julio de 2026

Georgina Rey es artista

Georgina Rey es artista sui generis, enérgica y de fuerza telúrica. Ella desprende generosidad sirviendo café. Rara avis aparecida en tiempos de egoísmos y mercadeos. Aviva con su puesta en escena esa larga e inextinguible niñez nuestra y de alguna que otra generación más. Ha venido para arroparnos e invitarnos a ser felices, aún ante adversidades. Huye de los lenguajes procaces y las sonoridades raquíticas. Con ella o, mejor, a partir de ella somos mejor persona. Nos manipula mediante símbolos que trae a escena, cuales recursos mnemotécnicos: un disfraz de camarera, un tocado Pippi Långstrump —cabello rojizo y trenzas horizontales— y otros diferentes artefactos que cuela, en la medida que cuela café y sirve café. “¡Ay amor!”, me digo a mí mismo recordando a Bola de Nieve, mientras disfruto la caprichosa obra que Georgina repite y repite en la medida que cambia de hoja de ruta, de escenarios —los sótanos de una u otra librería, la antesala de una joyería— que transforma en cafés, en cafeterías simbólicas como alguna de las cinco lisboetas y tertulianas, emparedadas entre fascinantes azulejos narrativos, frecuentadas por Pessoa y demás miembros de la comunidad literaria Orpheu. Georgina, en su bregar, aúpa el deseo de recuperar Madrid como ciudad de rica herencia literaria y bohemia. Es como un zunzuncito que liba de flor en flor y nos retrotrae a juegos infantiles de antaño con nuestras simpáticas vecinitas, como aquel de “las cocinitas”. Ella es lúdica, juega a alimentar nuestras imaginaciones y a sanar nuestros desamores —no sabemos si ha logrado curar los suyos propios— en la medida que nos induce la experiencia sensorial única de saborear café. Café impregnado de historia, biografía y sin cápsula. Desvela su universo atemporal hasta el burlesque estríper de su estirpe.

Siento regusto por los protagonistas de Georgina en sus decires, por esos personajes minúsculos, llenos de rica savia que ella engrandece, como Manolito el de Quino, el amigo de Mafalda. Esta singular actriz tuvo la capacidad de devolverme aquella ronda de Gabriela, la Nobel chilena, en la cual un pobre grillo con catarro tan siquiera tenía un jarro para beber café. Ella combina humor y retrato social en la medida que construye con aparente despreocupación, personajes cercanos, quienes nos resultan reconocibles con esto de la vida hecha teatro. ¿La caterva de personajes que va mencionando, realmente venían a hacer la función?

¿Los argentinos nacen extranjeros? ¿Nacen en ínsula europea sita en la América austral? ¿Qué quiso decir el irónico Borges con aquello de que son italianos que visten como ingleses, piensan en francés, pero hablan en castellano? Quizás por eso, un espectador terco como yo, se afana en buscar en El insomnio de Goethe: ¿por qué las cabras están locas?, amalgamados tics de los teatros clásico francés e isabelino. ¿No será que las locas están cada vez más cabras? El talento de Georgina no niega sus orígenes en una ciudad que hoy perdona su huida y algún día le rendirá homenaje. Aquella donde mi tío-abuelo Clodomiro —gran amigo de Firpo—, promovía el arte de dar trompadas en el Luna Park, adonde acudía Cortázar en calidad de espectador vociferante. Ella también sabe boxear —por momentos hace poses boxísticas— y haciendo de azafata del café, nos recuerda ciertos criados de la commedia dell’arte. Es que su vena italiana no es casual ni está metida a la fuerza en su relato, es metabólica. Mañana pasearemos contemplativos por los madrileños Lavapiés o el barrio de los austrias, nos detendremos y diremos con aire legendario y de perdurabilidad: “Aquí actuó La Rey”. Pero no sé, quizás también estemos rastreando pistas que nos conduzcan a aquella tacita en la cual bebió café el actor Willem Dafoe. De momento, la pupila insomne de Goethe, la hemos hallado en el parque romano de Villa Borghese, en una estatua que le retrata con ojos de loco de remate.

Café servido por porteña tal, es igual a tintarnos todo de mitos confundidos con símbolos, con objetos simbólicos más fantasmas. Gracias Georgina, por el rol que me diste, de aquel sempiterno parroquiano que lee La Nación en rincón de algún proverbial café, mientras escucha a Bola de Nieve que canta “¡Ay Mamá Inés! Todos los negros tomamos café”.

Fotografías por Miguel Castro Muñiz

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