octubre 2021 - V Año

ARTE

Harry Lime, suspenso en ‘Historia del Arte’. Reflexiones sobre el Dadaísmo (I)

“Nihil novum sub sole”
Libro del Eclesiastés

Tristan Tzara por Robert Delaunay

El lector recordará que, en aquella secuencia célebre de ‘El tercer hombre’, Orson Welles (Harry Lime), a los pies de la noria del Práter de Viena,  le decía a  un atribulado Joseph Cottens que «en Italia, en treinta  años de dominación de los Borgia no hubo más que terror, guerras y matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco».

El caradura de Lime olvidaba, consciente o inconscientemente, que en Zúrich, precisamente a consecuencia de esa misma vocación antibelicista helvética que él deploraba, se había producido un acontecimiento de enorme trascendencia para el siglo XX. A saber: el nacimiento del movimiento dadaísta en el legendario Cabaret Voltaire de la  Spiegelgasse 1, en pleno corazón del barrio Niederdof, justo enfrente del entonces domicilio de Lenin en la ciudad.

No podemos saber si la ignorancia del cinematográfico antihéroe era mayor que su cinismo pero lo que sí sabemos es que el rumano Tristan Tzara y sus secuaces pusieron patas arriba en Suiza toda la tradición artística occidental hasta ese momento. O como siempre se suele decir, con indisimulada pedantería, hicieron tabula rasa sobre sus escombros. Escombros que, irónicamente, Carol Reed/Orson Welles capturan con genial paleta expresionista en su inolvidable película.

Pero, ¿es posible hacer  tabula rasa sobre una tradición milenaria quemando los museos como pretendía el inefable fascista Marinetti? La cuestión parece bastante espinosa y a ella vamos a dedicar algunas cavilaciones en las líneas que siguen.

Naturalmente, nuestro propósito no es otro que el de hacer astillas la tan traída y llevada tabula, a martillazos furibundos, irónicamente, de clara inspiración dadaísta/ nietzscheana.

Veamos. Cuenta la leyenda que para elegir el dichoso nombrecito del movimiento de marras, un 6 de febrero de 1916 a las seis de la tarde, Tzara tomó un diccionario  Larousse y tras abrirlo al azar, uno de los asistentes de la sala dejó caer de una pipeta  una gota de agua que fue a estrellarse, también al aliguí, contra la palabra ‘dada’. ​¡Por cierto, suceso que tuvo lugar justo cien años después de otro productivo encuentro, el que se produjo en Villa Diodati entre Lord Byron, Polidori, Percy Shelley y su futura esposa, Mary “Frankenstein”, y también en Suiza, a mayor escarnio del olvidadizo Lime!

Y aunque ​Hans Arp, perteneciente al grupo de Tzara desde 1921, declaraba que “estaba convencido de que esta palabra (dada) no tiene ninguna importancia y que sólo los imbéciles pueden interesarse por los datos” y que en definitiva “lo que nos interesaba es el espíritu dadaísta, y todos éramos dadaístas antes de la existencia del dadaísmo”, nosotros opinamos, sin embargo, que la palabra sin ser lo más importante sí que tiene el suficiente valor como para acercarnos a ella, haciéndonos acreedores al mote que tan delicadamente el aguafiestas Arp nos endilga con aviesa anticipación.

El mismo Tzara ofreció diversas explicaciones al respecto, previniendo también a los posibles furtivos. ¡Por lo visto, todo lo tenemos en contra! En el ‘Manifiesto dadaísta’ que escribió en 1918, podemos leer lo siguiente: “Dadá no significa nada. Si alguien lo considera inútil, si alguien no quiere perder su tiempo con una palabra que no significa nada […] Por los periódicos sabemos que los negros kru llaman dadá al rabo de la vaca sagrada. El cubo y la madre en cierta comarca de Italia reciben el nombre de dadá. Un caballo de batalla en francés, la nodriza, la doble afirmación en ruso y en rumano: dadá.”

Voyage autour de ma chambre

Por su parte, el norteamericano Patrick Waldberg en su ensayo ‘Dadá, la función del rechazo’ escribe asimismo que “la palabra dada designa, en el lenguaje infantil un caballo” pero añade algo sumamente sugestivo para nuestro propósito: “y, por extensión, una idea preferida, una manía”. Quedémonos con este último término. Incluso se ha llegado a decir que ‘dadá’ es además una de las primeras palabras que balbucea un bebé y que, por tanto, no tiene ningún valor significativo. ¡El arte del kindergarten! Pero todo ello no deja de ser una interesada boutade como declaración de principios del propio movimiento que, por cierto, hizo suya con encendido entusiasmo nuestro Joan Miró, etiquetado no obstante de surrealista para los restos, aunque eso ya es otra historia.

En el citado manifiesto Tzara nos advertía que: “Dadá es nuestra intensidad, que erige las bayonetas sin consecuencia (…) Dadá es arte sin zapatillas ni paralelos (…); en nuestra sabiduría sabemos que nuestras cabezas se convertirán en blandos cojines (…) Dadá es una mierda pero ahora queremos cagar en diversos colores, adornar el jardín zoológico del arte con todas las banderas de los consulados. Somos directores de circo y silbamos por entre los vientos de las ferias, por entre los conventos, prostíbulos, teatros, realidades, sentimientos, restaurantes, do bong hibo aho hibo aho.”

Pero remontémonos en el tiempo para buscar el hilo de una tradición –otra- y ver si somos capaces de dar con la madeja. Seguramente nos avoca a un gesto estéril, y por ende… ¡dadaísta!

Recordemos que contamos con una tradición, por decirlo pronto, que podemos denominar, quizá inapropiadamente, como exotérica, y que es la que llamamos tradición par excellence: la tradición burguesa, biempensante, en fin, la corriente que identificamos con todo lo establecido, el statu quo imperante en todo momento y lugar. Pero no podemos olvidar que de manera paralela nos sustenta “otra” tradición soterrada que siempre ha venido a cuestionar, o por lo menos a diferenciarse de la primera. Vaya, para entendernos: una suerte de Guadiana ético/estético que de vez en vez nos saca la lengua burlonamente desde sus proteicas bocas y que nos invita a darnos un chapuzón en pelota picada en sus procelosas aguas nihilistas. Esta “tradición” no es otra que la de Luciano de Samósata, Rabelais, Swift, Villon y nuestro Cervantes,  por citar sólo unos pocos y distinguidos ejemplos. No lejos nos hace un guiño, rijosa la diosa Moira de ‘El Elogio de la locura’ de Erasmo, arrobada por el ‘ostinato’ chocarrero y lascivo de una folía portuguesa. “En el Cabaret Voltaire, los artistas se reunían para leer poesía y hablar de tonterías, para gritar, para aullar, para bailar sin ritmo, al azar, generando una completa y absoluta cacofonía”,  escribe el historiador Gregorio Ugidos en su libro ‘Chiripas de la historia’. ¡Nótese la sintonía musical e ideológica con el tañido del hilo al que nosotros vamos amarrados!

Por supuesto, todo lo antedicho siempre en el supuesto de que haya dos tradiciones, una apolínea y otra dionisíaca, como pontificó Nietzsche, y no sólo una… ¡Ardua disquisición donde las haya!

Pero viajemos a la convulsa época de la Revolución Francesa para encontrarnos con el contrarrevolucionario oficial saboyano Xavier de Maistre que escribió un librito encantador titulado ‘Voyage autour de ma chambre’, poco después del asalto a la Bastilla (elocuente contraste centrípeto/centrífugo, individual/social para mayor abundamiento).   En él, a modo de diario, de Maistre nos contaba con todo lujo de detalles cualquier cosa  que se le pasara por la cabeza durante los cuarenta y dos días que permaneció encerrado bajo arresto domiciliario en la alcoba de un palacete de la Vía del Po de Turín, tras haberse batido en duelo por un lío de faldas. El libro era todo un homenaje en clave paródica al ‘Viaje sentimental’ de Laurence Sterne.

Tristram Shandy por George Cruikshank

Sabida es la fascinación que el militar sentía por el autor irlandés. Este con ‘La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy’ había levantado las iras del gran crítico  Samuel Johnson que se refirió a esta novela (o anti-novela) en tono despectivo cuando dijo aquello de que “nada extravagante puede perdurar” y que, no contento con semejante juicio, afeaba el uso que del idioma de Shakespeare se gastaba el vituperado Sterne. Pero nada más lejos de la realidad cuando comprobamos que tal extravagancia  no sólo ha pasado la infalible prueba del algodón del tiempo sino que además ha fertilizado a un gran número de autores, que van del ya mencionado Xavier de Maistre al Cabrera Infante de ‘Tres tristes tigres’.

Sterne en su libro utiliza un término, el folklorista ‘hobby horse’, para referirse a las manías a las que Toby, el adorable tío de Tristram, se entrega de manera obsesiva, cuando construye en el jardín de su casa la maqueta de un campo de batalla que replica meticulosamente el teatro de operaciones real donde había sufrido una herida que le produjo la lesión en la pierna que le tiene impedido. Cuando de Maistre, años más tarde,  recoja el término y lo traduzca al francés, para usarlo en su ‘Voyage autour de ma chambre’, lo sustituye… ¡adivínenlo ustedes!,…por la indescifrable palabreja ‘dada’.  El enredo ya está montado porque si seguimos en el juego de las conjeturas no deja de ser sospechoso que Tzara, seudónimo del poeta Samuel Rosenstock, escogiera como nombre de pila el Tristán para acompañar a apellido tan desconcertante, y que bien pudiera ser un anagrama de la palabra azar/hazard, concepto caro al movimiento anti-arte que nos ocupa. Parece que el frágil hilo de nuestras pesquisas se tensa sin romperse…

Si bien hay que señalar que el lector hispanohablante se tropieza con un escollo adicional a los propios meandros de tan inextricable historia, escollo importante a la hora de poder dilucidar estas nuestras reflexiones: las traducciones a nuestra lengua que en el mundo han sido.  En la versión que llevó a cabo Nicolás Salmerón, hijo del tercer presidente de la Primera República de nuestro país, del ‘Voyage autour de ma chambre’, como ‘Viaje alrededor de mi cuarto’, utilizó el vocablo “manía” -¡otra vez!-  para trasladar el francés “dada” con lo que, aunque nos da una idea aproximativa de su valor semántico, elimina totalmente su sentido literal que lo relaciona con un caballito de madera (hobby horse). La primera traducción de  ‘La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy’, a cargo de José Antonio López de Letona, nos llegó en una fecha tan tardía como el año 1975. ¡Caprichosos designios de la mortífera y esterilizante censura cañí de nuestro sacrosanto Funeralísimo por la gracia de Dios! Hechos harto lamentables que justifican nuestro fuera de juego (la expresión futbolística es intencionadísima) en tema tan interesante y tan cercano a nosotros como ahora veremos…

Pero, a pesar de dédalo tan intrincado, sigamos el hilo a través de la maraña para acabar tropezando con el supuesto ovillo. Sterne, como su predecesor el inglés Fielding, sentía devoción por el Quijote y por Miguel de Cervantes. En definitiva, ¿estaba siguiendo la otra tradición que andando el tiempo retomaría a hurtadillas el renegado Tzara?  En el ‘Tristram Shandy’, Sterne  no sólo hace una desmitificación de los géneros literarios de la época, como antes había hecho el autor español, sino que sus digresiones, que siempre se señalan como deudoras de la ‘Anatomía de la melancolía’ de Robert Burton y de la ‘Historia del barril’ de Jonathan Swift, tienen antecedentes más tempranos y venerables.

Clavileno por Ricardo Balaca

Para colmo de “casualidades” Sterne ¿retoma la idea del Clavileño cervantino, Rocinante virtual y  trasunto de esos futuros caballos de madera, con un parecido más que evidente con los caballitos de juguete infantiles en referencia al ‘hobby horse’ del tío Toby?  Porque naturalmente, el ‘hobby horse’ de Alonso Quijano, fuere manía o locura, era en primera instancia darse “a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto” en lectura obstinada que después ya metamorfoseada esta su pasión en la de «los agravios que pensaba deshacer, entuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, abusos que mejorar y deudas que satisfacer”, lleva al Caballero de la Triste Figura a jugarse el pellejo literalmente. ¡Caballo de batalla que irán cabalgando, generación tras generación, jinetes de toda laya y condición pero de igual vocación iconoclasta y redentora! Caballo de Troya, sin duda, infiltrado en las tripas mismas del majestuoso cuartel de la Literatura…

El círculo dantesco se cierra cuando reparamos en esa excursión sin desplazamiento de don Quijote y Sancho con los ojos vendados, a lomos del equino de palo, al que se emparenta irremediablemente el viaje sin salir de casa de Xavier de Maistre, sendos viajes iniciáticos of course. Ugidos, refiriéndose a la ciudad que vio el alumbramiento de Dada, hace una afirmación sorprendente que traemos aquí para arrimar ascua tan oportuna a nuestra incansable sardina: “Así de ambivalente puede ser Zúrich, cuna de bancos y de barrios medievales trufados de historia. Zúrich ha permitido que naciera la locura artística. La sinrazón quijotesca.”. Pero, ¿no será más bien al revés?

Siempre nos quedará la duda de si el triste tigre Tzara fue siguiendo el mismo hilo del que nos hemos colgado nosotros o si aquejado de una pertinaz amnesia, malévola e intencionada, se tomó la molestia de borrar todas las huellas que le habían llevado hasta allí, con lo que quizá estaba hoyando premonitoriamente los mismos pasos del esquivo Harry Lime wellesiano o rastreando las que había dejado el propio don Miguel cuando escribía aquello de “en un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”  Pero, como sabemos,  el criminal (y sus prosélitos) siempre vuelve al lugar del crimen… para ocultar la madeja que le puede delatar y llevar a la picota ante el escarnio público general. Los sabuesos debemos afilar el hocico cuando se trata de seguir la pista a delincuentes de primer orden y Tzara, sin duda, lo era.

Fin de nuestra investigación: La madeja debió arder probablemente con toda la impedimenta que el rumano atizó en aquella enorme pira funeraria que consumió toda la tradición (¡las dos!) aquel frío mes de febrero de 1916 en una sesión memorable, como tres siglos antes, un cura y un barbero, habían hecho con un montón de libros en el patio de una ignota hacienda manchega. ¡Y vivimos aún subyugados por estos crepitantes fulgores!

El manto estrellado de esoterismo en el que se complace en envolverse la vanguardia artística alberga también aquellas embrolladas miserias entre sus hoy beatíficas hopalandas…

¡En cualquier caso, felizmente, el misterio seguirá siempre vivito y coleando como un impetuoso y desbocado caballito de madera…!

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