octubre 2021 - V Año

ENSAYO

Juan Valera, un ateneista para un bicentenario

Juan Valera y Alcalá-Galiano (1824-1905), fue quizá el intelectual español más destacado de la segunda mitad del siglo XIX. Era nieto del ilustre marino militar y científico D. Dionisio Alcalá-Galiano (1760-1805), astrónomo y cartógrafo, que murió heroicamente en la Batalla de Trafalgar (1805). Y era sobrino del no menos insigne político liberal D. Antonio Alcalá-Galiano (1789-1865), que lideraría el liberalismo moderado, desde 1836, y que presidió el Ateneo de Madrid, entre 1849 y 1852.

Juan Valera alcanzó una gran popularidad, en su tiempo, por dos novelas de mucho éxito, Pepita Jiménez (1874) y Juanita la Larga (1895). Con Pepita Jiménez, Valera inauguró en España la novela psicológica, cuando se empezaba a imponer el realismo narrativo. En este año del centenario de la muerte la muerte de Dª. Emilia Pardo Bazán (1851-1921), no puede dejarse de mencionar la polémica mantenida por Valera con ella sobre la novela realista. Ni tampoco el que, con su habitual agudeza e ingenio la llamaba “Don Emilio”, en razón de la energía y del fuerte carácter de Dª. Emilia. Son también célebres las ingeniosas caracterizaciones de Valera respecto a la poesía de Núñez de Arce (“Artículos de fondo rimados”), o sobre el teatro el primer Premio Nobel español de Literatura en 1904, Echegaray (“Teoremas dialogados”). O su no menos agudo juicio de que la filosofía de la historia era el “arte de predecir las cosas después de que hayan sucedido”

Sin embargo, se suele ignorar su faceta de crítico literario y, sobre todo, la de ensayista. Para muchos, como el hispanista británico Gerald Brenan (1894-1987), fue el más destacado crítico literario español, después de Menéndez Pelayo, con el que le unió una profunda amistad. Ambos, junto con Gumersindo Laverde y Manuel de la Revilla, configuran el más destacado cuarteto de críticos literarios españoles de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. Como ensayista y sobre todo como autor de Discursos Académicos, especialmente en la Real Academia Española, en los que alcanzó probablemente la más penetrante y clarificadora mirada sobre España, los españoles y sus principales problemas. Una mirada tan profunda y tan larga en nuestra historia nacional, que sigue estando vigente en gran medida hoy.

Y casi nadie recuerda su obra como historiador. Porque fue él quien dirigió la confección y redacción de la edición definitiva de la Historia General de España, de Modesto Lafuente (1806-1866). Esa edición, fechada en 1877 y de la que poseo un ejemplar, continuó la historia inicialmente redactada por de Lafuente, que llegaba hasta el final del reinado de Fernando VII. Valera continuó la narración de la Historia General de España, con la colaboración de Antonio Pirala (1824-1903) y Andrés Borrego (1802-1891). Con ellos, Valera dirigió la elaboración del Volumen VI, es decir, añadió las guerras carlistas, el reinado de Isabel II y el de Amadeo de Saboya y la Primera República, y terminó la obra con la Restauración de Alfonso XII.

Antes de terminar, en 1846, sus estudios de Filosofía y Derecho, había dado los primeros pasos en línea con su más honda vocación, la carrera literaria. En 1844, Valera publicó un libro de poesía titulado Ensayos Poéticos, que no tuvo ningún éxito. No obstante, continuó cultivando la poesía, publicando sus poemas en prensa y en alguna edición posterior, que logró más notoriedad. Fue precisamente la poesía el tema que abordó en su discurso de ingreso en la Real Academia Española, en 1862. La narrativa le llegaría más tarde, a los cincuenta años de edad, con la publicación de su citada novela Pepita Jiménez. Y hasta intentó la dramaturgia, con muy escaso éxito.

Valera, donde realmente se constituyó en el más destacado intelectual español de su época fue en sus antes mencionados Discursos Académicos.

Ingresó en la Real Academia Española, el 16 de marzo de 1862. Allí ocupó el Asiento I Mayúscula y su discurso de recepción llevó como tituló el de Observaciones sobre la idea vulgar que hoy se tiene acerca del habla castellana y la que debe tener la Academia, y sobre la poesía popular. Y fue en esos deberes de la Academia, en los discursos de contestación a los de recepción de nuevos académicos, donde desarrolló algunas de sus ideas más brillantes sobre la cultura española, sus letras, sus artes, sus ciencias y su historia. Y también en sus discursos de contestación a la recepción en la Real Academia a D. Gaspar Núñez de Arce, a D. Marcelino Menéndez Pelayo o a D. Antonio Cánovas del Castillo, con los que le unió además una profunda amistad. Y también son importantes algunos otros de sus ensayos literarios, como Del Romanticismo en España y de Espronceda, de 1854.

A lo largo de su vida, Juan Valera se vio obligado a simultanear su vocación literaria con la carrera diplomática. Ingresó en ésta última en 1847, con un primer destino en el Reino de Nápoles. Allí colaboró con el entonces Embajador de España, D. Ángel Saavedra, el Duque de Rivas (1791-1865). D. Ángel Saavedra fue uno de los grandes autores del romanticismo europeo, con éxitos teatrales tan célebres como su drama D. Álvaro o la Fuerza del Sino, que inspiró a Verdi su ópera La Forza del Sino. El inicio de Valera en la diplomacia le facilitó iniciar también una carrera política que le llevaría, en los primeros años, a sostener algunas célebres polémicas públicas.

Sin abandonar nunca su vocación literaria, Valera se vio obligado a viajar por numerosos países de Europa y por América, en sus sucesivas misiones diplomáticas. Pese a sus reticencias literarias sobre el romanticismo, su carrera diplomática le deparó la oportunidad de desarrollar una vida de personaje típicamente romántico, en la que abundaron los amores y numerosos proyectos frustrados de matrimonio. Estuvo destinado en Lisboa (Portugal) y en Río de Janeiro (Brasil). Y también en Frankfurt y en Dresde. Y hasta en San Petersburgo (Rusia). Sus destinos en el extranjero, como es habitual en la diplomacia, los simultaneó con estancias en España, en el Ministerio.

En sus polémicas políticas, contendió con algunos de los más célebres políticos de su época. En 1857 tuvo lugar su polémica con Castelar (1832-1899), entonces estrella emergente del Partido Demócrata, que llevó a la publicación por Valera, en 1864, de su ensayo De la Doctrina del Progreso con relación a la Doctrina Cristiana. En ese mismo año, presentó también su visión crítica sobre la obra de Juan Donoso Cortés (1809-1853) el famoso Ensayo sobre el catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo, en el que rebatía las bases y fundamentos del conservadurismo. En entreletras.eu, ya se han expuesto los principales argumentos expresados por D. Juan Valera sobre la obra de D. Juan Donoso Cortés (ver artículo del autor en Entreletras).

Nuevos destinos diplomáticos le llevarían, en 1857, hasta a Rusia (San Petersburgo), como antes se mencionó. Pero en 1858 ganaría por primera vez acta de Diputado en Cortes, adentrándose en una carrera política que le llevaría a ser, durante el reinado de Amadeo de Saboya, Subsecretario y hasta efímero Ministro de Instrucción Pública, en 1872. En 1867, se había casado con Dolores Delavat, veinte años más joven que él, y con la que tuvo tres hijos. Y en el turbulento periodo del Sexenio Revolucionario (1868-1874), fue cronista de excepción. De esos años dejó escritos sus ensayos De la Revolución y la Libertad Religiosa y, especialmente su Sobre el Concepto que hoy se forma de España.

Después del finalmente caótico Sexenio Revolucionario (1868-1874), sin dejar la diplomacia, ni la política, se centraría cada vez más en el desarrollo de su obra literaria, sobre todo, a partir del éxito que alcanzó su ya citada novela Pepita Jiménez, en 1874.

Monumento a Valera en Madrid

Un suceso dramático le alcanzaría en el otoño de su existencia. En 1883 fue destinado a la Embajada de España en los Estados Unidos de América, como ministro plenipotenciario en Washington. Allí conoció y mantuvo galanteos, y quién sabe si relaciones, con Catherine Bayard, hija del entonces Secretario de Estado norteamericano. Era Catherine una bella joven, con una larga cabellera rubia, que poseía un espíritu poblado de grandes inquietudes artísticas y literarias. Catherine encontró en Valera a un hombre ideal en su imaginario. Pero D. Juan Valera tenía 60 años en 1884. El romance terminaría trágicamente en 1866, cuando Valera fue trasladado a la Embajada de España en Bélgica. Al conocer la noticia del traslado, la joven Catherine Bayard se suicidó. Previamente se había cortado su larga melena, que envió a Valera con la noticia de su suicidio. El suceso dejó honda huella en Valera, para el resto de sus días.

En sus últimos años se consagró en el Ateneo, y en todo España, como el más destacado intelectual hispano de los años finales del siglo XIX. Y todavía inspiraría el pensamiento, y hasta quizá la vida, de otro ilustre ateneísta, D. Manuel Azaña Díaz (1880-1940). Murió en 1905, mientras preparaba un discurso sobre Cervantes, encargado por la Real Academia Española.

Manuel Azaña Díaz se sintió especialmente atraído por la figura de Juan Valera, que le inspiró una muy intensa admiración. No era de extrañar, pues esa misma influencia la había logrado despertar entre las jóvenes generaciones que protagonizarían la literatura y la cultura españolas en los comienzos del siglo XX, como la Generación del 98 o el Modernismo. Fue Valera quien introdujo en Madrid al gran poeta nicaragüense, Rubén Darío.

También Valera serviría de motivo y de inspiración a Manuel Azaña para lograr su primer gran éxito literario. Su obra Vida de D. Juan Valera, realizado entre 1924 y 1926, ganó el Premio Nacional de Ensayo en ese año. Vida de D. Juan Valera fue una obra que condensó, a la vez, la fascinación de Azaña por el Ateneo y, más aún, por Juan Valera, en quien casi personalizó al propio Ateneo.

Y es que la egregia figura de D. Juan Valera, por derecho propio, se constituye seguramente en la de uno de los personajes prototípicos del ateneismo. No es la figura del directivo ateneísta, ni tampoco la del socio poco activo. Nunca formó parte de la Junta de Gobierno del Ateneo, pero sí que participó activamente en la Sección de Literatura y en la de Ciencias Morales y Políticas (actualmente de Ciencias Jurídicas y Políticas), en las que hizo notar su presencia, llegando a presidir alguna de ellas. Sin duda que D. Juan Valera es una de las figuras más representativas del Ateneo de Madrid, en todas sus épocas.

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