompañada del ruso Yul Brynner para la carísima producción americana  ‘Salomón y la reina de Saba’ (‘Solomon and Sheba’) que, sin embargo, rodó en Madrid en 1959 el simpar King Vidor siguiendo los dictados de la industria del momento para un peplum relamido y de radiante tecnicolor. Hay un film previo (‘La regina di Saba’, 1952)  de Pietro Francisci con  la también italiana Leonora Ruffo en el papel protagonista y otro posterior, de 1995, estadounidense, ‘Solomon & Sheba’ para TV,  con dirección de Robert M. Young y producido por Dino de Laurentiis  que por lo menos cuenta con una actriz afroamericana, la oscarizada  Halle Berry.

Pero hay que decir algo en descargo de los pintores y los cineastas que se acercaron a la Reina de Saba, o a Andrómeda: Etiopía, tanto para los escritores de historia clásica como para los estudiosos de la Biblia, puede significar cosas muy diferentes entre sí. Puede, incluso, llegar a ser un topos mítico.

Para empezar digamos que la etimología de la palabra ‘Etiopía’ proviene del griego antiguo y es equivalente a «caras quemadas». «Es bastante incierto. Podría ser en cualquier lugar de África, incluso en India, estos lugares ‘indefinidos’ con mucho sol en los extremos de la Tierra. Etiopía puede ser casi una tierra mágica donde suceden cosas extrañas», opina la ya citada  Elizabeth McGrath.

Gina Lollobrigida en La Reina de Saba

Por otra parte, la traducción de la Biblia en la que se basarían los artistas del Renacimiento también ha sufrido varios cambios desde sus inicios. En su citado ensayo McGrath escribe sobre cómo, en hebreo original y luego en griego, la reina de Saba declara en el ‘Cantar de los Cantares’: «Soy negra y hermosa». Cuando este pasaje llega a la traducción de San Jerónimo de la Vulgata Latina, la copulativa «y» se convierte en la adversativa «pero»: «Soy negra pero hermosa». Quizás esta preposición sea más destructiva que todas las representaciones posteriores que han hecho nuestros artistas.

Las imágenes de la belleza negra en el arte son raras. Por supuesto, hay muchos bocetos y pinturas de negros, pero a partir del siglo XVIII se centran principalmente en trabajadores rurales, siervos y esclavos. Sin embargo, hay una anomalía que nos lleva a la Holanda de la Reforma, donde el mencionado mago negro floreció como símbolo.

En el verano de 2008, se celebró en la Nieuwe Kerk de Ámsterdam una fascinante exposición, ‘Black is beautiful: Rubens to Dumas’, sobre la representación de los negros por artistas holandeses y flamencos, desde finales de la Edad Media hasta la época moderna.

El título de la misma hacía un guiño posmoderno a la bíblica ‘Nigra sum sed formosa’, las palabras de la Novia Negra del Cantar de los Cantares. Como precisa el subtítulo, hacía hincapié en la imaginería del siglo XVII, con Rubens y su círculo como protagonista. En el catálogo de la muestra Elizabeth McGrath ve a la Amberes del siglo XVII como una ciudad de mente abierta como demuestran el cuadro de ‘Moisés y su esposa etíope Sephora’  del holandés Jacob Jordaens, ‘Los cuatro ríos’ de Rubens o  ‘La sibila negra Agrippina’ atribuida al pintor flamenco Jan van den Hoecke.

También es interesante acercarnos a un personaje histórico indiscutible para seguir abundando en el tema del color de la piel y por ello hablaremos de San Agustín de Hipona. Nacido en Tagaste, en la actual frontera entre Argelia y Túnez, no hay pruebas de que fuese negro aunque se acepta que era bereber. El teólogo protestante norteamericano Mark Ellingsen escribe en ‘La riqueza de Agustín’ que había tres grupos étnicos principales en la región del lugar de nacimiento del santo: inmigrantes italianos; hijos de inmigrantes fenicios (llamados púnicos), que habían vivido en la región durante casi ocho siglos; y bereberes del clan Kabyle, africanos indígenas que en esa época en esta región (hoy Argelia) antes de las invasiones islámicas de matrimonios mixtos posteriores eran (y continuaron siendo) negros.

El teólogo anglicano Gerald Bonner, en su ‘Agustín de Hipona’, deja claro su punto de vista: «No hay ninguna razón para suponer que fuera de distinta raza que la  raza bereber».

El triunfo de san Agustín de Claudio Coello

También Ellingsen identifica a Agustín como bereber y parece convencido de que los bereberes de la época eran de piel oscura.

Pero, una vez más, ante la incertidumbre que genera tan espinoso tema, el arte asume decididamente  la certeza de que el santo era blanco con rasgos significativamente europeos como ponen de manifiesto los retratos de Sandro Boticelli (fresco de la Iglesia de Ognissanti, Florencia), del pintor  barroco flamenco Gerard Seghers (Colección Kingston Lacy), o de nuestro Claudio Coello en su rubensiano “Triunfo de san Agustín” (Museo de El Prado).

No obstante, en la televisiva ‘Agostino d’Ippona’ de 1972 para la RAI  el realizador Roberto Rossellini sí que tiene el acierto, quizá por vez primera,  de ofrecernos un personaje interpretado por un actor a la medida: Agustín es encarnado por el  argelino Dary Berkani.

Lamentablemente el canadiense  Christian Duguay vuelve a las andadas cuando dirige en Italia la miniserie de TV ‘Sant’Agostino’ (2010)  con tres actores italianos que ponen cara al santo de Hipona a lo largo de su vida: Alessandro Preziosi (Agustín maduro),  Franco Nero (Agustín anciano) y Matteo Urzia (Agustín joven), y, por tanto el film no sigue la brecha abierta por el genial padre del neorrealismo.

La ausencia de figuras negras en la Historia del Arte occidental puede explicarse como un fenómeno  complejo sobre el racismo europeo y sirve para entender cómo las figuras negras bíblicas se han instrumentalizado por el Poder religioso como herramientas de adoctrinamiento, convirtiéndose en un eficacísimo catecismo frente a una población indocta y, en muchas ocasiones, analfabeta.

La enorme influencia que ha tenido en nuestro imaginario colectivo ciertamente necesita un cuestionamiento constante para desenmascarar su doble moral.

Así pues, para todos aquellos que a día de hoy siguen defendiendo un statu quo trasnochado y caduco, pertrechados tras su acendrado y confortable “nacionalismo” eurocentrista les recordaremos que la gran gloria de la cultura rusa, el poeta Alexandr Pushkin, llevaba sangre africana en sus venas por su bisabuelo materno,  Abram Gannibal, que había sido un príncipe etíope.

¡Ahí lo dejo!

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