septiembre 2020 - IV Año

ARTE

Vivir de milagro: lamento a dos voces

Ut pictura, poesis erit 
(Ars poética, Horacio Pisón)

niasiLa pintura es una narración muda a la que da vida el color, así como la composición literaria pinta con palabras. Son dos vías diferenciadas para llegar a los dos hemisferios cerebrales que, como metáfora, funcionan de forma distinta.

Goya anuncia, en 1799, la publicación de una serie de 80 ‘estampas’, según las llamó él, que definió como composiciones caprichosas de su fantasía. En realidad, los temas los sacó de los Discursos del Censor, una revista crítica de la época, en la que colaboraban Jovellanos y Meléndez Valdés. La lectura de algunos de los ‘Discursos’ y su comentario fue prohibida por la Iglesia, bajo pena de excomunión. Por tanto, nada de fantasías. Pero, con la Inquisición por medio, cualquiera se jugaba la hacienda y la vida. De hecho, las explicaciones que da el propio Goya cuando le regaló las planchas al Rey son tan ingenuas y simplonas, que bien parece las dio para despistar.

Los Caprichos son una sátira acre, desnudos de color, con los que Goya transforma el pincel en buril para esculpir las llagas de su sociedad, sus circunstancias, cada uno de los asuntos mudos que estaban en su próximo derredor. Sin ningún remilgo, censura la borrachera, la lujuria, la gula, la vanidad, la ociosidad y la hipocresía. Esto parecen los pecados capitales, sin duda, como si el alance fuera moralizador, aunque no tuvieran utilidad práctica alguna. Hoy titularía sus grabados como Botellón, Bukkake, Ruta gastronómica, Trapicheo, Tendencias, Centro de ocio y Lenguaje políticamente correcto.

El Prado mantiene ahora una exposiciófortunatan temporal de 10 cuadernos de Dibujos, quizá menos elaborados que los Caprichos, pero igualmente radiantes como consciencia crítica de la sociedad. Denuncian enfermedades de la razón: supersticiones, educación defectuosa, falsas creencias, así como la ignorancia de los ‘eruditos a la violeta’, sintagma acuñado por José Cadalso para referirse a quienes quieren saber de todo sin estudiar nada. ¿No es moderno todo esto?. A mi juicio, del carro de las supercherías tiran hoy dos corceles bayos, uno se llama populismo y otro autoayuda.

Sobre la alta sociedad, Goya refleja la ridiculez del lujo de las modas, los currutacos, los duelos y falso sentido del honor, las consecuencias de los matrimonios desiguales o nulos, la ociosidad e ignorancia de la nobleza. En esto, nos hemos democratizado, puesto que el lujo depende de las punteras de las botas de fútbol, el narcotráfico y los pelotazos. El honor está comercializado y hoy los matrimonios se hacen y deshacen para vender exclusivas. En cuanto a la ignorancia, ahora es un mérito para el ascenso.

En 1870, setenta años después que Goya, Galdós publica la Fontana de oro y, con sus Episodios Nacionales, se dispone a contarnos los acontecimientos del aciago siglo XIX, cuna de daños que aún sufrimos en nuestro país. En el plano político, la inestabilidad crónica fue instaurada por el incapaz Carlos IV, mientras Margarita de Parma, (Las viejas o el Tiempo) esposa de un impotente, parió 13 hijos y uno de los garañones reales emparentaba con la familia real, soñando ser rey, aunque fuera del Algarve portugués.

En cosas de moral, lo recto y lo torcido son según de donde se mire, dice Galdós en Fortunata y Jacinta. Antes, Goya había pintado el Ensayo, Bien tirada está, Ni así la distingue. Aquel imperativo categórico en asuntos sexuales reinó en palacio desde Carlos IV hasta la época de Alfonso XIII y sucesores.

mansoLa estructura social presenta una elite ilustrada, que integraban Jovellanos, Cobarrús, Saavedra, Capmany, el liberal Argüelles alias el ‘Divino’, Larra con su Pobrecito hablador y otros. Eran círculos fragmentados, herencia de la Ilustración, muchos de ellos hijos intelectuales del padre Feijoo, el ilustrado que pretendió modernizar la Escolástica. No obstante, esta minoría carecía de masa crítica para constituir un núcleo social consistente, que ejerciera influencia real sobre la sociedad. Tal cual ahora, cuando la sociedad anda atontada, trasladando su teléfono portátil por doquier.

No había entonces, y hoy escasea, una capa intelectual que protegiera a la sociedad de prejuicios y supersticiones (Aguarda que te unten y Linda maestra, A la caza de los dientes). El grueso de la sociedad presentaba carencias intelectuales oceánicas, como podemos apreciar en la Doña Perfecta de Galdós; el analfabetismo era la norma. Hay doce grabados de Asnería: la nobleza sustentaba un claro desprecio y aun temor por el saber, la medicina y la educación son criticadas en estos grabados que ponen a los borricos de protagonistas. Hoy, el analfabetismo está en repliegue, agazapado detrás de la falta de comprensión lectora y los universitarios visitan poco las bibliotecas, deslumbrados por el poder de Google, que les permite aprobar cursos y maestrías.

En el plano económico, la sociedad vivía acosada por necesidades perentorias, hasta el punto que, dice Galdós: ‘muchas entidades que aquí estamos podríamos decir, si viviéramos, que vivimos de milagro’ (El amigo Manso). Y así, ocurría. Milagro era y grande. Hoy hemos aprendido a vivir del crédito. Debemos el 100% del PIB y seguimos dispuestos a seguir aumentando la trampa, con tal de repartir.

Había prostitución por doquier (Ya tienen asiento): institucional, en las alturas, en pro de la continuidad de la dinastía, que es como decir que había razones de Estado para que desfilaran por las sucesivas camas reales multitud de amantes. La burguesía usaba el matrimonio como un modo de medrar o salir de la angustia de las cesantías, en los estratos medios de la sociedad. Y abajo, el porvenir de muchas niñas pobres las inducía a comerciar con su cuerpo. Este proceso, no ha cambiado en casi nada, a tenor del espectáculo-denuncia, titulado Prostitución que se representa actualmente en Madrid. Goya y Galdós pintan este fenómeno social de forma insistente. Menos mal que Irene Montero nos tiene prometida una Ley sobre Libertades Sexuales, que, esperemos, tenga mayor predicamento que las leges juliae de Augusto o la Lex scantinia de entonces, cuando se creía que la decencia era esterilizante y se constituyó el ditirambo en norma litúrgica imperial.

BientiradaestáGaldós, que pinta el alma de sus personajes, no se queda en la superficie de los acontecimientos que narra, porque estos son la cara fenomenológica del proceso psíquico. El autor profundiza para describirnos cómo piensan, que desean, con qué sueños de la razón alimentan su esperanza irracional y sin futuro, qué temen, qué prejuicios habitan su mente, cuál es el fruto de la manipulación que sufren y cómo se justifican. Este sentido polimórfico de la existencia lo pone de relieve en boca de Mauricia ‘la Dura’, cuando le da consejos a Fortunata para su próximo matrimonio, que considera que le conviene hasta para ser honrada; pero, le aclara que ‘cuando una dice: ‘Esto deseo; y después se pone a hacerlo, lo que una quería que saliera pez, sale rana’. El personaje mismo es hediondo y sabio, cruel y tierno, bajo y excelso, todo a una. Fortunata y Jacinta nos cuenta la intrahistoria de la supervivencia de aquel pueblo encanallado de tanta miseria, y se pregunta ‘¿qué creen que una sociedad puede vivir soñando siempre con trastornos?’ No. El sexo es una compensación. No es sólo Juanito Santa Cruz, quien anda saltando de cama en cama, para no tomar consciencia de su propia vacuidad. Hoy la conducta sexual, de ellas y ellos, es banal, casual y anda al albur de una compulsión de repetición.

Goya, en sus retratos, describe los vericuetos psicológicos de los personajes que posan frente a él, también penetra en su intimidad, hace patente los motivos inconfesados y nos desvela la cara oculta de donde emerge la conducta de cada individuo y, tal vez, nuestra cara hipócrita, la de la apariencia social, con la que disimulamos las estratagemas de pura supervivencia física y psíquica. Primero nos engañamos a nosotros mismos y luego tendemos el trampantojo frente a los demás.

Epicuro, pese a que tiene mala prensa, tres siglos antes de Cristo, determinó que el hombre que no disfruta, fabrica la enfermedad que lo devora, porque sus energías fluyen al pairo, generan ansiedad e intoxican de frustración a todo el sistema. Poco después de mediado el siglo XIX, nace Freud para aclarar este carácter bifocal del ser humano, que nos hace responsables de nuestra salud y de nuestra enfermedad moral, psíquica y física.

El dramatismo, de ser y no ser al mismo tiempo, es duro. La lucha entre el deber ser, no poder ser lo que se debe y tener que conformarse con lo que se es viene a ser una ley de supervivencia. La pretensión de excelencia, altiva y épica, va contra la ramplonería de vivir de milagro, prosaica sin remedio. Desde el ideal del yo caben aspiraciones, delirios y lamentos. El yo real se encarga de poner las rebajas.

 

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