abril de 2024 - VIII Año

¡El pintor Jesús Crespo incendia la Galería Arniches!

Exposición ‘Humo a la cabeza’ de Jesús Crespo en la Galería ‘Arniches 26’ de Madrid (calle de Carlos Arniches, 26). Hasta el 9 de octubre. Mié/Jue/Vie: 17:00-19:00 horas. Sáb/Dom: 11:00-14:00 horas

“¡Soy el fuego en que te abrasas!
¡Soy el viento en que suspiras!”
El amor brujo
. María Lejárraga/ Manuel de Falla

Hoguera de Jesús Crespo

Empieza la temporada artística y todas las galerías vuelven por sus fueros, más allá de pandemias y letargos. En este sentido, en pleno corazón de El Rastro madrileño, la inquieta Galería Arniches  apuesta por sorprender de nuevo  al respetable con una muestra que logra iluminar con luz propia este barrio de anticuarios, almonedas y chamarileros.

Desde el 11 de septiembre la profunda obra pictórica del artista Jesús Crespo sube la temperatura plástica del local con una propuesta altamente inflamable: ‘Humo a la cabeza’. Y la ocasión no puede ser más oportuna entre estas callejas castizas  de zarzuela con el recuerdo del tufo a gallinejas y tejeringos que nos evoca la célebre romanza, cuasiparáfrasis del título de la exhibición, “Por el humo se sabe dónde está el fuego”, de la ‘Doña Francisquita’ del maestro Amadeo Vives.

Y esta repentina bocanada de aire fresco entre las llamaradas de fuego tan inesperado conecta con antecedentes harto venerables.

Burning find de Jesús Crespo

En 1953 Salvador Dalí y Jean Cocteau visitaron juntos el Museo de El Prado y cuando terminaron la visita se celebró una rueda de prensa en el cercano Hotel Ritz.  Un periodista, con ánimo de ponerles en un brete,  les hizo a los dos la misma pregunta: “¿Si se hubiera quemado el Prado qué se habría llevado usted del museo?”. Mientras que el poeta francés, en un alarde provocador lleno de originalidad, respondía que él se hubiera llevado el fuego, el pintor de Cadaqués, para rizar más el rizo, apostó sin embargo por llevarse el aire y, específicamente, el aire de ‘Las Meninas’ de Velázquez.

Jesús Crespo, más ambicioso que ambos y tan original como ellos, acepta el desafío de adueñarse de una tacada de tan dispares elementos y meterlos juntos en la recoleta galería de El Rastro para atizar la hoguera que nos deslumbra desde las paredes del hermoso espacio expositivo de Ricardo Pernas y Marcos Rioja.

La muestra,  cargada de magia y fascinación, a cargo de este joven demiurgo nos quiere contagiar la sobria algarabía de los colores ígneos de sus telas que devienen improvisada paleta, oportuno sparring y/o amante voraz, según los casos, en un duelo  cuerpo a cuerpo, gozoso y tórrido, con sus obras. Duelo, se nos antoja, donde la fisicidad del acto creativo alcanza el rango de protagonista en un ejercicio de  extrema identificación del artista y su arte. El propio Crespo confiesa que es un “pintor de hombro” más que “de muñeca”.  De ahí la decidida vocación del artista por los grandes formatos.  En la exposición disponemos de dos magníficos ejemplos: ‘Burning find’ y ‘Messy dawn find’, ambos de la Serie Lub.

Sin embargo, a mi juicio, la obra que amalgama todo el fecundo potencial de Crespo en la exposición es la instalación de 75 piezas de pequeño formato titulada ‘Hoguera’, que crea con un afán holístico, en el que el discurso facetado del fuego y sus consecuencias, a través de intervenciones sobre diversos soportes que van desde revistas ilustradas hasta cuadros familiares, multiplica su efecto purificador en una suerte de escenografía dantesca y embriagadora. Por último, la tela ‘Soft face’ se sitúa entra las dos propuestas anteriores y ofrece un encanto particular.

Messy dawn find de Jesús Crespo

El trabajo de Jesús Crespo, que en un primer momento podemos precipitadamente adjetivar de abstracto, nos interpela desde la más pura gestualidad pero poco a poco nos irá trasladando, por el fenómeno de la pareidolia, a un topos menos intelectualizado donde seremos capaces de reconocer formas o atisbos de formas que nos abisman en una terra ignota y en la que las sugerencias están al cabo de la calle.

Si en un comienzo el proceso suele apoyarse en un gesto de automatismo psíquico, como los de aquella legendaria generación del action painting norteamericano, para romper la virginidad de la tela y conjurar “el miedo al papel en blanco”, enseguida el pintor se ancla al orden autoimpuesto de su trazo iniciático y se interna en la senda de un trabajo muy personal donde la inspiración cabalga a lomos de una minuciosa  elaboración que busca el ritmo cromático con un marcado sentido musical. El diálogo centrípeto/centrífugo adquiere un franciscano equilibrio compositivo que define el riguroso trabajo del artista y el acabado final bascula en ese territorio ambiguo entre la abstracción y la figuración que define el concepto que del arte tiene Crespo. Rara avis dentro del panorama artístico actual de nuestro país, el pintor se complace en una investigación sin prejuicios que no deja nada fuera y no se adscribe dócilmente a ninguna etiqueta como tal.

En una primera fase, Crespo suele dar una imprimación inicial al lienzo para buscar una propiedad inédita del material pictórico, que acostumbra a ser el óleo, aunque también juegue con pinturas luniniscentes  en ocasiones. El resultado es de una belleza arrebatadora donde el  valor matérico de los pigmentos  se alía con su valor grafico e incluso caligráfico en un sentido lato. Polifonía de color que rehúye los colores primarios para buscar efectos evocadores e inquietantes que no dejan indiferente al espectador, a imagen y semejanza de un Opus Magnum donde la combustión transmuta la materia en un estado semilíquido de color rojo brillante, que los alquimistas llamaban rubedo.

El espectador a su vez se transmuta en circunstancial chamán para la ocasión y  culmina el proceso creativo propuesto por el autor gracias a la metamorfosis que se resuelve en un ceremonial juego de espejos.   Por obra y gracia del mismo, el visitante se enfrentará a unas obras serenas pero desbordantes, en sutil paradoja, que pese a su grafismo nervioso e incluso agresivo  es  atemperado por una cocina del color mimada  a fuego lento, nunca mejor dicho, para adquirir una dimensión gastronómica o comestible que el propio Dalí otorgaba a la buena pintura. Ya sólo queda que cada uno de nosotros culminemos el abierto proceso con nuestro propio background, asumiendo el riesgo de semejante acrobacia y paladeemos el placer que depara toda mirada cómplice, cerrando el círculo.

Soft face de Jesús Crespo

Si Crespo, en su particular liturgia, invoca uno de los cuatro elementos de los antiguos presocráticos a través de la simbología de los rojos y los amarillos, que en nuestro código cultural deviene fuego, su representación plástica se alejará con rotundidad del pacato canon de la mímesis que la tradición del arte ha codificado para tal extremo.  Nos enfrentamos a un esfuerzo  valiente lleno de lucidez, casi diríamos temerario, que articula una lectura polisémica que toda propuesta franca lleva implícita.

El fuego nos ilumina desde los albores del tiempo. Su valor civilizatorio lo ha convertido en nuestro inseparable  compañero de viaje, más allá de su capacidad destructiva que tristemente es noticia en los telediarios todos los veranos. Asimismo es innegable la fascinación que ejerce sobre cada uno de nosotros, desde la grandiosidad de fiestas como Las Fallas hasta la modesta fogata crepitante de un filandón.

La potencia semántica que el artista encuentra en el fuego se mueve en esa dialéctica de creación/destrucción que a lo largo de la Historia ha conformado nuestro mundo, desde los ritos ancestrales o los procesos de la inquisición por herejía hasta esa función domesticada y domesticable que articula las dualidades crudo/cocido y calor/color en el acto creador primigenio del  fiat lux bíblico o del catártico Siglo de las Luces.

Todo eso y mucho más encontramos en la propuesta ética/estética de Crespo, pirómano lírico que incendia nuestras íntimas emociones para que desentrañemos el oscuro misticismo de sus encendidas manifestaciones.

Si después de esta acalorada soflama, del que esto suscribe, desean pegarse fuego a lo bonzo en la Galería Arniches no olviden que las intensas llamas poéticas de Jesús Crespo les  achicharrarán, durante un buen rato, el aburrimiento y el tedio del tráfago diario.

Eso sí, al grito de: “¡Fuego! ¡Fuego!”, en este caso, desalojen la calle y entren velozmente en la sala, pero  dejen entrar a las mujeres y a los niños primero como es preceptivo en las situaciones de urgencia como esta. ¡La cosa está que arde! Afortunadamente, el Parque de Bomberos de la Puerta de Toledo está a tiro de piedra…

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Escrito por

Archivo Entreletras

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