enero de 2026

Jesús Soria, pintor

Durante su viaje a Camboya en el año 2011, el fotógrafo canadiense Fourthline —así se nombra en su cuenta de Flickr— tomó una foto muy singular con una Canon EOS Digital Rebel XTi. Suelo mirar depósitos de imágenes por simple inercia profesional, pues fui redactor y coeditor de libros de fotografía como Cuba, 100 años después; Cuba, 100 años de fotografía; Korda contra Kodak; y La Habana, visión interior; entre otros. Partí de más de una década de aprendizaje en colosales archivos fotográficos como los del Museo Polivalente de Regla —el cual tuve la osadía y el honor de fundar—, y de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. Antes, había rescatado el del periódico universitario Chispa —sucedáneo del Iskra que otrora fundara Lenin—, sacado de los tambuchos de basura de la entonces Facultad de Filología —año de 1977—, el cual llevé a mi casa y luego a Regla. Sigo sin poder despojarme del síndrome de Diógenes. Pues bien, el susodicho canadiense había colgado una foto aérea —tomada desde un balcón— que llamó especialmente mi atención: un monje budista pedía limosnas en la puerta del hotel donde el fotógrafo se hospedaba en Siem Reap. Se sabe que era un monje porque así consta en la descripción del ítem, está descalzo sobre una calle adoquinada y sólo muestra los pies, el resto está cubierto por una sombrilla anaranjada. Se sabe que era budista por el color. Para ellos el naranja o azafrán, simboliza iluminación, ascensión espiritual, sabiduría, renuncia al mundo material y desapego. Es el color de sus túnicas monásticas porque representa humildad y búsqueda sagrada. Es el color del sol durante el alba y el crepúsculo. La energía del rojo y la alegría del amarillo, marcan el camino hacia la perfección y la pureza. La foto aparece bajo el título de Matching Orange.

Cuál sería mi asombro cuando en el recibidor de la casa de Jesús y Charo —o de Charo y Jesús—, éstos colgaron un cuadro al óleo pintado por él —de ambos, él—, cuya vista ipso facto me trasladó al monje del paraguas. No sé cuándo este ya viejo amigo —quien en La Habana de principios de siglo, me había buscado y encontrado—, comenzó a pintar. Ha dicho que estaba esperando jubilarse como periodista y editor, para desplegar su pasión contenida, la cual desató con especial brío: la expresión pictórica atada en su mundo interior. El impacto visual de la pieza nos recibe no más traspasar el umbral de la entrada de esta casa familiar. Él aún desconoce la obra del canadiense y la semejanza entre ambas imágenes demuestra que los humanos estamos repetidos sin saberlo y en confines insospechados.

Pasé de ser lector y espectador televisivo del trabajo periodístico de Jesús, a disfrutador —es mi traducción del sustantivo enjoyer, a ser su disfrutador estético. Confieso que varias veces estuve tentado a emplear la foto del monje como portada de ULImagazine, una revista de la cual fui editor gráfico y después editor general. No me había lanzado porque no sabía con qué derechos podía actuar. La obra de Jesús es la de un amigo y pedir su consentimiento consistía en sólo pedir su consentimiento. Me dio el esperado sí.

Pero la ambición de un contaminado por Diógenes es inconmensurable. Pedí que me dejara retratar toda su obra contenida en su estudio, en su casa-galería. Y así fue. Comencé a descubrir otro Jesús, el que pinta.

No hallé paralelismos biyectivos, como el anteriormente explicado, sino interpretaciones muy personales de estilos consagrados por la historia del arte. Jesús juega con el azar matérico —arena, yeso—, es por momentos un espacialista deudor del argentino Fontana. Busca hacernos saber que existe una realidad más allá del lienzo y cae en conceptualismos. Quiere salirse de la superficie pictórica, trascender el marco; quizás desilusionarnos o despertarnos. Acude al informalismo europeo y al expresionismo abstracto estadounidense porque no encuentra otro modo para exhalar el interior de su mundo. Por momentos recuerda las texturas con rayas rojas y blancas de Dennis Alter (Tensión, 2012) o las de Aykaz Arzumanyan. Allí estaba su reverencia a las coloridas abstracciones geométricas de Colin Lawson (Modus 3, 2020) y a las del turco Turan Büyükkahraman (144 Pintura), quien a todos sus cuadros de esa etapa de apego matemático, titulara igual: Pintura. Allí estaba su homenaje a Spencer Finch (¿Dónde empieza y dónde termina el rojo?, 2010) con una disección de las gradaciones de ese color que Jesús se encapricha por tomar en consideración como propias, y a Graciela Castro (Pensamientos en blanco y negro). También hay guiños al taiwanés Hsiao Chin (El mundo de los puntos rojos, 2016). Alude a la francesa Sophie Dumont, la de las bibliotecas imaginarias (La geometría del pensamiento, 2025). No escapa a cierto gusto que destapó el uruguayo Carlos Carnero en los años 50 y 60, discípulo predilecto de Fernand Léger, y se divierte simulando aquella etapa con una pieza muy graciosa. Su vista de la costa amalfitana, revela que las aldeas marineras convertidas en boutiques para la jet-set europea, no son más que favelas de moda que pueblan cerros con laberínticos accesos, una imagen que recordó a Falcón-Beracotti (Favela techos rojos, 2020).

No tomemos el anterior párrafo como inventario de los puntos de fricción de Jesús con obras insignes de las artes plásticas en el mundo, sino como el destape explosivo de una vocación sedimentada durante años, la cual no ha hecho más que recurrir a técnicas, escuelas, estilos, en fin, a las herramientas, a algo que se adquiere y jamás se vuelve a tener en cuenta porque se metaboliza y toca seguir el curso de aquello que siempre ha dictado el corazón desde lo más profundo. Sus cuadernos de apuntes dan cuenta de las cosas que nuestro artista persigue desde cuando el antes del antes de.

Su mirada atenta y fiel a los maestros no es óbice para que Jesús desprenda abstracciones que le catapultan del plano personal al original. La sempiterna meta de cada pintor reside en tocar la campana de la originalidad. Pienso que por ahí van sus tiros o su ya imparable ráfaga de alto calibre. De momento sus cuadros siguen adoleciendo el correspondiente título. No dispone de tiempo para pensar en ello.

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