febrero de 2024 - VIII Año

Trascendencia de Suárez: la naturaleza pura del hombre

Francisco Suárez

Phisys (Φύσις, en griego), procede del verbo phyo (φύω) que significa crecer o brotar, por lo que physis sería, literalmente, lo que brota y crece. Sin embargo, se traduce por “naturaleza” (de la voz latina natura, naturae), que posee dos significados interrelacionados: 1) el conjunto de todas las cosas naturales sujetas al funcionamiento de las leyes de la naturaleza; y 2) además, las propiedades esenciales y causas de las cosas singulares. De modo que physis es, a la vez, la realidad y también la regularidad de los sucesos sometidos a las leyes de la naturaleza.

Los milesios, primera escuela filosófica, tomaron la physis o “naturaleza” como objeto de estudio, pues remitía al conocimiento de la “realidad” en su conjunto. Desde los presocráticos, y sobre todo desde Aristóteles, la idea de physis adoptó en filosofía el sentido metafísico de “realidad”. Así, frente a lo “natural”, dependiente de la esencia de las cosas (principio de inmanencia), se contrapondría lo artificial y lo convencional, dependientes de una voluntad ordenadora (principio de trascendencia), ajena a la esencia de cada cosa. Esa idea de naturaleza, y su correlato en lo relativo a la naturaleza del hombre, proyectada a la filosofía medieval, se replanteó en la filosofía moderna, pues ¿existe una naturaleza pura del hombre?

La idea de la naturaleza “pura” del hombre fue fundamental para el desarrollo del pensamiento político moderno y del actual. De ella se dedujo la cosmovisión progresista, la politización, el igualitarismo, el ecologismo, o la crisis actual. Y está presente incluso en la idea de la “bondad” natural del hombre, en su “naturaleza pura” y, en general, de lo “natural”, consagrado como la religión de nuestro tiempo. Tiempo que ansía de modo voluntarista la perfectibilidad, como acredita la búsqueda cientificista de la inmortalidad, prescindiendo del alma, o la propaganda de la eugenesia y la moda del transhumanismo.

Decía Julián Marías que Europa, durante dos siglos, aprendió la metafísica en Suárez, pero no la metafísica de Suárez. Y, ciertamente, la filosofía moderna (racionalismo y empirismo) se desarrolló a partir de pautas definidas en la obra de Suárez, como se puede apreciar en la evolución de la idea de naturaleza “pura”. El periplo de la filosofía moderna, iniciado por Suárez y proseguido por el racionalismo y el empirismo, concluyó casi dos siglos después, con Kant y su crítica de “la razón” igualmente “pura”. Los nuevos caminos de la modernidad solo fueron sendas perdidas.

Duns Scoto

Respecto a la naturaleza “pura” del hombre hay dos épocas en la historia de la filosofía: 1) la antigua y medieval, de espíritu helénico, articulada en torno a esa idea de “naturaleza” (physis), para hacer de ella el principio metafísico último (la filosofía antigua), y para situar sobre ella como su principio trascendente a un Dios sobrenatural (cristianismo medieval); y 2) la época moderna, en que la idea de naturaleza se construiría sobre una estructura de pensamiento unívoca, a partir de un primer principio ordenador omnipotente, por lo que la realidad se concebiría como “efecto técnico” de una voluntad absoluta: una secuencia en que la metafísica de la naturaleza sería sustituida por la metafísica de la voluntad.

Suárez elaboró la idea estado de naturaleza “pura” siguiendo las distinciones de Duns Scoto, y elaboró un concepto que sirvió de base al iusnaturalismo de filósofos modernos como Hobbes, Pufendorf, Locke, Montesquieu o Rousseau, aunque estos lo mistificaron. Desde esa “realidad objetiva” de la “naturaleza pura” se dedujeron los derechos naturales del hombre, incluidas las potestades políticas. La idea de naturaleza “pura” sugirió a Hobbes su tesis del “Estado de Naturaleza”, en el que todos luchan contra todos. Mistificación ésta de la que es deudora gran parte del pensamiento político moderno, específicamente el de quienes postulan la creación del “gobierno científico” del Estado, capaz de garantizar la vida y la seguridad de la propiedad. Está en el origen de la doctrina política contractualista y, en general, sigue vigente.

Suárez propuso un estado intermedio (tertium), la “naturaleza pura”, entre los dos estados que de facto hay en la naturaleza humana: el status naturæ integræ (estado de naturaleza íntegra o intacta, antes del pecado) y el status naturæ lapsæ (estado de naturaleza tras la caída en el pecado). En relación con la “naturaleza pura”, la naturæ integræ y la naturæ lapsæ representarían una adición, un añadido al estado de naturaleza pura. Aunque Suárez no otorgaba estatus de realidad y menos aún de existencia, a esa mera delimitación lógica, ese tertium de la “naturaleza pura”. Ayudaba a comprender los estatus reales, pero al modo de las determinaciones analíticas, que no implican existencia. La idea de “naturaleza pura” de Suárez se difundió en la escolástica jesuita y en el pensamiento moderno.

En su obra, Suárez concilió y sintetizó las tres posiciones dominantes en la escolástica medieval, el tomismo, el escotismo (Duns Scoto) y el nominalismo (Guillermo de Ockham), y lo logró en gran medida. Por eso se le ha calificado de ecléctico, respecto a las posiciones escolásticas tópicas, lo que, a juicio de sus críticos, desvirtuaría su pensamiento. En sus Disputationes Metaphysicae, Suárez pretendió acoger en toda su amplitud el legado filosófico del pasado con propósitos de integración y conciliación. Pero realmente estableció un balance riguroso de la tradición filosófica, buscando salvar lo que de verdadero y convincente se podía hallar en las tesis del tomismo, de Scoto o de Ockham.

Guillermo de Ockham

Para Suárez, la idea de naturaleza “pura” facilitaba comprender los otros dos estatus de la naturaleza humana: plenitud y elevación sobre la “naturaleza pura” por los dones que perfeccionan sus acciones en el estado de “naturaleza intacta” (naturæ integræ), o como lastre y por debajo de esa misma “naturaleza pura” con la culpa, en la “naturaleza caída” (naturæ lapsæ). Suárez ideó el “estado de naturaleza pura” como estado “neutro” (neutrum) y previo: naturaleza “pura” del hombre indiferente a sus fines sobrenaturales. Indiferencia de origen escotista y ockhamista, que es la misma de las potencias vitales hacia sus objetos propios, típica de la filosofía moderna: indiferencia de la inteligencia frente a la verdad, de la voluntad frente al bien moral y del poder político frente al bien común.

La naturaleza “pura” humana, tal como la entendió Suárez, no se planteó la posible existencia real y separada de tal “pureza natural”, ni la posible existencia histórica de hombres en estado de naturaleza “pura”. Suárez desechó estas cuestiones mediante un recurso de Ockham: la distinción entre la potentia ordinata y la potentia absoluta dei. Así, la existencia histórica de seres humanos viviendo en estado de naturaleza “pura” no sería imposible, conforme la potencia absoluta de Dios. Pero no podrían ser seres aislados, solos y sin ley, como en Hobbes, por la sociabilidad y la ley natural, dones dados también por Dios al hombre.

Consecuencia de la proposición de una naturaleza “pura” del hombre, fue considerar “primigenio” al hombre solo, aislado, sin ley y quizá libre, del “Estado de Naturaleza” de Hobbes. Un hombre imposible para Suárez, pues el hombre, dotado por Dios del bien de la sociabilidad, no vive, ni ha vivido nunca sólo, ni aislado, ni sin ley. La derivación hobbesiana de la idea de naturaleza “pura” de Suárez, abrió paso en la modernidad al avance del principio de inmanencia, de inspiración agustiniana, sobre la trascendencia de Dios o de la Ley Natural. Un proceso en el que el hombre sustituyó la trascendencia divina por la propia. Así, la modernidad suprimió la concepción tradicional de la legitimidad, de base religiosa -el poder viene de Dios-, y dejó libre al poder, que devino solo en algo útil para imponer el dominio sobre otros.

Y, a consecuencia del sempiterno deseo de perfección humana, Hobbes, con fundamento en Suárez, orientó la filosofía moderna por una senda que, con el tiempo, llevó a la negación de la fe religiosa y a su sustitución por la fe en la ciencia. Y, más aún, a sustituir el saber por el conocimiento, como absoluto que sustituye al pensamiento y cuyo objeto no es la “objetividad” ni el “ser”. La idea de naturaleza “pura” constituye también el sustrato básico del utopismo ideológico moderno y, paradójicamente, del positivismo jurídico que ha sustituido al Derecho por la Legislación, emanada de la voluntad de poder.

El pensamiento de Suárez contenía instrumentos analíticos que facilitaron que la Ilustración rompiese la continuidad metafísica tradicional entre Dios y el mundo. En su sistema, Suárez excluyó esa posible quiebra por la trascendencia divina (causa primera) y la bondad divina (Dios es el bien). Pero los esfuerzos del pensamiento cristiano para mantener el vínculo metafísico entre el mundo natural y su fundamento sobrenatural resultaron finalmente arrumbados en la modernidad, por la acción combinada de la analítica de Escoto y de la hipótesis de Ockham de potentia absoluta dei, una vez desacralizadas.

Suárez creó un marco teórico que permitió a la modernidad considerar la naturaleza, especialmente la humana, al margen de cualquier relación con Dios. Pero, aunque en Suárez esa posibilidad estuviese excluida, las derivaciones de Hobbes y de racionalistas y empiristas, condujeron a la modernidad a que el mundo natural se explicase exclusivamente por sí mismo, es decir, ex puris naturalibus (desde su pura naturaleza), y a dejar en suspenso la causa primera.

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